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Noches febriles


A la deriva, obra Luján Antonio Ruinandreu.

Raúl García

Domingo 10 de Octubre de 2021 9:38 pm

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La idea de un Dios débil, impotente, abatido, vaciado de su divinidad, replegado en la soledad de su tristeza, me es mucho más agradable, más próxima, ¿cómo decirlo? ¡Más real!

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La vida sin una pequeña dosis de engaño sería prácticamente imposible. Vivir en sí ya es un engaño, pues supone dejar de fuera la muerte. No obstante, para seguir, para continuar el día a día, es necesario no pensar en la fatalidad de nuestro ser finito, ello paraliza a cualquiera. No creo en la posibilidad de vivir completamente desengañados por vía de la renuncia al mundo; es menester, como he dicho, cierta dosis. Todo aquel que se afirma como un desengañado, como alguien que ha vencido las ilusiones y supersticiones humanas, me parece poseedor de una afinada soberbia y, en última instancia, de un engaño terrible.

Acabemos con esto de una vez por todas: ¡El hombre no es un ser eminentemente racional! Algunas veces, lo es.

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Cómo desearía ser capaz de precipitar mi muerte, así como el beodo que bebe su último vaso de whiskey o tequila y cae como piedra en agua muerta. No veo gran diferencia: aquél buscando el absoluto en la borrachera; y yo, en la inmolación de un crepúsculo hermoso. Ambos participantes de esa necesidad de absoluto, de una nostalgia prístina. No obstante, creo que no hay solución. El suicidio es una afirmación exacerbada de la vida, un exceso transformado en delirio. Por el contrario, yo busco negarla en su totalidad. Sólo se puede estar muerto en vida, y muy pocos gozan el privilegio de ello.

Sólo siento una admiración pura por aquellos espíritus que, en soledad, logran tolerar ciertos estados anímicos que a otros conllevarían al suicidio o al trastorno.

Fórmula que repito en mis constantes depresiones: «Vamos, en todo caso, ¿qué representa otra depresión? Tan sólo un rasguño más, otra grieta en este enorme muro de lamentos». He conseguido tolerarlas.

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No hay nada más voluptuoso que la sensación absoluta de no pertenecer a algo; estar al tú por tú con la nada.

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Sucede así, todo pensamiento que infunde esperanza me aterroriza. ¡No sabe usted el daño que causa la esperanza teologal difundida en cualquier discurso! La esperanza representa para mí algo insano, algo que va en contra de la vida. Verás, el suicidio es otra forma de esperanza, una esperanza trastornada -quizás-; es decir, el suicida espera la salvación en la nada o ve a saber en qué demonios cree. Grave error, no hay salvación ni aquí ni en la nada. Sin duda alguna, la esperanza es el mal, y se vende en cada esquina.

Soy de una tonalidad afectiva crepuscular. En mí todo descansa en el cansancio. Todo aquello que se ve envuelto en una tela de melancolía me es grato, me complace hasta el frenesí. Es más, le encuentro cierto éxtasis religioso. Luz y muerte coinciden en mí, vitalidad minada, más no del todo acabada.

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Lamento sólo haber podido asistir, impotente, al horror.

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Detrás de todo humanismo o todo humanista, hay un tirano acechando. ¡Los humanismos me aterran!

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Hay abismos que de repente se abren en mi existencia y me engullen, me empujan a oscuridades terribles, con una fuerza parecida a la de una ola zambulléndote al fondo del mar. Cóleras, dioses con truenos se revuelven en mis vísceras y se agitan con tal violencia que producen vómitos de sangre, paroxismos que lindan en la locura y el estupor. Depresiones me azotan una y otra vez hasta terminar aturdido, exangüe, con un sabor mezcla de azufre y alquitrán en mi garganta. La muerte cabalga por mis venas arriba de búfalos que exhalan feroces bocanadas de humo negro. La vida deviene en muerte en cuestión de segundos y mi alma queda suspendida en renglones vaciados de palabras. Luego, poco a poco me repongo, al despertar del día siguiente, justo después de que digo: estoy vivo…

 

Raúl García



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