Respuesta a José María Aznar de por qué Andrés Manuel López Obrador se llama así y no de otra manera

A 500 años de la llegada de los españoles a México (1519-1521) / Addenda 2 de 2
Jueves 21 de Octubre de 2021 10:05 pm
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Quizá alguien podría
replicarme respondiendo que en efecto eso pasó con los indios, lo cual es
lamentable, pero que no habría que perder de vista que el presidente de México
no es un indio, sino un mestizo, y que por ello las cosas cambian, porque a lo
mejor sus padres cristianos podrían haber deseado darle un nombre cristiano.
A tal afirmación yo respondería
diciendo que de nuevo se yerra haciendo tales conclusiones edulcoradas de la
conquista y colonización de México (repito que esto que diga vale para toda
Hispanoamérica). Eso no fue bello ni edificante, sino por el contrario hórrido
y malévolo. Ninguna guerra de conquista es bella ni edificante, como no lo fue
la que los romanos le hicieron a los celtíberos, por ejemplo. En fin, ninguna
guerra (sin apellidos) es bella y edificante, aunque el señor Aznar piense que
la de España en América fue muy luminosa y ejemplar. Hablemos, pues, del origen
del mestizaje.
La conquista trajo aparejada muchas
calamidades, muchas más que la guerra misma. Una de ellas lo fue el mestizaje.
Lo primero que habría que decir es que éste se dio (normalmente) entre
españoles (hombres) e indias (mujeres), casi nunca al revés. Esto es un rasgo
evidente de la prepotencia del acto. Los primeros mestizos nacieron de mujeres
indias que los españoles recibían como regalo (algo ya se dijo de ello en esta
serie de artículos), lo cual entiendo que no era la aceptación de tales dones
algo edificante, moralmente hablando (lo digo desde la moral hispana, la moral
católica; aunque Cortés replicó hipócritamente diciendo, “bueno, las
recibiremos, pero para no pecar, primero las bautizamos”. Doble pecado, diría
el padre las Casas, pues hacían cristiana a una persona que ni lo era ni lo
podía ser y quizá ni lo quería), pero en fin, no me detengo en ello.
Eso fue muy al principio, pero en los
momentos en que se fueron imponiendo los extranjeros entre los pueblos del
Nuevo Mundo, durante la guerra y mucho después de concluida la conquista de
México (1521) se dejaron ver muchas atrocidades que los españoles hicieron en
contra de las indias. El padre las Casas, por ejemplo, cuenta cómo los hispanos
competían unos con otros invitando a amigos a sus casas y mostrándoles cuatro,
cinco y más indias que vivían con ellos a las que llamaban “criadas” porque las
habían recogido y eran como sus “hijas criadas” o “hijas de crianza”, pero lo
decían socarronamente, aludiendo a que aquella servidumbre diurna se convertía
en mancebía nocturna. Los invitados también sonreían y correspondían al convite
llevando a los otros, diligentemente, a visitar sus casas para mostrar sus
“criadas”, grupo que, por supuesto, era más nutrido que el exhibido
inicialmente. Esto lo dijo no un mexicano resentido en contra de los españoles
tozudos como el señor Aznar, sino un español que lo vio, lo vivió y dejó
testimonio de ello. Seguimos hablando de los pecados veniales. Vamos al cogollo
del problema.
El origen del mestizaje no es otro
que el de la violación y el estupro. Ni más ni menos. Y no me lo invento, hay
sobrados testimonios de aquellos tiempos que lo dejan clarísimo y patente. Sin
duda hubo variantes, pero fueron tan viles y abyectas como las violaciones. Si
hay tiempo y espacio hablaremos de estas variantes, como por ejemplo, lo que le
pasó a doña Isabel Moctezuma.
Pruebas de esa violencia sexual en
contra de las indias hay muchas. Menciono un caso. Cuando terminó el sitio de
la ciudad de México, Cuauhtémoc pidió a Cortés la devolución de las nobles
cacicas que les habían sido robadas en esos largos meses de asedio y
destrucción de la ciudad tenochca. Los españoles respondieron sonriendo que con
gusto las devolverían, pero que sería difícil que las señoras se alejaran de
sus captores porque todas o casi todas estaban embarazadas. Esto lo dicen los cronistas de entonces, como
Antonio de Herrera, o historiadores modernos como Hugh Thomas.
Así pues, aceptemos, sin desgarrarnos
las vestiduras, que nosotros, los mestizos, descendemos de las indias violadas.
No es posible que haya sido de otra manera. Para concluir este breve repaso,
insistiré en decir que aunque haya ilusos (o deliberados hipócritas) que
quieran vendernos la imagen de la india enamorada del conquistador, eso es una
mistificación insostenible. Tal falacia la podemos ver, por ejemplo, en el
escudo de armas de Tonalá, Jalisco, que nos muestra a una india enamorada de un
español apoyando su rostro en el pecho del conquistador enfundado en su
armadura.
Por lo tanto, nosotros, los mexicanos
de hoy, que somos mestizos en su gran mayoría, algo así como el 90 por ciento
de la población, nada tenemos que agradecer a los hispanos hipócritas que no
quieren ver la verdad de la conquista y la colonización. Por fortuna, son los
menos, pues la mayoría del pueblo español no se deja engañar con torpes
mentiras.
*El autor, Ramón Moreno Rodríguez, es Doctor en literatura española. Imparte clases en la carrera
de Letras Hispánicas en la UdeG, Cusur.