Cargando



Corazón vasallo



Texto e ilustración originales de Donovan Castillo Lara

Martes 02 de Noviembre de 2021 7:12 pm

+ -


Al cumplir una edad donde un chico se convierte en hombre, se le suele obsequiar un espada y un escudo que deberán blandir y sangrar en la guerra contra el norte; sin embargo, este chico cuyo nombre ya fue olvidado, se le obsequió un antiguo libro con escrituras y canciones de antiguos dioses y su deber fue, desde ese momento, con ellos.
Hijo del sacerdote de la Luna, a quien rezan cada noche por sus muertos y agradecen las buenas cosechas, él era un chico devoto a su fe creciente por la blanca sonrisa que apreciaba cada noche de cielo despejado.
Leyó historias antiquísimas sobre guerras entre hombres y dioses donde participó una diosa de nombre Anhitherý (Idioma de los primeros seres en el mundo) y que ahora reina el cielo nocturno con gracia resplandeciente y el chico cada hora libre de sus oraciones leía y se adentraba en esas maravillosas historias, historias donde la dama de velo blanco empuñó espadas tan brillantes como las primeras luces y tan letales como el fuego del sol y así luchó contra los horrores de la oscuridad y derrotó caballeros y brujas sirvientes del linaje de Hadedth (Antiguo dios renegado creador de toda malicia y repulsión).
Su fe iba más allá de su deber y lejos de la fe de cualquier hombre o mujer del reino. Pasaban los años y las guerras iban y venían como el día y la noche y el chico miraba con fulgor el cielo incluso más de lo que miraba la tierra y escribía sobre ella, le recitaba poemas que él mismo escribía y cantaba canciones que él mismo componía sin conocimiento alguno, solo la pasión en su corazón que dictaba cada palabra que salía de su boca y preguntaba por ella; la miraba e intentaba hablar con ella y jamás respondía. El joven creció y se volvió un hombre con la fuerza suficiente para caminar colina arriba cada día en busca de la flor más rara y hermosa que haya existido jamás y con sangre en sus pies regresaba al templo y la ofrecía a Anhitherý.
Ella observaba, mantenía una sonrisa con cada palabra que el hombre pronunciaba y cada canción que él cantaba y se volvió lo mejor de su lecho. Mirar a la tierra cada noche y esperar por aquel hombre de largo cabello blanco y con anhelo recibir la sinceridad de su amor. Cada noche, mientras él dormía, la mujer tomaba la flor y así resplandecía desde el cielo su jardín de cientos y cientos de flores rojas como el vino y con el aroma más dulce que pudo haber imaginado.
Así el hombre, se enamoró ciegamente de la Luna, pues jamás la miró, jamás escuchó su voz y sólo su brillo y su nombre en fantásticas historias fueron suficientes para robar el corazón del hombre, y ella sabía la sinceridad ahí, nunca imaginó que un mortal podría llegar a amar de ese modo y vio en él algo especial y hermoso, y ella lo amó, el hombre había robado el corazón de la Luna.
Y ella bajó. Desobedeciendo deliberadamente las reglas que dictaban jamás tener contacto con mortales de nuevo y en especial,, no entrar al mundo, pues la madre de todo horror acechaba a la espera, a la espera de algún dios despistado e imprudente y así tomarlo y envolverlo en las tinieblas.
Pero a la Luna no le importó y bajó ella sola y en medio de la noche dejó de brillar y visitó a su amado, quien dormía en su posada y cuando despertó la vio.
Una mujer de piel pálida y suave incluso a la vista, con largos cabellos plateados como cascadas de luz que se perdían entre los hilos de un vestido blanco.
Hablaron toda la noche y compartieron las palabras que dictaban sus corazones y antes de las primeras luces del día, en la oscuridad de las últimas horas nocturnas se entregaron el uno al otro como si fueran un solo ser y su amor se consumó aquella noche.
La Luna planeaba visitar a su amado durante las noches más oscuras del mes cuando nadie notaría su ausencia, pero sus planes tomaron un rumbo diferente. Al amanecer, trató de volver a su hogar, pero se lo impidió la creadora de todas las brujas, la dama y reina de la oscuridad y 12 heraldos, caballeros de reluciente armadura tocaron sus tambores de guerra tan fuerte que la tierra tembló, sus guardianes bajaron a defender a Anhitherý en una batalla injusta, pues la bruja los terminó a todos de maneras inimaginablemente horribles y tortuosas y tan fugaz que solo los gritos de los caballeros rasgaban el aire. Anhitherý logró escapar, pero doce de sus caballeros murieron ese día.
Como niña caprichosa se puso en riesgo por un amor prohibido y esto enfureció a su hermano, quien reinaba el día, y a sus padres creadores del mundo; la castigaron por ello. Su jardín fue abrazado por el fuego del sol y amenazaron con tomar la vida de aquel hombre si lo volvía a visitar, hablar, o si quiera mirar. Y así, con el corazón partido a la mitad ella rompió la promesa que juró a aquel hombre: “Volveré pronto, amor mío” y el hombre esperó. Mes, tras mes, año tras año y ella no volvió. Una maldición cayó sobre el joven, pues al mirar al cielo lo único que vería serían nubes negras.
Pero el coraje del hombre era tan fuerte como su estúpido amor por ella. Y cuando se volvió real, emprendió un viaje a las colinas más altas, a los templos más sagrados y con los hombres más sabios. La incertidumbre y la frustración las sentía con más filo que el de una espada, ya que por años, no volvió a mirar la Luna por la maldición en sus ojos, y en un acto de desesperación, se encontró con un hechicero.
––Yo te daré lo que quieres, pero deberás perder todo lo que estés dispuesto a sacrificar por tu deseo- dijo el hechicero.
––Estoy dispuesto a entregarlo todo, para llegar a mi amada. Replicó.
––¿Y dónde se encuentra tu amada? Preguntaba el hechicero.
––En el cielo. Respondió el hombre, y así, el hechicero tomó todas sus pertenencias, sus riquezas, sus tierras, sus templos, sus títulos y sus votos y lo despojó de todo lo que alguna vez consideró suyo.
Y a cambio de su espalda crecieron alas de gruesas plumas negras y más largas que su cuerpo. Aquel hechicero de magia prohibida le había convertido en un hombre con el poder de llegar al cielo. Y así lo intentó, pero sus alas apenas las podía mover, así como un polluelo dando aleteos pobres y las sentía más pesadas que el ancla de un barco. Así pasaron seis Lunas llenas y el hombre sufría con los pies astillados y los tobillos rotos al saltar de riscos tratando de volar, y las Lunas fueron pasando y convirtiéndose en inviernos y él jamás pudo volar hasta pasados 15 inviernos y escaló la montaña más alta en el norte, apenas con la fuerza suficiente, llegó a la cima y se paró al borde del peñasco, sería su último intento para llegar a su amada. Y saltó, y voló, aleteo tan fuerte que los vientos rugían bajo sus alas y las aves a su alrededor huyeron de él. Se encaminó con la mirada fija sobre las nubes negruzcas y voló cada vez más alto, cada vez más cerca del cielo y la luz de su amada se volvía brillante con más intensidad hasta que el cielo más allá de las nubes comenzó a matarlo, atravesó la maldición. Ella sabía que si alcanzaba su luz su hermano tomaría el alma de su amado, entonces ella, con todo el dolor en su corazón, bajó de entre el velo plateado del cielo y clavó en el pecho de su amado una espada hasta que dejó de volar.
Y sobre la tierra lo recostó, con los pulmones negros y sus ojos hinchados terriblemente.
Ella lo miró y puso su luz sobre su pecho y lo trajo de vuelta antes que pudiera pasar al otro mundo. Pero estaba molesta consigo misma por no poder corresponder esa ferviente pasión con la que el hombre amaba y se vio obligada a castigarlo.
Ningún mortal deberá pactar con seres como los nuestros, de tal manera que pagarán con su vida. Así se dictaba, pero la Luna fue piadosa con el hombre.
––Jamás debiste amar de esa manera tan real, no a mí, y por ello, así como tú lo has dicho, tu corazón es mío.
Y la Luna hizo desaparecer la espada, de la herida abierta metió su mano y luego la sacó con algo entre sus dedos, sostuvo el corazón del hombre y lo aprisionó donde alguna vez fue su más bello jardín de flores color tinto.
––Será tuyo de nuevo, hasta que dejes de amarme y hasta ese día, y si vives más que una vida humana, no morirás, no envejecerás y sufrirás sin la piedad de morir. El día que tu corazón deje de latir por mí, ese día volverás a ser libre.
Su fe y su amor lo volvieron caballero, caballero de la Luna igual a aquellos caballeros qué murieron por culpa de su amor imprudente. Y mil años pasaron y el hombre amó, y la Luna nunca olvidó. Cuando el fin de los tiempos llegó, la oscuridad envolvió el mundo y brujas y caballeros morían ante la espada del caballero de la Luna, pero eran cantidades enormes de malicia y era cuestión de tiempo para que el caballero diera su vida y la Luna lo miraba, llena de tristeza y sin esperanza, pues era el fin de los tiempos para hombres y dioses, así que ella bajó sin armadura ni espada, no llevó nada más que el corazón del hombre y se lo entregó. Él jamás la dejaría de amar, ni ella a él y se tomaron de las manos, y juntos esperaron su muerte.

Donovan Andrew CASTILLO LARA



1556 Vistas