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Cuando las piedras hablan



Domingo 26 de Julio de 2020 7:29 am

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En 1921, después de varios años de lucha armada, nuestro país se encontraba aún lejos de la fase final del cruento periodo de la denominada Revolución Mexicana; Álvaro Obregón regía los destinos de la Nación y en ese año se creaba, por su iniciativa, la Secretaría de Educación Pública con José Vasconcelos a la cabeza. Se iniciaba un periodo de relativa paz, donde la educación se visualizaba como un medio relevante para el desarrollo de México, con importantes programas de educación popular y rural, procurando el conocimiento de las artes clásicas y enarbolando la bandera de la cultura oficial con una búsqueda íntima, introspectiva, en nuestras raíces.
A miles de kilómetros de distancia, Europa en 1921 estaba resurgiendo después de los estragos de la terrible Primera Guerra Mundial; el continente se redibujaba geopolíticamente y las Naciones iniciaban también un camino de fortalecimiento socioeconómico y el rescate de las artes y los bienes culturales perdidos. En ese mismo año apareció en París la primera parte del ensayo “Eupalinos o el Arquitecto” (1), escrita por el literato, poeta y filósofo Paul Valéry, que buscaba también una visión introspectiva de dicha profesión; en esa obra, y retomando el camino de la historia griega como precursora del arte, el autor francés pone a conversar a las almas de Sócrates y Fedro, al estilo de los diálogos platónicos, recreando con sus palabras sus vastos conocimientos mundanos; discuten y formulan múltiples ideas, obligándose a pensar sobre el valor y significado de la belleza. En ese derrotero, terminan por cavilar sobre el tema de la arquitectura; discurren sobre los cuidadosos preparativos de la obra, la preocupación por el detalle, la forma en que un arquitecto griego instruía a sus obreros, “…no les daba más que órdenes y números”, siguiendo el ejemplo de la disposición universal, la búsqueda por extender la duración de la construcción, y sobre todo, el objetivo inmanente de la arquitectura de generar sensaciones y emociones en el “futuro contemplador de la obra”.
Fedro le explica a Sócrates que conoció en vida a un renombrado arquitecto griego, Eupalinos, originario de Mégara y autor de múltiples obras de edilicia que, siguiendo los principios de la estética y la forma helénicas, se materializaban en ejemplos verdaderos de arte y de belleza. Eupalinos le confía a Fedro los principios con los que guiaba su profesión; de ellos emana aquella frase que aún hoy palpita en mi cabeza como cuando la leí por primera vez: “…Dime (pues tan sensible a los efectos eres de la arquitectura), si has observado, en tus paseos por esta ciudad, que entre los edificios que la pueblan, unos mudos son, otros hablan; y otros en fin, los más raros, cantan”. (2)
Desde su publicación en 1921, el documento viajó por los continentes y se tradujo a múltiples lenguas, haciendo nido en la conciencia de los estudiosos de la arquitectura. El librito de apenas unas cuantas páginas llegó en mis años de estudiante de arquitectura de la Universidad de Colima; para mi generación, el texto de Valéry, al igual que aquellos de Rossi, Le Corbusier, Villagrán, Zevi, Venturi y Jencks, entre otros, se convirtió en un texto obligado, para todos aquellos que rascábamos la inspiración de cualquier parte, buscando la guía total para el buen diseño. Lo que quizás no imaginaba entonces, es que esa frase inspiradora tendría todavía más sentido al momento de iniciar mi labor como restaurador de monumentos históricos.
La arquitectura antigua heredada por los habitantes de una Nación, como aquella a la que se refería Valéry, es un testimonio de culturas pasadas, parte de nuestra identidad, obras de gran potencial espacial, pero sobre todo, documentos abiertos para leerlos, comprenderlos y conservarlos, como legado para las generaciones futuras. Los monumentos históricos, por dichas cualidades, también son ejemplos de la arquitectura que habla. La labor de un restaurador busca por tanto su preservación, para transmitirlos a nuestros herederos culturales, manteniendo su capacidad de comunicación, de narrativa.
El Palacio de Gobierno de Colima es un monumento histórico de características neoclásicas, que en el ensamble arquitectónico que forma con la Catedral Basílica Menor, los convierte en los bienes culturales edificados más relevantes del estado y representan la semilla del desarrollo de la ciudad puesto que fueron ubicados sobre una zona ocupada originalmente por los primeros espacios arquitectónicos sede de los poderes reales españoles en el Siglo XVI.
Ambos edificios fueron modificándose debido a los daños de los constantes efectos sísmicos y por las necesidades espaciales de cada época; el Palacio que conocemos ahora, fue iniciado en 1877 bajo el mandato del gobernador Doroteo López y puesto en funciones a finales del Siglo XIX, aunque evidencias documentales sugieren que parte de su estructura proviene de secciones del edificio construido anteriormente en tiempos del Virreinato. En él, participaron en su creación mentes maestras como Rosalío Banda y Lucio Uribe, el eupalinos colimense; el inmueble fue cambiando durante el Siglo XX, y recibió contribuciones de otros distinguidos arquitectos como Gonzalo Villa Chávez y Julio Mendoza Jiménez, entre otros. La labor de muchos profesionales de la arquitectura, conservó y consolidó los valores espaciales del inmueble en diferentes periodos.
No obstante, hubo otras épocas donde se alejaron los servicios de esta noble profesión para el cuidado del Palacio; los efectos de la naturaleza como la lluvia y los sismos hicieron mella en el inmueble, agregándose a las afectaciones por la excesiva presión de uso sobre éste. Se sumaron los años, los daños y los apremios institucionales que terminaron por convertir al Palacio en el teatro total de las funciones gubernamentales, saturando sus espacios de escritorios y archiveros; así, la edificación fue modificándose por la necesidad inmediata, sin una visión de conservación integral.
Se cegaron vanos y arcadas, se demolieron muros y columnas, se ocultaron patios, se alteraron espacios, se desestimaron sus arterias internas y se cubrió la piel del edificio con materiales plásticos; con ello, el Palacio perdió valores, enmudeció y finalmente dejó de contar historias.
Con las obras de rescate y restauración del Palacio de Gobierno de Colima que impulsa el Gobierno del Estado, en conjunción con la Secretaría de Cultura Federal y el Instituto Nacional de Antropología e Historia –sinergia benéfica en la que juega un papel relevante el Centro INAH Colima que ha otorgado acompañamiento, asesoría y seguimiento normativo- se llevan a cabo acciones que pretenden devolverle sus valores perdidos y a la vez, restituir el inmueble en uso abierto para la sociedad colimense.
Este edificio patrimonial, durante los trabajos de restauración arquitectónica, ha empezado a mostrar sus cualidades primigenias y a contar historias ocultas que han salido a la luz de forma muchas veces fortuita; una de ellas, es la de la bala esférica de cañón de 4” de diámetro, muy difundida en redes hace meses, que apareció en el subsuelo durante algunos trabajos de consolidación de la cimentación; quizás podríamos preguntarnos de dónde surgió el objeto: ¿Acaso era parte de las municiones resguardadas en el edificio? o ¿Sería acaso producto de alguna escaramuza militar con el Palacio como escenario? ¿En qué época aconteció de acuerdo con las características de fundición del proyectil?
Muchas historias se pueden narrar a partir de los pequeños fragmentos de variados tipos de cerámica, algunos de barro, otros de porcelana europea que, con los debidos análisis, logran señalar diferentes usos, épocas y estratigrafías de la ocupación en el entorno de Palacio. Es también muy reveladora la aparición de algunas monedas de cobre y una de plata del Siglo XIX, así como otras de principios del XX, que ejemplifican diferentes periodos históricos de la Nación, que aunque quizás no tengan un alto valor económico, poseen un valor simbólico e histórico muy especial.
Aparecieron herramientas de albañil, desgastadas y aherrumbradas, que sin duda alguna fueron parte del cajón de instrumental técnico usado en alguna de las tantas obras en el edificio. Como parte de la antigua decoración del edificio, se encontraron en los muros colores rojizos originales en varias tonalidades, provenientes del óxido de hierro del almagre, así como otros frisos decorados de pintura mural, al estilo de los entablamentos griegos.
Un pequeño torso incompleto de una muñequilla se asomó entre los escombros; el fragmento del número 5/8 estaba hecho de porcelana sin vidriado y pareciera corresponder a las denominadas biscuit o bisques muy comunes en Europa durante la segunda mitad del Siglo XIX, que después llegarían a América y que serían las antecesoras de los juguetes de celuloid (“sololoy” como dirían las abuelas); asimismo, surgió también otro pequeñísimo objeto lúdico, una pequeña cabeza de barro de un sonriente muñeco, en los trabajos de consolidación de la denominada Sala de Sitio. ¿Cómo llegaron ahí esos objetos lúdicos? ¿Qué red de distribución comercial hizo llegar la muñeca a este confín del país? ¿Habrán servido los patios y las fuentes del edificio para que los antiguos infantes de Colima jugaran en su interior?
El Palacio resguardaba bajo sus pisos, vestigios de etapas constructivas precedentes, las cuales son testimonio de la evolución del inmueble: se encontró el arranque la escalera original del Patio II, una segunda escalera de cantera que comunicaba con lo que podrían ser espacios de servicio o accesorias, o quizás algunas celdas para presos, justo a casi 2 metros de profundidad del nivel de piso actual. Estos vestigios o hallazgos arquitectónicos sugieren que el edificio tenía una sección de subterráneos o plantas a bajo nivel con diferentes usos; quizás dichos espacios se habían construido adaptándose a la configuración topográfica que ofrecía la ribera del denominado Río Chiquito, que actualmente cruza abovedado bajo el Jardín Torres Quintero.
Los muros truncos encontrados tienen aplanado y restos de color en su superficie; sobre ella, aparecieron grafitis con leyendas diversas; una de ellas nos cuenta:
“CE CALLO [ilegible] BEiTiSEiS dE ENERO dE 1942 RCUERdO JESUS PLASENSiA CE CALLO EL diA BEiTiSEiS dE ENERO dE 1942 RECUERdO SALBAdOR FAS [ilegible]”
Podría suponerse que parte de su estructura, por la leyenda consignada, podría haberse derrumbado producto de algún sismo. ¿Acaso el derrumbe podría haber sido originado por los efectos del terrible terremoto ocurrido 9 meses antes del rótulo, en 1941, que hizo estragos en la incipiente ciudad colimense?
Quizás uno de los hallazgos más significativos proviene también del subsuelo. En la denominada Sala de Sitio, se consolidaron y liberaron los arcos góticos parcialmente clausurados; se encontró que las columnas que soportan dichos arcos ojivales, están desplantados sobre basamentos de una configuración y diseño disímil a la de las columnas, que evidencia que se trata de dos etapas constructivas diferentes; aparecieron basas de cantería en estilo dórico, tal y como se dibujaban en los tratados de arquitectura renacentista, que llegan a una profundidad de casi 2.5 metros; dichas basas presentan un esquema similar en sus cuatro caras, lo que sugiere que fueron fabricadas para quedar exentas, a manera de corredor o pórtico. Evidentemente se trata de un elemento arquitectónico que sugiere, por sus proporciones, que debieron ser construidas para un espacio de grandes dimensiones y quizás de un uso colectivo; ¿Podría ser que se encontró el vestigio de la Sala de Cabildos original, la sede de la concentración del poder virreinal?
Las hipótesis se empiezan a acumular y a entrelazar; la profundidad a la que se encontró el desplante de las columnas, el espacio contenido ahí, la proporción hipotética de la altura total del edificio requieren de mayores análisis y nuevas interpretaciones en donde deberán participar diferentes disciplinas vinculadas a la historia, la arquitectura y la arqueología, entre otras; el Palacio mismo nos está guiando por nuevos caminos de investigación.
Éste espacio denominado Sala de Sitio, deberá exponer información museográfica que explique la evolución urbana de la ciudad, la transformación del edificio de gobierno desde sus orígenes y donde se podrán apreciar parte de la colección de hallazgos antes descritos; estará, de acuerdo con el proyecto integral del año 2017, vinculada espacialmente al recién rescatado Patio de la Artes, en una estrecha simbiosis, la calidad ambiental del Palacio, las etapas históricas anteriores y los usos contemporáneos de educación y animación artística. Sendos hallazgos podrán visitarse a través de un pequeño recorrido por una ventana arqueológica.
Es sustantivo señalar que, encontrándose a punto de concluir la primera etapa de rescate, el Palacio sigue manifestando sus tesoros escondidos. Hace unos días, mis colegas colimenses me enviaron una foto del último descubrimiento: durante los trabajos para la conexión de la red interna de drenaje, se encontró un peldaño de cantería y luego otro, seguidos de varios más; dicha escalera, incompleta, tiene en su descanso una leyenda muy significativa.
Se lee en ella:
“VIVA OBREGON 1921” 
Bajo la inscripción, se aprecia una flecha, señalando quizás hacia el norte asumido de la ciudad de Colima. Suponemos que sin duda se trata de una alusión al General Obregón, Presidente de México en esos años; ¿Qué significado tiene esa leyenda? ¿La habrá mandado fijar en la escalera el Gobernador en turno con algún objetivo específico? ¿Por qué se emplazó ahí, en ese sector del edificio? ¿Por qué no se grabó en una placa conmemorativa de lustrosa imagen? ¿O serían acaso esas palabras un juego o mofa del albañil constructor de la escalera? ¿Tendrá algún significado la virtual brújula dibujada?
La incógnita nos dice cosas, nos señala ideas y nos abre las puertas para mejores y más profundos estudios. En ese camino, la integración de la información documental de archivos con los datos que nos expresa claramente el edificio, será crucial para entender mejor la génesis y evolución del Palacio, la historia de la ciudad y su relación con los habitantes.
Las obras llevadas a cabo en el Palacio de Gobierno de Colima sin duda permitirán el rescate histórico de este importante bien cultural, el cual recupera sus cualidades espaciales históricas y al mismo tiempo permite el desarrollo de funciones culturales que consentirán una vinculación más profunda con la sociedad colimense; asimismo, se rescatan en gran medida sus valores formales y compositivos, que lo enlazan a una tradición edilicia que tiene en sus orígenes una extrema conexión con el arte grecolatino.
Pero quizás, la mayor relevancia del rescate del monumento histórico sea la de permitirle recobrar su propia voz, como decía Eupalinos, haciendo que la piedra, el barro cocido y la cal, vuelvan a hablar y con suerte, a cantar para todos.
(1) La Nouvelle Revue Francaise, Octavo año, no. 90, Nueva serie, 1ero de marzo de 1921, París Francia. Páginas 237 a 285.
(2) « Dis-moi (puisque tu es si sensible aux effets de l’architecture), n’as-tu pas observé, en te promenant dans cette ville, que d’entre les édifices dont elle est peuplée, les uns sont muets ; les autres parlent ; et d’autres enfin, qui sont les plus rares, chantent ? » Valéry, Paul, Eupalinos ou l’Architecte, Ed. Gallimard. Francia, 2016.

Manuel VILLARRUEL VÁZQUEZ



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