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De ayer y de ahora



JAIME ROGELIO PORTILLO CEBALLOS

Reflexiones íntimas


Domingo 08 de Julio de 2018 8:30 am


UNA vez resonó mucho en mí una lectura. Ahí se consignaba un caso de un joven de 28 años que vivió sus 5 años anteriores en el extranjero, viajando y trabajando, sin echar raíces y sin hogar. Eso removió en mí varias capas emocionales. Viví de los 19 a los 28, soltero, con amigas, pero sin novia formal, en la Ciudad de México. Ahí fui a estudiar. Al principio y parte de ese período viví episodios de nostalgia, soledad, ansiedad. Me sentía solo, sin afecto, sin apoyo emocional, sin amigos; en un nuevo ambiente, trasplantado, sin adaptación, sin reconocimiento. Me fui adaptando como pude, además fui educado para “dominarme”. Mi padre me decía: “tú domínate” (¡como si fuera cuestión de voluntad!, eso digo ahora). Tenía muchas necesidades insatisfechas como joven trasplantado, como nuevo inmigrante: necesidades afectivas, de amor, sexuales. Era serio, formal, ordenado y responsable, pero eso no satisfacía mis necesidades de amor, de compañía. Vivía temporadas sin color ni calor, inquieto, desasosegado. Lo cálido del amor no lo conocía, aunque lo anhelaba.

Años después, sentía y recordaba esa época con dolor, con vacío, con la sensación de las oportunidades idas. Se me venía a la mente la canción de Julio Iglesias: “Me olvidé de vivir…”. Tenía en mi pensamiento: “Lo que pudo haber sido y no fue”. Se fue mi juventud, no la gocé lo suficiente, se me fue como agua entre las manos. A veces lloraba, pensando en los amigos que podía haber hecho y no hice; en las novias que podía haber tenido; las diversiones y fiestas a las que podría haber asistido; y yo viviendo en ese desierto afectivo, sin la fresca agua de una novia, unos amigos o mi familia.

Veo a lo lejos esa etapa dura, difícil, desértica, y como en un duelo, lloro, lloro, y lleno en mi alma, ahora ya sosegada, los huecos antiguos de mi ser con el amor y la fortaleza que mi esposa, mi familia, mi trabajo, mi destino y sobre todo mi Dios, me dieron posteriormente.

Afortunadamente, como he dicho, encontré el amor. Una vez casados, en 1983, mi esposa y yo asumimos nuestros roles de acuerdo a nuestro modelo, digamos tradicional. Aunque ambos trabajábamos, ella era secretaria bilingüe y yo subdirector administrativo de una dependencia de gobierno en el D.F., convenimos en que ella dejaría de trabajar y estaría en nuestro departamento. Yo ganaba el pan y ella era esposa y ama de casa. En esa época y por varios años así fue. También en ese lapso nacieron nuestras hijas, en 1985, 88, 91 y 93. Yo tenía un buen sueldo y vivíamos con decoro y sin limitaciones, como clase media. Empezamos a tener algo de patrimonio.

En el año 1994 me quedé desempleado y con muchas puertas cerradas por razones políticas, por lo que recurrí a mis ahorros, vendí un terreno, tuve variadas ocupaciones sin gran remuneración y me dediqué un tiempo a vender plátanos deshidratados y fruta. Tuvimos que reestructurar nuestras vidas. Sostener a cuatro hijas en una de las mejores escuelas particulares era difícil; el tren de vida y gastos anteriores tenían que cambiar. Primero recurrí a mis ahorros, luego dividimos la casa y rentamos la mitad; buscamos cambiar de escuela a las hijas, pero afortunadamente logramos becas en donde estudiaban; pensé en irme a trabajar a otra ciudad o país. Por el 2004, mi esposa empezó a trabajar fuera de casa. Tuvimos que reestructurar toda nuestra vida; reasignar responsabilidades hogareñas a nuestras hijas, distribuirnos los quehaceres, quién lava los trastes, quién barre la entrada, quién compra las cosas.

Entramos de lleno y sin experiencia a la época de la familia urbano-industrial moderna: ambos trabajan, se cuenta con menos tiempo para convivir y comunicarse entre sí, las hijas se supervisan “a distancia”, y se redistribuyen las responsabilidades del hogar, de los padres y de las hijas.

Mi familia ha sido un factor sumamente significativo en mi vida.