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La tradición funeral de Colima



Domingo 31 de Octubre de 2021 7:26 am

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La llegada de europeos a esta región en el Siglo 16 con su cultura, tradiciones y religión, las formas ancestrales del ritual funerario de los nativos de esta zona cambiaron radicalmente al ser evangelizados; de tal manera que los muertos, a la usanza occidental debían ser sepultados bajo otras normas y criterios en espacios bendecidos, por ejemplo atrios, patios, corredores, sótanos, altares de los edificios católicos, las iglesias y otros lugares designados para tal fin, según el credo; entierros a los que además de rezos, paulatinamente se les fueron agregando elementos de la nueva religión como la cruz, el rosario y las imágenes de santas o santos afines a la o el difunto.
Lugares que, a la usanza europea, eran utilizados para dar “cristiana sepultura” a los difuntos “fieles” (a la palabra del señor y santos evangelios), estando al corriente en sus débitos con la fe, lo que, además de los sacramentos, incluía diezmos, limosnas y todas las exacciones del protocolo católico, bajo la condición de culpa y de no ser aceptados y, por tanto, morir en la excomunión o fuera de la “bendición del señor” e irse al infierno.
En la Villa de Colima, en aquella octava fundación hispana de 1523, el primer camposanto funcionó en las inmediaciones de la entonces Parroquia, fundada el 13 de octubre de 1525 como primitivo Curato, antecedente y sede de la actual Catedral Basílica Menor; funcionando excepcionalmente hasta el primer tercio del Siglo 20, cuando ya era insuficiente, como los otros sitios; a saber, el monasterio mercedario, al poniente, sobre la vera del río, entre la Torres Quintero y Gildardo Gómez, en la Presidencia Municipal y edificaciones adyacentes, cuyas ruinas aún se aprecian desde estas calles; el del hospital de San Juan de Dios, al sur de éste, entre la cooperativa salinera y el Archivo municipal, entre la calle Independencia esquina con la G. Gómez; así como el de “negros y mulatos” del templo del “Dulce Nombre de Jesús”, establecido donde está el Auditorio MMH, en Reforma y Nicolás Bravo y el del Templo de Nuestra Señora de la Salud; sin olvidar el de la entonces ranchería de San Francisco de Almoloyan (jardín de San Francisco).
Fue a principios del Siglo 19 cuando por motivos de espacio y razones de salubridad se decidió habilitar espacios alternos a los tradicionales para sepultar a los seres queridos en sitios más alejados y se optó por el oriente, primero en las inmediaciones del Jardín Núñez, entre las actuales Madero y F. Medina, luego en la confluencia y entonces (Siglo 19) término de la Madero y Pedro A. Galván, en el predio conocido como el Moralete, que operó hasta 1883, ante la mortandad que ocasionó la fiebre amarilla y obligó a las autoridades a poner en funcionamiento otra sede, lo que ya fue el primer cementerio civil fundado bajo las condiciones de las leyes de reforma, práctica que paulatinamente se generalizó en el resto del estado en municipios y sus localidades.
Antes de que operara el cementerio de Colima en el predio Las Víboras, otro lugar en Colima fue el último refugio de decenas de extranjeros, la mayoría alemanes, protestantes o liberales, es decir, no católicos, me refiero al que aunque no funciona como tal desde 1944 (fecha en que recibió al último cuerpo, el primero fue sepultado ahí en 1851), popularmente se le conoce como el Panteón de los Gringos sobre el oficial: “Jardín del Recuerdo”, espacio construido por estos migrantes decimonónicos, cuyos últimos vestigios de este cementerio que en su momento albergó 132 cuerpos (la mayoría ya exhumados), se encuentran entre las avenidas Tecnológico y Venustiano Carranza.
En Colima, de un tiempo acá, sobre los años 80 del siglo pasado, los usos conmemorativos funerarios de esta temporada han cambiado, adoptándose prácticas ajenas, en mucho sin comprenderlas, solo por vistosas, por influencia televisiva, del cine y las redes sociales, por moda; me refiero a los mal llamados “altares de muertos” (son Ofrendas); cuando en Colima y sus alrededores, como recordará la gente mayor, estos días eran “de guardar”, de recogimiento y rezos en honra de los difuntos a los que en el hogar, con velas o veladoras, se les dedicaba eso como ofrenda-recordatorio y cuando mucho unas flores criollas.
Otras familias iban al cementerio a limpiar el sepulcro “a darle su manita de gato”, llevarle flores al ser amado, veladoras o coronas de papel para depositarlas en la tumba debidamente aseada, acompañando la despedida con un silencioso oratorio; era todo, nada de Cempasúchil, ni papel picado, ni pan de muertos, ni comida, ni música norteña, ni banda, ni esos otros elementos que, si bien son “mexicanos” y, por tanto, respetables, corresponden a otras regiones, es decir, no son expresiones propias de la tradición funeral de Colima.

NOÉ GUERRA PIMENTEL



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