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La palabra del domingo



ÓSCAR LLAMAS SÁNCHEZ

¿No es éste el carpintero?


Domingo 08 de Julio de 2018 8:30 am


EN aquél tiempo, Jesús fue a su tierra, acompañado de sus discípulos. Nazaret era su pueblo. Allí había crecido desde su niñez, en la sencillez de una familia humilde, trabajadora, no había hecho estudios. Todos lo conocían como carpintero, como un buen hombre común y corriente.

Jesús ya había comenzado en otros lugares su vida pública, su misión profética como el Mesías enviado por el Padre del cielo. En todas partes, la doctrina y milagros de Jesús provocaban la admiración de las multitudes. Ahora le toca ir a su pueblo. Va a la sinagoga y se pone a explicarles la escritura. Pero todos quedan extrañados: “¿Dónde aprendió este hombre tantas cosas? ¿De dónde le viene esa sabiduría y ese poder de hacer milagros? ¿Qué no es éste el carpintero, el hijo de María?”. Y estaban desconcertados, no creían nada.

Jesús sintió el rechazo y les dijo: “Todos honran a un profeta, menos los de su tierra”. Y no pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Jesús estaba extrañado de la incredulidad de aquella gente. Luego se fue a enseñar en los pueblos vecinos.

El tiempo sigue su marcha. En este nuestro ancho mundo, el materialismo, la dureza de corazón, la incredulidad sigue ganando terreno. Aceptan a Jesús como un hombre extraordinario, pero no aceptan su divinidad. Los creyentes, igual que Jesús, encuentran dificultades en la propagación de la fe. Muchas veces, su testimonio no es aceptado, es objeto de burlas, desprecios, persecuciones y martirios.

El mismo Jesús nos ha confiado su misión profética desde nuestro bautismo en que por obra del Espíritu Santo, se nos infunde la fe, se nos devuelve la dignidad sobrenatural de hijos de Dios que habíamos perdido por el pecado original, y nos hace miembros de Cristo y de su Iglesia. A todos los bautizados, Cristo nos envía como sus discípulos y misioneros para ser testigos del Evangelio.

Debemos proclamar la buena nueva, “nos oigan o no nos oigan”. Hay que hablar de Dios y de sus grandes verdades. La palabra divina necesita de labios humanos y de los brazos de la acción. No tenemos derecho a excusarnos por nuestra debilidad o nuestra falta de carácter. Todo esto es muy real pero no constituye una excusa válida. Vamos a estudiar, de acuerdo a nuestras circunstancias y limitaciones, pero sobre todo hemos de vivir en gracia de Dios y actuar en cuerpo y alma. Las palabras mueven, el ejemplo arrastra.

Amigo(a): Tú que reconoces que Cristo es Dios y Hombre verdadero, busca siempre en tu apostolado la gloria de Dios, tu salvación y la de tu prójimo. Dios hace maravillas donde y cuando menos lo esperamos. Sigue adelante, sin miedo, con mucha alegría. El Espíritu Santo te dirá lo que tienes que hacer en el plan salvífico de Dios.