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Un paseo entre parotas, esculturas y volcanes



Domingo 30 de Mayo de 2021 6:56 am

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LA luz roja parpadea. Desde los cuatro puntos cardinales los automovilistas pueden observar a esos enormes Perritos Colimenses, la glorieta que se ha convertido en el primer referente de la carretera hacia Comala, ese pueblo mágico que muchos visitantes lo relacionan con el escritor Juan Rulfo, pero también con el pan recién horneado, el exquisito ponche y sus atractivos paisajes naturales.
Luz verde. Conducir hacia Comala es adentrarse en uno de los caminos más arbolados, de esos que se pueden transitar como si fueran el preámbulo de un día de campo, pero también para un encuentro con el arte, pues poco antes de ingresar al municipio, por el lado izquierdo está situado el Jardín Escultórico Juan Soriano, inmerso entre parotas.
Este es el primer atractivo de este complejo cultural, donde se fusiona el arte, la artesanía y la naturaleza, con arquitectura de estilo rangeliano, pero también vanguardista, como es el Museo Nacional de la Escultura Sebastian, en el que se pueden apreciar decenas de piezas de pequeño y mediano formato de diferentes artistas, pero principalmente de Enrique Carbajal, mejor conocido como Sebastian.
Un par de parotas emerge al centro del jardín como si fueran dos esculturas más. El Pájaro sobre la ola, la colosal pieza de 6 metros de altura de Juan Soriano, luce pequeña frente a los enormes árboles que cobijan a más de 10 obras realizadas en bronce y fierro esmaltado. Entre ellas Xochicalco, de Mariano Rivera Velázquez; Eclipse II, de Irela Gonzaga; Papalotl, de Devin Laurence Field; Hombre de metal, de José Luis Cuevas, y otras más, donde lo figurativo, lo abstracto y lo geométrico se interrelacionan creando una atmósfera especial que puede ser percibida desde lejos, durante el recorrido o sentado en las bancas que se construyeron para ello.
Al fondo sobresale el Museo Nacional de la Escultura Sebastian, conformado por láminas de vidrio en dos de sus cuatro lados, lo que permite un mayor aprovechamiento de la luz natural para apreciar las obras desde el interior o el exterior del inmueble, pero también propicia su vinculación con el resto del entorno al ser un material transparente. Cuenta también con un auditorio para conferencias con capacidad para 80 personas.
Al ingresar en este edificio se descubrirá que la creatividad no tiene límites, que la creación de planos y el desdoblamiento de las formas son maleables hasta en los materiales más duros como el bronce, el hierro y el acero. El ángel custodio, Cedro, Rifle, Hombre cósmico, Ventana al tiempo, Puerta del sol, Antorcha de la solidaridad, Flor de las enes, Coyote y Árbol de la vida, todas estas piezas de Sebastian, demuestran lo anterior, así como en Floración y El Arco del día, de Manuel Felguérez; en Tamborilero, de José Luis Cuevas, o Energía, de Mathias Goeritz.
Por la puerta trasera del museo hay un sendero que conduce a El paseo de los volcanes, donde se encuentran nueve esculturas de concreto de igual número de artistas que hicieron su propia interpretación de esta estructura geológica, producto de una convocatoria que se hizo anteriormente. Aunque están inmersas en la naturaleza, después de apreciar la primera pieza llamada Abuelo de fuego, de Eduardo Álvarez, el recorrido es un tanto caluroso, muy alusivo a la temperatura de estas montañas ígneas. La segunda es Volcán de Colima, de Víctor Ayala, con incrustaciones de cerámica; le sigue Volcancito, de Anita Ruiz Sevilla. La cuarta escultura, también llamada Volcán de Colima, de Teresa Cosío León, es un prototipo piramidal con grabados en bajo relieve; la quinta, Volcanes, de Sergio Escareño, es una obra más conceptual, al igual que la sexta, Los volcanes, de Hugo Palos Gómez. La séptima, Juego de fuego, de Omar Amílcar, es más geométrica y estilizada; mientras que la octava, Casa torsa, de Giacomino, compuesta por un eje radial, presenta líneas graduales que confieren un cono escindido con la proyección de sombras; finalmente la novena, El Volcán de Colima, de Roberto Ventura, es quizá la pieza más orgánica y lúdica.
Todo esto es parte integral del Centro Estatal de las Artes, que al lado derecho cuenta con espacios designados para salas y talleres, como el Centro de Artes Gráficas La Parota, haciendo ahora sí justicia al nombre por el entorno que le rodea; la Sala de Consulta Digital (el registro del acervo), la Sala Ricardo Rocha, que reúne la donación de algunas pinturas y caligrafías del artista plástico; salas para cursos y exposiciones, para Teatro, Danza, Fotografía y talleres de Cerámica. Asimismo, la Sala José Luis Cuevas, que alberga también obra de pintores como Gil Garea, Maciel, Leonora Carrington, Mexiac, entre otros.
Este es el corazón artístico del estado, un complejo cultural que da cabida a todas las artes, no solo de una manera contemplativa, sino productiva, pero también a los visitantes que deseen un paseo entre parotas, esculturas y volcanes.


Julio César ZAMORA VELASCO



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