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El temerario raid en la Free Way



SERGIO A. PORTILLO CEBALLOS


Viernes 07 de Septiembre de 2018 9:20 am


FUE en vacaciones de la preparatoria, en agosto de 1969, cuando el suscrito, en compañía de mis primos bachilleres Javier Oldenbourg y Carlos Caco Ceballos vivimos uno de los mejores viajes. Durante aquel verano en Estados Unidos convivimos con parientes-amigos(as) de Tucson y también con la familia, en especial con las hijas del alcalde de San Fernando, California, nuestra ciudad hermana. Fue para mí una aventura fascinante. 

Después de pasar una semana mágica con los y las primas de Arizona, de compartir fiestas con las amigas de aquéllas, arrancones de autos, visitas al asilo, comidas con familiares-amigos, y la experiencia de una pintoresca recreación del viejo oeste en Old Tucson, nos dirigimos luego por carretera a San Diego, donde disfrutamos el prestigioso zoológico, los delfines y ballenas del Sea World, los jardines-museos del Balboa Park y el Spirit of San Louis de Linbergh. Contemplamos la playa, conocimos lindas chicas y saboreamos ricos helados de vainilla, chocolate y nuez. 

En Tijuana contactamos a los amigos Chávez Carrillo, quienes a través de Fidelon, su ayudante leal, nos ofrecieron alojamiento para pernoctar. Allí reconocimos la Puerta de México (construida por el ex gobernador de Colima), el hipódromo Caliente, el Jai-Alai y las artesanías mexicanas de la avenida Revolución. Después de varios días en esta fronteriza ciudad, al terminar la última jornada, ya de noche, nuestros anfitriones nos llevaron a la terminal de autobuses de San Diego. Allí nos enteraron que todas las salidas y asientos existentes con destino a Los Ángeles estaban ocupados. Esto nos creaba un problema logístico delicado. Queríamos participar en el Encuentro de Ciudades Hermanas Colima-San Fernando, el cual se verificaría al día siguiente, temprano, en el hotel Los Ángeles Hilton. No teníamos opción, si queríamos estar presentes en el significativo evento, tendríamos que llegar esa misma noche a la angelópolis. Vimos obvio que nuestra única oportunidad era pedir raid. Así decidimos caminar por la Free Way (autopista de seis carriles con flujo de miles de vehículos), levantar el brazo, cerrar la mano y moviendo el pulgar derecho solicitar el urgente traslado.

Después de varias horas sin éxito, a las 3 de la madrugada, un vehículo Mercury sedán modelo 54, con más de dos tercios de uso, se detuvo a un lado del camino troncal y nos ofreció el anhelado aventón. Sin medir el riesgo, tres adolescentes idealistas, con arrojo temerario nos subimos a la nave. Ya adentro, con puertas cerradas y aseguradas, nos percatamos que lo tripulaban tres afroamericanos de mediana edad que inundaban la cabina con aliento alcohólico. Esto nos puso nerviosos. Luego, los desconocidos sacaron una botella de licor y, con necedad, nos invitaron a beber. Al negarnos, nos preguntaron si llevábamos dinero. Les dijimos que no. Nos empezó a dar miedo. Insistieron en preguntar si portábamos algo de valor. Naturalmente contestamos que no. Enseguida uno de ellos llevó su mano debajo del asiento y sacó una enorme herramienta, una especie de desarmador afilado como cuchillo y, tomándolo del mango, lo empezó a golpear por el tallo repetidas veces contra su mano. Entonces entramos en pánico. Como pudimos, nos trasmitimos una señal de inteligencia, acordamos huir del vehículo, a como diera lugar, a la primera oportunidad.

Por fortuna, la carcacha de aquellos truhanes se vio obligada a retomar gasolina. Tendríamos que salir del camino a recargar el tanque en la primera estación de carburante que viéramos. Cuando llegamos a ésta, anunciamos a nuestros gentiles granujas que iríamos al baño a desentumirnos, lo cual hicimos de inmediato y sin vacilar. Ya en el cuarto de aseo nos sorprendimos por lo que ocurrió. Desde una ventana discreta, sigilosamente pudimos ver cómo llegó una patrulla de policía a la gasolinera, bajó un oficial, se acercó al trío de bribones haciendo preguntas y pidiendo documentos. Pasados unos minutos los subió al vehículo de guardia y procedió a llamar una grúa para luego levantar y llevarse aquella carcacha. 

A distancia, nosotros, camuflándonos como soldados en campaña, volviéndonos más invisibles que el viento, salimos del lavabo, y tan pronto pudimos, nos echamos a correr con mayor agilidad que un medallista olímpico, antes que el patrullero o los pajones se dieran cuenta o pudieran insinuar ir tras nosotros.

Casi al alba pudimos abordar un Greyhound que nos llevó hasta Los Ángeles. Llegamos a la inmensa terminal de la megalópolis a las 6 de la madrugada. Tomamos taxi y nos trasladamos de inmediato al hotel Los Ángeles Hilton. Allí nos acurrucamos en el lobby hasta las 8 de la mañana, hora precisa para despabilarnos, desarrugarnos y acudir presurosos al desayuno de las ciudades hermanas. Luego, el alcalde de San Fernando, Philippe Jones, y su señora, nos enteraron que tenían tres hijas de nuestra edad, que sería encantador si aceptáramos una invitación a convivir con ellas durante una semana de vacaciones.


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