Ascenso al Volcán de Fuego

El Nevado de Colima luce espectacular desde la ladera norte del Volcán de Fuego.

Mario CASTILLO DERBEZ | Domingo 18 de Marzo del 2018 8:02 am
Crédito: Mario CASTILLO DERBEZ

COLIMA tiene la fortuna de contar con un espectáculo natural casi único en el mundo, como lo es la conjunción de dos volcanes prácticamente unidos por sus laderas: el Volcán de Fuego y el Nevado de Colima.

Este increíble lugar es un verdadero imán para los vulcanólogos, geólogos, exploradores, excursionistas y curiosos de varias partes del país y del mundo, que buscan escalar ambas montañas, a pesar del peligro que representa tal hazaña.

Los volcanes son el resultado de la intensa actividad geológica que ha tenido desde hace millones de años el Eje Volcánico Transversal, también llamado Neovolcánico, que se extiende desde las Islas Revillagigedo hasta el Golfo de México.

El paisaje de dos volcanes juntos no es muy común en el planeta. En la península de Kamchatka, en Rusia, se encuentra una conjunción de dos volcanes inactivos, el Ilynsky y el Zheltovsky, separados por 12 kilómetros de cráter a cráter. En una de las zonas más activas geológicamente en el mundo, la isla de Java, en Indonesia, se ubican el Bromo y el Semeru, separados por 19 kilómetros desde la parte más alta de las montañas.

En el Valle de México están el Iztaccíhuatl y el Popocatépetl, separados por 16 kilómetros. En Guatemala hay dos volcanes que se pueden asemejar a nuestras montañas locales, el Acatenango y el también llamado Volcán de Fuego, separados por tan sólo 3 kilómetros de cima a cima, donde éste último ha tenido actividad constante.

Pero no necesitamos viajar cientos o miles de kilómetros para poder apreciar este tipo de conjunciones volcánicas; sólo requerimos alzar la vista para poder apreciar nuestras montañas en todo su esplendor.

El Volcán de Colima, con su altura de 3 mil 860 metros sobre el nivel del mar (msnm) es una montaña joven en términos geológicos; se calcula que se formó hace aproximadamente 50 mil años –casi la misma edad de nuestra especie en la tierra, el Homo Sapiens–, a diferencia del Nevado del que se calcula una edad de 530 mil años. Uno más antiguo es El Cántaro, de 1.7 millones de años, que se encuentra a 20 kilómetros al norte del Volcán de Fuego de Colima. Desde entonces, su actividad no ha parado, sigue vivo, late en su interior, por lo que todo el recubrimiento de la montaña es frágil, maleable, con la huella de cientos de erupciones, desprendimientos y flujos piroclásticos por todas sus laderas; estas características son una atracción casi indomable para los estudiosos y amantes de la naturaleza, por lo que colocar los pies en estas rocas ígneas es una idea palpable.

 

EL CAMINO

 

Para poder llegar a las inmediaciones de ambos volcanes, se puede arribar por el poniente, por el rumbo a Zapotitlán; y por el oriente, en dirección a Tuxpan, Jalisco. Por este último camino, en las inmediaciones de Atenquique, se encuentra un sendero de más de 35 kilómetros de longitud que lleva hasta las montañas.

Entrando al sendero se disfruta de la tranquilidad de un camino largo y recto de 5 kilómetros por terracería plana y poco accidentada, pero a partir de una zona de aguacatales las cosas cambian drásticamente, comienza un ascenso lento, sinuoso, complicado.

A la vez que se avanza y pasan los minutos, el clima comienza a sufrir una transformación drástica. Mientras la capital se encuentra a 550 msnm, con un ambiente húmedo y cálido, en la brecha hacia los volcanes la altitud ya es de más de 2 mil msnm, por lo que el aire frío comienza a sentirse en la piel, el terreno es cada vez más accidentado y la vegetación cambia.

Entramos a un bosque frío. Grandes encinos y oyameles coronan la vista hacia arriba; más adentro son pocos los rayos de sol que se escapan hasta el suelo, la mezcla del aroma a pino con el viento helado es muy particular, agradable a los sentidos; grandes árboles cubiertos de musgo se vislumbran en cualquier dirección. Este es el hogar de pumas, tigrillos, venados, armadillos, pecarís, entre otros, un ecosistema ajeno al que estamos acostumbrados.

 

EN LA CIMA

 

Después de casi 2 horas en caminos rurales de difícil acceso, se arriba a la zona intermedia de los volcanes, a 3 mil 100 msnm, donde se tiene que pasar por el costado de unas barrancas formidables que enmarcan al Coloso de Fuego en forma de herradura y atestigua el labrado de las rocas por las fuerzas volcánicas de ambas montañas. A un lado se encuentra uno de los ascensos al cráter del gigante vivo, el más activo del país.

El paisaje de las faldas del volcán es único, se observa un sendero tétrico, lleno de vegetación petrificada, muerta a causa del descenso de los flujos piroclásticos que constantemente azotan el perímetro; filas de cadáveres de árboles que aún se aferran al suelo donde nacieron, una imagen coronada por el gran cráter que tan sólo se encuentra a 700 metros montaña arriba.

El Volcán de Colima está recubierto de incontables piedras de todos tamaños, desde fina arenisca hasta grandes rocas de varios metros de diámetro, todas ellas compuestas de andesita, basalto, horblenda y pómex, la mayoría son sumamente ásperas y filosas al tacto. El Coloso de Fuego reposa sobre cientos de metros de espesor de estas rocas del Terciario, así como sobre un basamento de rocas sedimentarias del Cretácico.

El aire frío entume los dedos a medida que se asciende. El peligro está latente, ya sea por el terreno que es sumamente inestable debido a grandes placas de piedras de todos tamaños a punto de deslizarse como avalancha, derivado de la composición de las vetas que son muy ligeras y con cualquier presión extra a su superficie hace que se deslicen; o simplemente porque reina la incertidumbre de no saber en qué momento despertará el volcán.

La vista desde la ladera norte del Volcán de Fuego, a 3 mil 500 msnm, es increíble y única. Se aprecia a gran detalle a su hermano extinto, el Nevado de Colima, en todo su esplendor, con sus imponentes 4 mil 260 metros de altura.

Se pueden ver claramente las pinceladas geológicas dibujadas en la cima del Nevado, en su mayoría son marcas que han dejado las erosiones glaciares, coronando de vegetación de la distintiva tundra alpina. Mirando alrededor, los paisajes son contrastantes. A los pies, un suelo yermo, azufroso, una imagen “dantesca”, y tan sólo al levantar la vista, un gran bosque lleno de vida.

El Parque Nacional Nevado de Colima, decretado como tal desde 1936 por el entonces presidente de la República, Lázaro Cárdenas del Río, cuenta con uno de los lugares más inhóspitos en todo el territorio nacional, el Volcán de Fuego, pero también un lugar completamente lleno de vida. Contraste tan marcado, que en muy pocas partes del mundo se repite este paisaje, y los colimenses tenemos la fortuna de tenerlo a tan sólo unos kilómetros de la capital del estado.


TEMAS: Reportaje Editorial Volcán de Colima

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