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La Feria de Don Nicanor



Domingo 07 de Noviembre de 2021 7:22 am

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HACE casi 50 años, la primera escuela primaria en la que trabajé era un enorme guamúchil con bancos de piedras de río, sin pizarrón, gises, ni libros. La “escuela” estaba en medio de un potrero árido y arenoso y desde allí sólo se veían tres cosas: una casa, los Volcanes de Colima al norte y el Cerro Grande al sur. En esa ranchería había 36 familias y cada una de ellas vivía en su propia parcela; por eso, de una casa, no se alcanzaba a ver otra; ese año fue la primera vez que el gobierno les ponía escuela. En los primeros días de trabajo visité todas las viviendas para levantar el censo: fueron 68 niños en edad escolar de 6 a 14 años, casi dos por familia.
El 3 de noviembre llegó un señor llamado Don Nicanor a inscribir a su hijo Silvestre; un muchacho de 13 años delgado y serio y con tupé; al igual que los demás niños Silvestre no sabía leer ni escribir; es más, ni siquiera conocía la escuela, ya que él no vivía allí, sino en un cerro lejano, el Cerro de Villa, en Jalisco. Cuando se bajaron del burro se quitaron los sombreros y Don Nicanor me saludó de mano haciendo una gran reverencia; mis manos de adolescente parecían estar saludando a un león.
Recuerdo que algunos años después, cuando quise enseñar a leer y escribir a Don Nicanor, tuve muchos problemas para lograr que tomara correctamente el lápiz; él le echaba ganas, pero sus gruesos y callosos dedos se resistían a tomar algo más delgado que el cabo de un hacha; no se me olvida que una vez parecía que nos estábamos peleando, pues yo, en mi afán de lograr que tomara bien el lápiz, le doblaba con fuerzas sus dedos, mientras él ayudaba retorciéndolos con ganas y tumbamos el aparato de petróleo; sin embargo, todo fue inútil.
Con el tiempo fue tesorero de la escuela y firmaba los papeles con la huella del dedo pulgar. Una vez, estando a cientos de kilómetros de su cerro, me vi en la necesidad de falsificar su “firma” en un papel de fin de año y, para que se pareciera más a la de él, ¡estampé la huella del dedo gordo del pie! Don Nicanor vivía mejor que los padres de familia del rancho, pues tenía gallinas, dos vacas, un toro y dos burros, aparte de la troja. En fin, él era feliz, aunque no supiera leer ni escribir.
A la semana siguiente de que llegó Silvestre a la escuela, decidí conocer a su familia, su casa y su cerro, pues era el único alumno que no había visitado. El día que acordamos llegó Silvestre a clases con dos burros; al salir de la clase comimos frijoles y casi a las 2 de la tarde agarramos el camino rumbo a su casa. Anduvimos como unos 2 kilómetros por un camino reseco y pedregoso, subiendo y bajando pequeños zanjones, sacándole la vuelta a las espinas de los mezcales, los pitayos y los huizaches; de vez en cuando asustábamos a algún tesmo y éste a su vez, al huir, espantaba a los cuervos desprevenidos; al rato llegamos al borde de una barranca; allí terminaba la ranchería; allá abajo brillaba el río.
¿Cómo íbamos a bajar? ¿Acaso volando? Parecía que teníamos que bajar de una nube a la tierra. Pero no, sí había camino. Silvestre me dijo que me bajara del burro y así lo hizo él también; arrió los burros por delante y se perdieron en la bajada; me dijo que era mejor que se desbarrancaran los burros solos o nosotros solos y no todos juntos. Cuando llegamos al río caminamos hacia un playón y ahí estaban los burros esperándonos bajo la fresca sombra de un sabino. Tomamos agua y descansamos un rato para que se nos enfriaran los pies.
Pasadas las 3 de la tarde cruzamos el río; nos quitamos la camisa y el pantalón y los apretujamos adentro de los sombreros; luego amarramos los guaraches al juste; enseguida atamos una soga a la cabeza del juste y los burros nos fueron jalando por el río; a veces el agua nos llegaba al pecho y los burros se resbalaban en las piedras; tuvimos suerte de que en esos días no había llovido mucho, pues cuando el río va crecido al tope, la forma que tienen de atravesarlo es casi suicida, como me di cuenta años después, cuando fui a un velorio a otro rancho.
Al salir del río nos secamos al viento como los patos negros, nos vestimos y agarramos el camino otra vez. La vereda para subir al cerro donde vive Silvestre es distinta a la que habíamos bajado antes. Pasando el río hay muchas cosas diferentes: ya no hay pedregueras, ni mezcales ni pitayos; el sendero, aunque es empinado, va zigzagueando suavemente y hay árboles sombrosos y otra clase de pájaros y animales; ahora sí nos trepamos a los burros, los cuales, a medio camino, ya iban resoplando y renegando con escandalosos gases olorosos a zacate mojado que asustaban a las calandrias y urracas.
Por fin llegamos a lo alto del cerro; había un gran y hermoso valle, salpicado de amoles, tepemesquites y piedras tan grandes como casas. A lo lejos se veía un jacal rodeado por una labor de dorada milpa en mazorca. Era la casa de Silvestre. Y los primeros en recibirnos fueron sus perros: Guante, que tenía una pata blanca, y Pirata, que era tuerto. Aunque habíamos comido allá en el rancho, de todas maneras llegamos hambreados, pues ya casi eran las 6 de la tarde.
Don Nicanor venía detrás de los perros agitando el sombrero y con un paso tan alegre que hacía más algarabía que los perros. Al llegar a la casa, Silvestre desensilló los burros, les llenó una batea de agua y los amarró a una anona. La señora de Nicanor –Domitila– casi no se veía a causa de la humareda que salía del fogón; la saludé con el sombrero y ni me volteó a ver, agachada soplándole a las brasas con un tubo de carrizo; luego vi a un niño y una niña que estaban adentro de un chiquigüite, abrazados y enroscados como pajaritos en su nido; me miraban curiosos y risueños con el tupé estorbándoles los ojos; eran Jacinta y Tomás, como de 8 y 10 años, hermanos de Silvestre.
Nicanor y Domitila tenían todo preparado: nos dieron de comer caldo de gallina; para mí fue una verdadera fiesta porque allá en el rancho –y casi no quiero ni contarlo– a veces comía pura tortilla con chile mirasol; bueno, eso cuando había algo de comer.
El jacal era grande y redondo; las paredes de bajareque de otate y coliguana, enjarradas con barro y ceniza; aunque no tenía bardas divisorias, parecía un pastel partido en tres: en una tajada la cocina, en otra donde dormían y en la tercera los tiliches; el techo de la casa era de zacate cola de zorra y a medio patio la troja con el maíz, el frijol, ajuares para bestias y los nidos de las gallinas. En ese valle el sol se pone casi pasando las 6 de la tarde y eso ni me lo imaginaba; así que se oscureció temprano; al rato Don Nicanor me llevó a la troja y acomodó unos suaderos en donde iba a dormir; aunque allá arriba hacía frío, me dijo que encima de las mazorcas ni cobija se ocupa; en fin, para pasar el rato Don Nicanor me contó varias historias y estuvimos muy contentos tomando canela con tusca y fumando cigarros; pero los tres muchachos no se nos despegaban: para cualquier lado que caminábamos allá iban; para cualquier lado que mirábamos para allá miraban y, al rato, Jacinta le dice a su papá:
—Ápa ¡Llévanos a la feria!
Al oír esto, Silvestre y Tomás gritaron lo mismo con gran entusiasmo. Don Nicanor cayó a los tres con la pura mirada y los amenazó con mandarlos a dormir, luego los acurrucó junto a sus pies, como gallina con sus pollos.
—Oiga, don maestro, ¿es cierto que hay gigantes en el mundo?
Habiendo tantas preguntas que hacer me hizo esa tan rara, para responderle le fumé al cigarro, le tomé a la canela, miré miles de estrellas nuevas y que le contesto con más preguntas:
—¿Cuáles gigantes? ¿Dónde? ¿Quién le dijo eso?
También él le tomó a la canela y siguió con su plática:
—Mire, don maestro, desde hace muchos años, cada que bajo de aquí y voy al rancho donde está su escuela, volteo hacia mi cerro y se me figura que parece una gran silla; si usted se fija bien, este plan donde estamos parece el asiento de una silla y el cerro grande que está detrás parece el respaldo; por eso digo que si un gigante se sentara en esta silla se recargaría en el respaldo del cerro y sus pies los remojaría en el río, ¿verdad? Aparte que hay otra cosa que he visto en los últimos años y se me figura y casi le aseguro que sí hay gigantes.
—Ápa ¡Vamos a la feria! ¡Llévanos!
—Oiga, Don Nicanor: ¿Qué es eso que dicen los chiquillos? Ya rato le piden que los lleve a la feria. ¿Cuál feria? ¿A dónde? ¿Ahorita? ¿Cómo?
—Mire, don maestro, por eso le estoy preguntando lo de los gigantes. Fíjese bien… Pero sabe que, para que mejor me entienda… ¡Vamos a la feria! Yo creo que si se lo platico no me va a entender… y pos ya les había dicho a los muchachos que hoy los iba a llevar a la feria; hoy que no hay luna. Cada año los llevo, tengo que cumplir y más ahora que está usted aquí.
Los chiquillos se alborotaron y corrieron a oscuras hasta el jacal y regresaron con una linterna que daba una triste luz. Atrás de los alegres muchachos venía su mamá Domitila –callada pero con paso alegre– con un bule mediado con canela y tusca.
Don Nicanor hizo una señal y agarramos un camino. Los perros iban adelante, seguía Nicanor con linterna y machete; Domitila con el bule; los chamacos con una sonrisa; y yo atrás cargado de preguntas. Al rato llegamos al filo del valle, al borde de un enorme, profundo y peligroso precipicio que vi hasta el día siguiente, Nicanor nos acomodó sentados arriba de unas piedras lajas y ordenó que nadie hablara ni hiciera ningún ruido. Yo miraba al cielo viendo las estrellas no por hermosas, sino para saber dónde era arriba o abajo.
—¡La feria! ¡La feria! ¡La feria!
Hasta Domitila gritaba. Todos gritaban alborozados: “¡La feria! ¡La feria!”. Y brincaban como tesmos arriba de alguna laja.
Verdaderamente no sabía lo que estaba pasando, y conste, la canela y el tusca no eran los culpables. Entonces Don Nicanor, también eufórico, me señala con la linterna:
—¡Mire la feria, don maestro! ¡Mírela!
Entonces dejé de mirar las estrellas y enfoqué la vista hacia donde apuntaban sus risas. Allá lejísimos, quién sabe qué tan lejos se veía una gran luz en forma de plato y parecía que de ese plato salían unos enormes popotes también de luz que se perdían en la oscuridad del cielo.
—¡Acomoden las orejas y cállense!
Al mismo tiempo que Don Nicanor daba esa orden, toda su familia subió las manos y con las palmas hicieron cono alrededor de las orejas. Yo también hice lo mismo. Y mientras veía el lejano plato iluminado, empecé a escuchar una irreconocible algarabía parecida al canto de las calandrias, urracas y al rumor de un río crecido, todo los sonidos revueltos.
Tardé un poco en darme cuenta de lo que pasaba; pero de pronto algo se iluminó dentro de mi cabeza y hasta se me enchinó el cuero. ¡Era la Feria de Colima! ¡No puede ser! Hasta ese momento supe a lo que se referían los chiquillos y tenían toda la razón: ¡Se veía y escuchaba la Feria de Colima!
Me emocioné tanto como ellos: ¿cómo era posible que en medio de esas soledades tan oscuras, en vez de toparme con un puma, me topara con mi adorada Feria de Colima? Esa feria a la que desde que tenía 2 años nunca había faltado y que, por primera vez, y por causa del trabajo en esas tierras, ese año no iba a ir a robarme las nueces. ¡Válgame Dios!
—Mire, don maestro, yo les digo a mis muchachos que allí en la feria hay unos gigantes; son los que alumbran la feria con sus enormes espadas de luz apuntando al cielo. ¿Sí o no, don maestro? Nicanor me hizo esa pregunta encandilándome con su tenue linterna, y yo, creyendo que su pregunta se refería a algún cuento de niños, ingenuamente le contesté:
—Esos enormes chorros de luz los dan unos reflectores, unos focos tan grandes como un tambo.
—¿No son espadas? ¿No son gigantes? ¿Qué es un reflector?
Vaya lío en el que me había metido. Al oír sus preguntas e imaginar la cara de sorpresa que puso cuando le había dado la respuesta, me preocupé y con ligereza cambié de tema.
—Oiga, Don Nicanor, ¿cuántas veces ha ido usted a la feria?
—Uy maestro, ¡ni me acuerdo! Desde chiquillo nos traía mi “tata” a verla, hace más de 30 años.
—A ver, a ver, ¿desde chiquillo iban a la Feria a Colima?
—¿A Colima? ¿Dónde es Colima?
—¿Entonces usted no ha ido a Colima a ver la feria?
—Bueno, no conozco ese pueblo de Colima, pero la feria nunca nos la perdemos. La feria empieza cuando nosotros empezamos a pizcar el maíz en noviembre. ¡Mire qué bonita es!
—¡Caramba, Don Nicanor, jamás me imaginé que vendría a la feria acá en estos cerros!
—Mire, don maestro, si sigue dando la clase en el rancho, le prometo que la temporada que viene lo vuelvo a invitar a la feria.
Pasé casi toda la noche con el ojo pelado en la troja; cada rato me despertaba y no era por los gorgojos ni las mariposillas del maíz; ni siquiera por el frío o el canto del viento por entre el bajareque, no. A cada rato despertaba agitado porque unos gigantes me perseguían por el cerro con sus enormes espadas de luz…


ARMANDO GARCÍA GUTIÉRREZ



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