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Bicicletas



César Anguiano

Lunes 04 de Octubre de 2021 10:06 pm

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A Anaís Luâ
I
Hay un par de bicicletas abandonadas en el corredor de mi casa. No me gusta verlas, me causan un miedo no del todo injustificado. Cuando era niño me encantaban; de los ocho a los diez años no hice otra cosa que desear tener una. Y logré tenerla. No sé ni cómo llegó a mi vida. Quizá se la habían comprado a un hermano mayor. Quizá se compró especialmente para mí. Era azul, eso sí lo tengo muy presente. Fue en ella que aprendí a rodar sobre dos ruedas; una cosa sencilla para quien ya sabe, pero no tanto para el que se sube a una bicicleta por primera vez. Sufrí un par de caídas peligrosas antes de aprender del todo, pero eso no me hizo desistir de montarla, de recorrer todo el pueblo y sus alrededores sobre ella. En una ocasión, en una cuesta, incapaz de frenarla, no me quedó más remedio que dejarme caer hacia un lado. De no hacerlo me hubiera podido encontrar con un camión de carga en la carretera. Llevo una cicatriz en mi pulgar derecho a raíz de esa caída. Uno de los pequeños huesos de ese dedo se sale de su lugar de vez en cuando. Gajes del oficio de ciclista, cicatrices que empieza uno a recoger muy temprano en la vida.
A los veintitrés, en mi primer trabajo, formé parte de un grupo de compañeros que gustaban salir a pedalear muy temprano por la mañana. Regresábamos a nuestras casas justo a tiempo para tomar un baño, vestirnos y llegar a tiempo a la oficina. Recuerdo la sensación del viento en la cara mientras descendíamos cuesta abajo en la carretera a Minatitlán, la libertad y el sentido de alerta que tenías que mantener para no pisar un bache, o una pequeña piedra y no sufrir una caída. Tengo piernas fuertes y en ocasiones pienso que si hubiera sido constante, que si no me hubiera dejado vencer por el miedo de vez en cuando, habría podido entrar a algunas competencias, incluso ganarlas. Pero el miedo nunca me abandonó. Las carreteras en México son demasiado malas para confiar en ellas. Los automovilistas demasiado descuidados o “bromistas”.
Cuando tenía 20 años, mientras regresábamos de una excursión escolar por algunas ciudades del centro del país. Me tocó ver, en la orilla de la carretera, un par de pequeños pies sobresaliendo de una sábana blanca. Alguien había cubierto al pequeño ciclista sin vida. A un lado, sobre la hierba, había una gran canasta y alrededor, pan, que seguramente el niño iba a vender. Una pequeña bicicleta yacía rota y retorcida no muy lejos de ahí. No era difícil imaginar cómo había ocurrido el accidente. Fue la primera vez que tuve la impresión de que cualquier ciclista que circulara  por una carretera mexicana, se convertía de inmediato en ciudadano de segunda o de tercera; que cualquier automovilista o camionero podía arrancarle fácilmente la vida y luego pretextar una pequeña distracción y quedar impune.
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Cada que subo a una bicicleta recuerdo a ese niño de pies desnudos y sucios. Quizá por eso nunca pude relajarme del todo yendo cuesta abajo en una bicicleta, por eso dejo que el par de bicicletas que hay en el corredor de la casa, se vayan enmoheciendo, por eso disuado de subir a ellas a todos los que puedo. A veces no lo logro. Y cuando se van sobre ellas camino de la tienda, me quedo preocupado, recuerdo el par de pequeños pies, sobresaliendo de la sábana; recuerdo a mi amiga Marina, su cadera rota por un automovilista, mientras se entrenaba por la orilla de un camino para un maratón. Recuerdo también a un excuñado, a quien ayudé en una ocasión a mover unos muebles. Apenas íbamos por los muebles recuerdo, la calle era ancha y estaba casi vacía y en una orilla iba un ciclista, indiferente, acaso feliz, creyendo que vivía en una ciudad de gente sana y contenta, y no en una habitada por locos. “Vamos a sacarle un susto”, dijo de pronto mi excuñado. Yo tardé un poco en reaccionar. La idea del enfermo con el que iba, era poner en contacto, suavemente, la defensa de la camioneta en la que íbamos, con la llanta trasera de la bicicleta. Al final yo había alcanzado a gritar un “No mames, wey”, y él había desistido de su broma. ¿Por qué algunos automovilistas se sienten con derecho a jugarles ese tipo de bromas a los ciclistas, incluso a los corredores? ¿Será verdad que a algunos seres humanos, el hecho de conducir un vehículo los hace sentir como dioses? ¿Será envidia de gente más o menos floja hacia gente aguerrida, alegre, en forma? ¿O será que todos, o casi todos, llevamos un asesino adentro y éste se manifiesta tan pronto descubre que puede quedar impune?
Puede ser una imagen de 1 persona, bicicleta, carretera y calle
Cuando viví en Cd. Guzmán, Jalisco, me tocó la inauguración de algunas vías especiales para ciclistas. Todo habría estado muy bien, si no hubiera estado precedida de una serie de “accidentes”, donde al menos dos ciclistas perdieron la vida. El primer accidente, el más indignante, vale la pena contarlo. Un joven, especialista en protección civil, ignorante el pobre del país en que vivía, se atrevió a circular en bicicleta, con absoluta confianza, por las calles de su ciudad. Incluso, con un poco de soberbia. O quizá invadido por un espíritu “educador”: si los automovilistas no están conscientes de que las calles no les pertenecen en exclusividad, entonces hay que enseñárselos, así sea a gritos y mentadas de madre. Quizá su método rindió frutos una docena de veces, pero no cuando tuvo la mala suerte de encontrarse con la camioneta de nuevo rico de un político en ascenso de la ciudad. Imagino al joven ciclista empecinado en mantener el carril al que tenía derecho. Imagino también al político ordenándole a su chofer que tocara su claxon para hacer que el ciclista se apartara, cuando lo que debió haber hecho es ordenarle que lo rebasara como si se tratara de cualquier otro vehículo. Escucho el claxon una y otra vez sonando con estridencia. Veo al ciclista decidido a educar al mundo, echando y aguantando mentadas de madre, pero sin apartarse. Un camino solitario y el ciclista habría muerto de inmediato, arrollado por el vehículo, pero lo que ocurre es justo en el centro de la ciudad, a hora pico, por la mañana. Demasiados testigos para intentar darle una lección a ese muchacho bicicletero.
Puede ser una imagen de una o varias personas, bicicleta y al aire libre
El político llega a su destino, a sólo un par de cuadras; baja de su vehículo y le dice a su chofer: “Ve y sácale un susto a ese muchacho hijo de puta”. Y el chofer no se hace del rogar. El ciclista ha dado vuelta por una calle poco transitada, pero él puede alcanzarlo, hacer lo que le ordena su jefe. La camioneta que conduce es grande y nueva. Vale más de medio millón de pesos. De los pesos de hace diez años, así que está muy mal que un bicicletero les haya querido enseñar una lección. Además, el jefe es el jefe y se le obedece. Acelera, pues, y da vuelta. Vuelve acelerar, pero no ve al chico de la bicicleta. Está ya a punto desistir cuando lo ve dar vuelta en una calle. Acelera, luego frena un poco, da vuelta y vuelve a acelerar. El muchacho pedalea ahora por la orilla de la calle, ya no pretende ser tan importante como un automovilista.  Pero el jefe es el jefe y se le obedece y el conductor de la camioneta acelera. Es una calle angosta, pobre, pero el chofer alcanza los ochenta, los cien kilómetros por hora. Es una calle muy angosta, de hecho, y de banqueta diminuta. Lanzar al ciclista a un lado, sobre la acera, quizá no sea suficiente castigo, así que acelera aún más, y se lanza de lleno contra el ciclista y a su bicicleta, intenta prensarlo contra la pared de una casa. Pero la pared se derrumba y la camioneta de más de medio millón de pesos queda a mitad de la sala, de una casa, por fortuna sin gente. No hay manera de que el ciclista haya quedado vivo, tampoco de que aprendiera a su vez una lección. El conductor de la camioneta, de cualquier modo, ha olvidado lo que pretendía enseñar, pero ha obedecido a su jefe. Así que mete reversa, gana de nuevo la calle y desaparece. Hay varios testigos de lo que ha pasado, pero el verdadero responsable es un político es ascenso. No hay nada de qué preocuparse, nunca nadie, jamás en la vida, se ha encarcelado a alguien por aplastar a un ciclista, y menos si el responsable es alguien poderoso. Todo se debió a una pequeña distracción. Quizá el culpable fue el propio ciclista, se atreven a decir algunos.
 
II
Cerca del lugar donde vivo ahora, hay una carretera bastante tranquila. En una época de mi vida, di por ella muchos paseos en bicicleta. Por alguna razón había olvidado los pies del niño muerto cubierto con la manta; los descensos peligrosos, al amanecer, en una carretera al poniente de la ciudad de Colima. Había olvidado también, al menos por un tiempo, el accidente que cuando niño me dejó un dedo frágil. Me sentía seguro. La gente de la región donde había crecido, era bastante tranquila, o eso creía. Y yo iba y venía por la carretera sintiéndome libre, rápido, como si fuera una especie de centauro que, en lugar de extremidades de caballo, tuviera llantas.
Muchas veces, cuando reparo en el par de bicicletas que se oxidan en el corredor de mi casa, me digo que no es por miedo que no vuelvo a recorrer ese camino, sino por el pésimo estado en que se encuentra ahora. Aunque sé que miento.
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Cierro los ojos y me viene a la memoria un ciclista medianamente ilustre de mi infancia. Se trataba de un hombre que vendía pescado en mi pueblo. Llevaba una pequeña tina en la parrilla trasera de su pesada y antigua bicicleta. Recorría las calles voceando su mercancía. Era capaz de conducir su bicicleta verdaderamente lento. Yo me asombraba de la lentitud que era capaz de lograr sin caerse. De hecho, por ratos, era capaz de mantenerse inmóvil, sin avanzar un centímetro. En una ocasión, la mujer que me enseñó a leer y a escribir, la maestra Tina, un personaje verdaderamente importante en el pueblo durante cierta época, organizó una carrera de bicicletas en el jardín. Quizá era un dieciséis de septiembre. Lo que parecía una buena idea, correr en bicicleta alrededor del pequeño parque, no lo era y se convirtió en una pequeña tragedia, pues el jardín no estaba a ras del suelo, sino que en algunos puntos alcanzaba hasta el metro y medio de altura. Algunos competidores cayeron del jardín pero no les ocurrió nada grave, aquel vendedor de pescado, en cambio, se rompió un par de costillas. Ni siquiera hubo ceremonia de premiación porque hubo que llevar de inmediato al hospital a aquel ciclista que debió ganar la carrera. Poco tiempo después de recuperarse, aquel ciclista reconocido, se marchó del pueblo. Quizá la gente del Alcaraces de aquella época, no estaba acostumbrada a comer pescado y le compraba poco; o quizá, sólo decidió marcharse para buscarse un pueblo con mejores calles para practicar su deporte favorito.
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Otro de mis ciclistas preferidos, más allá de los ganadores de los Giros de Francia o Italia, era una chica de la ciudad. Trato de recordar su nombre pero sólo recuerdo que le apodábamos la Güera, tenía unas piernas hermosas y le gustaba lucirlas vistiendo un diminuto short de mezclilla. Acostumbraba ir a su trabajo en bicicleta. Pronto se convirtió en una referencia en la pequeña ciudad donde me tocó estudiar. Si hubiera insistido muchos años montando en bicicleta, seguramente le habría pasado un accidente grave, pero decidió abandonar México antes de que eso ocurriera. Ahora vive en Canadá. No sé por qué me gusta imaginarla aún en bicicleta, su pelo rubio ondeando al viento, sus piernas bronceadas y fuertes, sus tobillos delicados. Aunque ella emigró buscando simplemente un mejor futuro profesional, a veces me digo que lo hizo para poder pedalear sin peligro, sin ningún loco persiguiéndola para enseñarle una lección.
Puede ser una imagen de bicicleta y al aire libre
Frecuentemente me digo que debo olvidar mis miedos, engrasar mi bicicleta y volver a pasear por algún camino cercano. Por suerte, o por desgracia, el camino más cercano está lleno de baches. Hay zonas en que no quedan ni vestigios de la cinta asfáltica. Así que las bicicletas siguen oxidándose en el pasillo de mi casa.
La vida no debe estar controlada por el temor, claro que no. “Las cosas realmente buenas de la vida están detrás del miedo”, dijo un artista famoso de Hollywood. A veces pienso que tiene razón, otras que se equivoca. Sobre todo si pienso, si recuerdo a Anaís Luâ Luâ.
A Anaís la conocí en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia. Era chilena. Asistíamos al Festival de Poesía Jauría de Palabras. Decía unos poemas intensos. Toda ella era pasión, timidez y rebeldía. Tenía aspecto de todo menos de ciclista, menos de ese tipo de gente que muere joven. Tenía el pelo lacio y gustaba lucir pálida y llevar un abrigo negro y largo de terciopelo. Además de los suyos, nos decía poemas de Pedro Lemebel. Yo intentaba decir algunos de Abigael Bohórquez, pero los que conocía no podían competir en intensidad con los del chileno. Chile es el país de los poetas. En ningún lugar del mundo se les respeta y admira más que ahí. Seguramente por eso hay tantos. O quizá sólo por Neruda y Gabriela Mistral, y ahora por Raúl Zurita y hace unos años por Gonzalo Rojas. Los chilenos vuelcan en la poesía toda la pasión, toda la Historia, toda la vida. Canto General es su piedra de toque.  Anaís era parte de esa tradición. Y era intensa, como casi todos los poetas chilenos. Decía sus versos mejor que la mayoría de los invitados al Festival. Tuve oportunidad de ayudarle a publicar algunos de sus versos en nuestro país, en Diario de Colima, de hecho. Alguna vez me habló de su deseo de venir a México, de su alegría por la publicación de su primer libro. También tocaba el violín o el cello. Pero hace menos de un año me enteré por Facebook que salió a dar un paseo en bicicleta, y ya no regresó.
Su cuerpo sin vida y su bicicleta habían sido encontrados, como los del niño del pan, a un lado de la carretera. Pienso en lo que pudo haber ocurrido, en todas las posibilidades. ¿Intentó educar a un automovilista poco cortés? ¿Se distrajo, pisó un bache y cayó bajo las llantas de un auto o un camión? ¿Algún bromista intentó darle un pequeño susto, como a mi amiga Marina, la maratonista? ¿Odiaron su libertad, su pelo libre ondeando al viento?
Definitivamente América Latina no es buen sitio para los ciclistas ni para las bicicletas, me digo. Luego recuerdo la saña con que se castiga en Chile a los jóvenes que salen a protestar contra el gobierno despótico y corrupto de Piñera, y me digo que lo que está prohibido en Chile, en México, en todo el Continente, es la libertad, la juventud, la alegría. ¿Por qué un gobierno se permite disparar a los ojos, dejar ciegos, a sus mejores y más valientes muchachos? Me gustaría preguntárselo a Anaís, a ella sola entre todos los chilenos e hispanoamericanos que conozco.
Recuerdo las bicicletas sucias de mi corredor, y me doy cuenta por primera vez que no es miedo lo que me provocan, sino furia, de que quisiera dejar de escribir e ir hasta ellas, alzarlas sobre mi cabeza y estrellarlas contra el suelo hasta dejarlas inservibles, hasta que no fueran sino un puñado de fierros retorcidos; hasta que aquel niño vendedor de pan, muerto en la carretera, recobrara la vida y se pusiera de pie y nos sonriera a todos; hasta que el hombre que vendía pescado en mi pueblo volviera con sus costillas intactas y una tina llena de pescado fresco; hasta que Anaís se pusiera también de pie y viniera a México para leer poesía, para que me leyera más poemas de Lemebel y para leerle yo poemas que antes no sabía de Abigael Bohórquez. Pero nada de eso ha de pasar. Lo que seguirá ocurriendo es que una legión de automovilistas rabiosos, una legión de frustrados en el continente, sin la valentía siquiera para reconocer que están amargados, seguirá matando ciclistas, sobre todo si éstos sonríen felices, si su pelo ondea glorioso al viento y sonríen como si quisieran enseñarnos a todos que no es a odiar, sino a ser felices y libres, a lo que hemos venido a la Tierra. 

César Anguiano



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