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Historias de un entrevistador de campo



Domingo 12 de Septiembre de 2021 8:01 am

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UNA de las profesiones que considero que ha sido muy subestimada, es la de entrevistador de campo, pues la información que se tiene al respecto es muy poca, solamente se dan a conocer los resultados de esos estudios por medio de las estadísticas ya concluidas, solo números, pero realmente el trabajo de campo es la columna vertebral de todo el proceso, sin ese ejercicio de recopilación de datos no se podría realizar nada.
Y es precisamente en este trabajo de campo en donde los entrevistadores nos podemos volver muy versátiles, pues se tocan diversos temas como políticos, sociológicos, antropológicos, socioeconómicos y de mercado, por lo que las experiencias que se viven son realmente únicas y particulares, afrontando enormes peligros que merecen ser contados, para que usted, amigo lector, pueda conocer los altibajos, problemas, pero también las virtudes que se experimentan en este trabajo. Yo laboré por más de 10 años en esta rama, por lo que recopilé un sinfín de experiencias que daré a conocer en este medio, así como también experiencias de excompañeros de profesión, esperando sea de su agrado.
 
DE VIAJE A LA TILA
 
Debido a que el trabajo de entrevistador no era constante, uno se veía en la necesidad de trabajar como freelance, por lo que se tenían que aprovechar los proyectos en los que se podía participar.
En una ocasión me hicieron un llamado para que viajara desde la Ciudad de México a Chiapas, para realizar entrevistas de carácter preelectoral, en donde se prometía un trabajo sencillo y corto, laborando en la capital, Tuxtla Gutiérrez, por lo que opté, en una decisión muy aventurada, también irresponsable pero muy necesaria, de llevarme a mi hijo, Donovan, de tan solo 3 años de edad en aquel entonces, pues su mamá también estaba de viaje fuera de la ciudad. Una decisión que por factores ajenos a mí, nos conllevó a quedarnos varados en la montaña chiapaneca.


Mi participación en el proyecto fluía sin problemas; un par de días en la zona urbana de la capital no representaba ningún inconveniente para realizar mi trabajo junto con mi crío. Pero en el momento en que toqué aquellas tierras chiapanecas todo cambió drásticamente, pues me informaron que mi plan de trabajo se tenía que modificar abruptamente; los dos días de trabajo se convirtieron en cinco, y no sólo eso, sino que en su mayoría serían en zonas rurales, uno de ellos a más de 6 horas de distancia.
Después de realizar mi trabajo en la ciudad tal y como lo dictaminaba mi muestreo, comenzamos a viajar fuera de la mancha urbana, pero siempre con retorno al hotel, no sin sortear algunas dificultades de trabajar en la calle con un “peque” de 3 años a mi lado, pues debes de estar siempre prevenido y a la expectativa de todo, nunca sabes qué hay detrás de la puerta que vas a tocar, ni qué tipo de persona te toparás de frente.
Pude eludir todo tipo de dificultades técnicas para trabajar, pues afortunadamente Donovan se caracterizaba desde pequeño por tener una gran capacidad cognitiva, así que sabía perfectamente la situación y la manera en cómo debía interactuar, estando nosotros en la calle. Pero aquellas plausibles ventajas que tuve empezaron a mermar luego de que partimos al municipio de Tila.
Tila se encuentra en el norte del estado de Chiapas, a 6 horas en automóvil, un poco más en los rústicos camiones que llegan a esa zona septentrional del estado. Pues bien, ni siquiera tenía que llegar a la cabecera municipal, sino que mi meta era una comunidad rural llamada Cantioc, un lugar aun más internado en la montaña.
Sin duda, los paisajes que se contemplan en el camino son impresionantes; pues poco a poco subes en la montaña mientras avanzas, y los caminos serpenteantes se hacen más presentes y pronunciados, hasta el punto en que tienes que sostenerte de ambas manos para no salirte del asiento; los paisajes tropicales se van convirtiendo en bosques templados, con una lluvia incesante y decenas de ríos con tonos turquesas, que bajan de las cumbres y atraviesan el asfalto, reclamando su cauce para llegar a desembocar al Petalcingo, el cual, a su vez, confluye en el afluente que alimenta a las impresionantes cascadas de Agua Azul, a casi 100 kilómetros de distancia.
 
VARADOS EN LA MONTAÑA
 
Por fin, después de un largo camino de más de 6 horas desde Tuxtla Gutiérrez, y con mi hijo más que cansado por el largo trayecto, llegamos a nuestro destino.
Era alrededor de la 1 de la tarde, el clima estaba totalmente húmedo y congelante, las copas de los árboles más altos no se vislumbraban debido a la espesa neblina que cubría el lugar y solo había casas dispersas perdiéndose entre la bruma, así que optamos por caminar cuesta arriba sobre el único camino de concreto que había, esperando llegar a una zona más poblada.


Unos metros más arriba me encontré con una persona, muy amable, por cierto, al cual le pedí información esencial para mi regreso, pues tenía datos previos por parte del conductor del camión, pero necesitaba corroborarlos, lo primero que debes saber es cómo regresar de lugares tan apartados, así que el amigable abuelo me confirmó que a las 5 pasaba el camión para la ciudad de Villahermosa, Tabasco, pero no faltó el dato inquietante: la zona estaba totalmente en presencia del EZLN, y en esa época no era una buena noticia, pues muy cerca de ahí se había librado la batalla de Ocosingo, así como la matanza de Acteal, ya varios años antes, la tensión social era evidente.
Tenía que realizar solo 10 cuestionarios en este lugar, así que puse marcha acelerada para terminar lo antes posible, buscar un lugar para poder comer y llegar a tiempo para el paso del camión.
Afortunadamente todo el proceso fue simple, terminé a buen tiempo y pudimos encontrar un sitio para comer; ya pasadas las 4 de la tarde nos dispusimos a irnos al lugar en donde se detenía el vehículo; el frío se tornó más severo, y la lluvia a manera de brisa fina se apoderaba del lugar.
Llego la hora, eran las 5 de la tarde, sentados en una banca hecha de un tronco esperamos pacientemente, la escasa gente que pasaba por el lugar nos miraba con incertidumbre y no era para menos; llegaron las 6 de la tarde y el transporte nunca hizo presencia, por lo que decidí preguntar y reconfirmar mi información.
Y de nuevo me afirmaron, a las 5 pasaba el camión, pero nunca tomé en cuenta un detalle, si de la mañana o de la tarde. Al enterarme que todos se referían a las 5 de la madrugada, se me heló la sangre; un groso error de comunicación conllevó a que quedáramos varados en plena montaña, con un frío incesante, a punto de llover torrencialmente y casi entrada la noche. Esa preocupación se convirtió terror.
Si bien mi mayor angustia era el bienestar de mi hijo, él también fue nuestra salvación. La mayoría de la gente que entrevistaba conectaba de inmediato con Donovan, en especial una señora que nos trató muy bien, incluso nos pasó al interior de su muy humilde casa y nos ofreció de desayunar; por lo que opté por pedir ayuda con ella, pues fue la única opción que tenía, así que regresé a buscarla, expuse nuestra problemática y ella sin dudarlo, pensando en el bienestar de mi hijo, nos ofreció quedarnos en su casa, un acto del cual estaré agradecido de por vida.
Así que pudimos quedarnos en un pequeño cuarto con una cama y una diminuta televisión a blanco y negro que solo podía sintonizar un canal. Vimos pasar la lluvia detrás de la congelada ventana que nos cubría; y yo, tranquilo porque pude sortear un gran inconveniente que jamás pensé que sucedería. Esa noche, sabiendo que estaba en una de las zonas montañosas más peligrosas del país, a casi mil kilómetros de casa y con mi hijo pequeño, valoré enormemente la ayuda que te puede ofrecer la gente más humilde.
Al otro día, desde las 4 y media de la madrugada ya estábamos en la parada del camión; y sí, casi en punto de las 5 arribó; sentí un gran alivio pero también una gran carga de nostalgia dejar ese lugar, pues a pesar de que las condiciones se volvieron turbias, sabía que una experiencia como esa no tendría jamás, y tal vez no regresaría de nuevo a ese bello sitio chiapaneco. El camión partió para comenzar un largo viaje a casa, no sin antes tener que pernoctar en Villahermosa y después en el puerto de Veracruz, pero esa ya será otra historia que contaré próximamente.

Mario Alberto CASTILLO DERBEZ



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