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Entre la niebla



Jesús Adín Valencia

Jueves 22 de Julio de 2021 2:15 pm

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Presentan poemario Versos entre la niebla, de Javier Bravo


¿Quién es poeta? Para mí es suficiente, con toda honestidad lo digo, apenas leer el empleo de imágenes bien logradas dentro de una estructura rítmica, con lírica salida del alma, del corazón, el espíritu, la mente, la médula, o de donde sea que mane algo valioso y entrañable, privado vuelto público, piel adentro en la partícula donde se gesta el poema, para declarar como lector: he aquí un poeta.
Me dispensará Javier Bravo por el hecho de valerme de páginas suyas para liberar esta proclama que nadie me ha pedido, pero difiero de aquellos que hablan de Alta Poesía, ufanándose con mayúsculas, separando a Poetas Mayores de menores. Qué conceptos disgregantes, polarizan. Existen los versos de arte menor y mayor, por su métrica, eso es académico, pero no hay registros de poesía menor y sí de poetas menores. Vaya falacia erudita etiquetar lo bello entre amateur y profesional; en Il Postino (1994) fue proyectado en el cine: la poesía es de quien la necesita.
Entre la niebla es paráfrasis de Antonio Machado. Preposición de lugar que usa Javier Bravo para dejar en claro dónde buscaba el poeta sevillano a Dios, sin éxito por encontrarse borracho melancólico, / guitarrista lunático, poeta, / y pobre hombre en sueños / siempre buscando a Dios entre la niebla[1]. Si, sobrios, nos concentramos en las últimas cuatro palabras del verso, se devela por sí mismo el mensaje escondido: la niebla es Dios, Javier lo sabe, en ella está el Ser-Estar entre, allí se ubica la eternidad. Es omnipresente. La niebla no es el velo, es parte de la esencia de todas las cosas, el tiempo, el espacio, los versos, la vida, Él; saberlo nos envuelve.


Inicio de esta manera el prólogo para Versos entre la niebla porque además de tratarse de un libro de poesía –o libro de versos, como seguramente preferiría llamarlo el autor– hay elementos del ensayo, crítica y autocrítica, crónica, ejercicios personales de traducción, comentarios y por supuesto, experiencias biográficas. A su manera, son las memorias de Javier para los nietos y la posteridad.
Yo no soy poeta, nos aclara y declara enseguida en exégesis, la verdadera poeta de la familia es Elenita […], La Cazadora, compañera inseparable, amada esposa, madre, abuela. Tengo la fortuna de conocerla y escuchar sus versos en torno de una mesa, taza de café en mano. Ella es inolvidable por lo diáfano y alegre del trato, con mirada de niña que conoce por primera vez el mar, aunque lo hubiese visto en incontables ocasiones. Elenita es poeta porque sin pregonarlo, se embelesa ante cada escenario posible. La contemplación es un don. ¿Cada cuándo hacemos un alto en el camino para admirar la belleza de la creación en lo cotidiano?
Supe de alguien que escribió su antología personal sobre los peores poemas del país, mientras otro más por ahí aseguraba en conferencias literarias que La Poesía verdadera no es para cualquiera porque esta debe oficiarse, ser el sermón de cada día, la prédica u homilía de los elegidos. ¿Acaso esa postura no coincide con el hecho de que sea el género literario [sí, la poesía] el menos socorrido por considerarlo inabordable?
Javier es hermeneuta, pastor, biblista, estudioso de la Palabra de Dios. No da concesiones a la múltiple interpretación del poema. Uno es el mensaje divino en el versículo, así en el verso; si bien hay parábolas o analogías, el mensajero tiene la responsabilidad de comunicar sin huecos que den lugar a interpretaciones personales, diversificándose.
Cuestionó en público a Víctor Manuel Cárdenas, quien escribiera alguna vez la poesía no cambia nada / es un espejo donde se mira / el que cambia.
–¿Cuál es el mensaje medular en tal o cual poema?
 –La poesía no se explica  –le respondió.
No pide explicaciones que faciliten el camino de su comprensión lectora. Como hombre de fe y de ciencia a la vez busca el sentimiento genésico, único, ese boom detonante de la creación, saber por qué se dice lo que se dice. Así escribe sus versos, a distancia prudente de la poesía.
He aquí un poeta, versos entre la niebla lo delatan, aunque se deslinde. Quien está a punto de inmolarse en protesta –recurro a la parábola– anuncia su decisión de arder. Javier lo hace, dicho en prerrogativa propia estrictamente figurada porque un pastor cristiano ni profesa, ni jamás promovería atentar contra la vida propia, ni la ajena. El autor no viene a decirnos mi oficio es arder, él sólo arde, entre la niebla, exactamente como quiere hacerlo, en combustión espontánea, sin acertijos, des-sabiendo, disknowing whatever anyone could say. At his age, for certainly, he hasn't changed, he won’t, he doesn’t need or want to. Bless him.
Es ávido lector de Borges, sabe del arquetipo de las cosas, atesora cuanto encierra cada vocablo, consigna la palabra justa y confronta a los autores. Juan Domingo Argüelles apuntó en Diálogos con la poesía de Efraín Bartolomé (Instituto Mexiquense de Cultura, 1997), que algunos dicen que un poema no cambia nada. ¿Qué clase de poeta puede dudar así de la poesía? En ese libro, Argüelles desde el epígrafe del crítico húngaro Stephen Vizinczey pone de manifiesto: La modestia es una excusa para la chapucería, la pereza, la complacencia; las ambiciones pequeñas suscitan esfuerzos pequeños. Nunca he conocido a un buen escritor que no intentara ser grande.
Javier Bravo tiene versos en respuesta: Yo me sonrío / Metafóricamente por supuesto / Porque como lector / Tengo un espejo transparente en la poesía / Que me permite descubrirme o no en los poetas.
Versos entre la niebla traslucen Poesía.

[1] Del poema Es una tarde cenicienta y mustia (1907).

Jesús Adín Valencia



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