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A 60 años del ciclón que devastó Minatitlán



Domingo 27 de Octubre de 2019 9:29 am

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Sexagésimo aniversario luctuoso

Hoy vengo a contarte y a la vez brindarte
mi poema de amor.
Minatitlán triste por lo que sufriste
en aquél ciclón.
Quiero lo recibas y también me digas 
que no llorarás por aquél recuerdo
terrible y horrendo que te hizo temblar.
El día veintisiete de octubre
¡qué suerte infeliz te tocó!
Tú fuiste arrastrado y bien sepultado 
en el cruel dolor.
Se ahogaron mis gentes pero sí creyentes
en la fe de Dios.
Estoy bien seguro que, Cristo ser puro, 
el cielo les dio.

HOY, precisamente hoy, se cumplen 60 años que Minatitlán fuera azotado, seriamente castigado que por poco desaparece de la faz de la tierra.
Temprano, a eso de las 8 de la mañana de ese fatídico martes, arrasó casi todo ese pueblecito humilde, de escasos 2 mil habitantes. Fue la culminación de una leve lluvia que iniciara por estos lares el viernes 23 y que arreciera en los siguientes días, sábado, domingo, y ya para el lunes se convertía en un feroz huracán, soplando a diestra y siniestra, descapotando árboles, volando techos, mojando todos los muebles y metiéndose el agua de las calles hasta el último rincón de las casas. Unos corrieron al templo; otros para las lomitas; toda esa gente imploraba: ¡Ampáranos Virgencita!
Mis papás, queriéndose resguardar de este peligro inminente, en la calle de junto, fueron sorprendidos por las altas y fortísimas avalanchas que bajaban vertiginosamente de las partes altas de los cerros de Los Copales, de Los Juanillos y de La Joya lesionándolos, ahogándolos y llevándoselos hacia el Río Chacala o Marabasco, o Minatitlán hasta su desembocadura al mar, allá en El Rebalse por Cihuatlán, Jalisco. Bien recuerdo: mis hermanas Lupe y Evangelina cargaron con mi pequeño hijo de escaso año y medio para salvarlo, cosa que mi hermano Amador menor de la familia vio cuando un tumbo o gigantesco burro de escombros, lodos, agua, peñascos, y, escombros de todo tipo de las viviendas destruidas formaron tumultos que al chocar con ellas les quitaron al niño quienes para recuperarlo se lanzaron hacia él y nunca las volvió a ver. A Amador mi hermano también lo rescataron los socorristas improvisados de en medio de unos gruesos y voluminosos troncos que prensado lo tenían de una extremidad, que con barras, machetes y hachas lograron sacarlo, siendo él muy lesionado, tenía rota la pelvis, golpes en todo su cuerpo así como su pie derecho con golpes contusos.
Mi esposa Adelaida y mi hijo Efraín, de 2 años y meses, así como una niña recién nacida, Guadalupe, permanecían en la Comunidad de La Playa donde inicié mis labores como docente el 1 de junio de 1952. Desde 1958 yo trabajaba aquí en Minatitlán con un grupo de primer grado y ya en el 59 llevaba ese mismo grupo al segundo grado con 45 niñas y niños que ese meteoro casi terminó con ellos desapareciendo a más de la mitad.
En Minatitlán, donde yo estaba el martes 27 de octubre de 1959, de mi familia de origen perdí casi a todos a excepción de mi hermano Amador: mi madre, mi padre, mis hermanas Lupe y Eva, así como a mi hijo Jaimito. Nunca los volvimos a ver.
En la comunidad de La Playa, donde dejé a mi esposa y a mis hijos Efraín y Lupe, una familia vecina, la señora Brígida y su esposo Hipólito y su hijo mayor Marcelo, quien fue mi alumno, fueron quienes los auxiliaron llevándoselos a su casa ubicada loma arriba, en la parte más alta. Allí estuvo mi familia mientras yo me restablecía de heridas y dislocaciones óseas y raspones que me provocaron los escombros y esas aguas embravecidas me arrastraron como medio kilómetro hasta la orilla del río donde choqué con una fuerte, firme y bien plantada higuera, a la que subí a la rama con horquilla más alta, y afortunadamente resistió las envestidas de esa avalancha, salvándome milagrosamente.
Recuerdo que serían más o menos las 3 de la tarde cuando dejó de llover y soplar y me bajé del árbol, todo golpeado, entumecido y asustado atravesando un inmenso playón cubierto de grandes escombros y cuerpos que yacían muertos y semi sepultados. Con la ayuda de un otate que sirvió de bastón y sostén, llegué después de una hora de deambular por ese playón que antes fuera sede de mis coterráneos a una casita humilde que se salvó de ser derrumbada; allí me dieron posada y canela calientita y un sabroso taco de frijoles calientitos.
Allí me encontré con mujeres, hombres y algunas niñas y niños que lloriqueaban y sollozaban; otras comentaban lo sucedido y algunos lamentándose de la pérdida de familiares.
Muchas familias fueron desaparecidas por completo. De otras sobrevivieron uno o dos. Por ejemplo por completo desaparecieron las familias de mi compadre Federico Figueroa Enciso y Concha Gómez que junto con ellos desaparecieron y murieron sus hijos: Lucio, Santos y Mariquita Figueroa Gómez. También la familia Soto Gutiérrez; él Zenaido Soto Uribe y ella Martina Gutiérrez Solís, sus hijos Francisco, Antonia, Edelmira, Sofía, Guillermo y Javier. Una familia más fue la de Francisco Arias Morales y su esposa Simona Figueroa Michel e hijos: Josefina, María Dolores, María de la Luz, Felipe, y como sobreviviente Benjamín, al que llamamos afortunadamente todavía El Benjo. Por último, otra familia que casi desapareció y que, antes de morir platiqué con ellas porque eran mis vecinos de junto fueron: Don Emilio Mancilla Rodríguez y Doña Catarina Michel Gutiérrez, sus hijos: Isaías, Elva, Ascela, Silvia, Olivia, Guillermo y Francisco Javier quedando vivita y coleando, como vulgarmente decimos, Emma, esposa del gran amigo y apreciado Ramón Castañeda. Emma se salvó allá, junto al Jardín en el comercio de su abuelita Pola, arriba del mostrador de ventas. En fin, fueron tantas las familias conocidas de desaparecidas que se me hace nudo la garganta al acordarme y nombrarlos. Para todas las personas que perecieron, nuestros recuerdos y respetos y que descansen en paz.
Como siempre, las esperamos a todas en el monumento que edificara nuestro muy querido y estimado Isidro Michel Castillo cuando fungió como Presidente Municipal en 1993, donde realizaremos un acto luctuoso y cultural, además del acto religioso por el eterno descanso de nuestras familiares y conocidas.
Al pie de este altar sagrado, los visitaremos siempre.
No se sientan olvidados, no se sientan como ausentes. Aquí yacen mis caídos, ¡Aquí están todos presentes!


Minatitlán, Colima, a 27 de octubre de 2019, 60 años después.

*Profesor jubilado y ex presidente municipal

TOMÁS NARANJO FLORES*



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