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Un pintor en Colima



Ángeles Márquez Gileta

Martes 09 de Noviembre de 2021 9:12 pm

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Lidia la otra tarde me dijo: conocí a Sergio Pineda en la inauguración del café galería de Ernesto López, había ahí un grabado de Vicente Rojo, otro de Raúl Anguiano, incluso una pequeña pintura de Diego Rivera y varios de Sergio Pineda. Luego fue la fiesta, yo me quedé a dormir, pues era ya de madrugada en la casa de Ernesto López, él me prestó una bata de seda verde de muy buen gusto y me fui a dormir a una recámara de las muchas que tenía su vivienda. A la mañana siguiente me desperté, me preparé un café y vi que en la sala algunos todavía seguían con sus rones, cervezas, vodkas y escuchando música. Me invitaron a unírmeles y me acerqué con mi café y comencé a conversar con Sergio Pineda de sus pinturas expuestas.
    Me habló de lo que para él significaban, diciéndome que para cada una de ellas duraba como tres meses o más pensándola y trabajándola con mínimo una docena de bocetos. También me contó que recién había ganado un concurso en Japón y que lo interesante era que había obtenido 30 mil dólares y una medalla de oro. Después me acompañó a mi casa medio alcoholizado, yo me di un baño, me puse mi mejor vestido y ya muy guapa regresamos con los otros para irnos todos los amigos de paseo a la laguna de Carrizalillos. Durante todo ese día platicamos de todo; de mis estudios y trabajo en leyes, de nuestras familias y nuestros proyectos laborales próximos.
    Por la noche volví a quedarme en la casa de Ernesto a petición expresa de Sergio. La pasamos juntos, hicimos el amor, contradictoriamente sin pasión y sí, con cierta ternura. Yo ni por enterada me di cuenta que él se asumía como bisexual, me enteré sorpresivamente muchos meses después por Ernesto López. Luego de esa visita en Colima, regresó Sergio a la Ciudad de México (CDMX), donde lo visité muchas veces y de cuando en cuando volvíamos a hacer el amor. Sergio Pineda se vestía muy extravagante. En la Ciudad de México, lo vi con abrigos largos y siempre con diferentes boinas. Una vez nos encontramos para ir a una exposición a la embajada francesa, traía uno de sus abrigos largos que tanto le gustaban.
    Yo disfrutaba mucho con él cuando iba a visitarlo desde Colima, asistía a las fiestas elegantes a las que muchas veces era invitado como pintor reconocido. Yo entonces me maquillaba con mucho cuidado y me compraba vestidos elegantes para las inauguraciones de algunas de sus exposiciones. ¡Oh decepción! Muchas veces muy bien vestidos los dos nos íbamos después a bares de ínfima categoría solamente a emborracharnos. Yo al salir de casa pensaba, seguro iremos a un buen restaurante a cenar y conversar, pero Sergio Pineda, generalmente, no traía el dinero suficiente, pues pintura que vendía, siempre muy bien y en dólares, nunca menor a los seis mil, ese dinero siempre se lo gastaba en fiestas y en ropa. A veces antes de salir le decía, yo no tengo dinero para ir a comer a algún restaurante lujoso y entonces nos íbamos a alguna de las cantinas más feas y sucias del zócalo.
    En una ocasión ganó un concurso nacional de pintura, en la Bienal de Monterrey y traía otra vez mucho dinero, pues ahí vendió, aparte, otras de sus pinturas y se vino a vivir unos meses a Colima, se compró mucha ropa de algodón y lino y una colección de sombreros y lentes para el sol, estos últimos de diferentes diseñadores de moda y una colección de relojes. Rentó una casa aquí en Colima, contrató para acondicionarla muy bien, a un diseñador que vino de Guadalajara.

Puede ser una imagen de 2 personas e interior
    Extrañamente en Colima, lo visité pocas veces, pues él se concentraba en su trabajo y yo en el mío; más a menudo lo veía en la CDMX. Se la pasaba encerrado pintando y recuerdo que una vez me dijo: yo nunca sé en qué fecha vivo, me da igual que sea el año 2100 o el 4000. Cuando terminaba un cuadro aquí, lo vendía casi siempre a extranjeros desde una galería de Puerto Vallarta. Cuando tenía dinero andaba día tras día de borrachera, llegándose el día que ya no tenía dinero para pagar la renta de la casa en Colima y se regresó a la CDMX. Poco antes de irse impartió un curso sobre técnicas en la pintura mexicana en el Instituto Universitario de Bellas Artes. Alguna vez miré dos de sus pinturas en la Pinacoteca y quisiera volver, pues quizá todavía sigan ahí.
   También recuerdo que una vez en el que nos encontrábamos en un bar, en una calle de la colonia Polanco, se acercó un señor a nuestra mesa, ya era de madrugada, y nosotros estábamos totalmente borrachos y este señor nos invitó a su casa, que resultó una residencia enorme al sur de la ciudad, quizá era en San Angelín. Era un pianista de jazz, tenía en su casa una enorme sala, tres pianos muy distintos y nos quedamos ahí cuatro o cinco días seguidos, atendidos por dos sirvientas, un mayordomo de uniforme y todo. Yo solamente había visto mayordomos en las películas, así que ya puedo decir que conocí uno real. Sergio Pineda, al otro día temprano le hizo al pianista una lista de materiales para pintar, luego mientras él pintaba, el músico tocaba, yo leía algún libro o bailaba imitando a Isadora Duncan, puedo decir que se me da bien bailar, ¡claro! Se nos tenían que acabar aquellos cuatro o cinco días de estar casi en el paraíso; nos despedimos prometiéndonos que volveríamos a vernos, intercambiamos teléfonos, yo por ahí todavía lo tengo todavía, ¡pero no! Nunca más nos volvimos a ver con el pianista.
    En otra visita Sergio Pineda, me pidió que lo acompañara a una cena en la embajada de Alemania y me di cuenta que el embajador era novio o ligue de Sergio, yo de pronto me vi sola alternando no sé con qué gente importante de la embajada. Sergio Pineda se me desapareció como una hora esa noche, luego ya estaba simplemente ahí, a mi lado. A veces, como en esa ocasión, nos íbamos cada quien por su cuenta. Yo siempre tenía, aparte de encontrarnos, otros compromisos en la CDMX y después de estar seis o siete días con él y pasear por ahí, yo me regresaba a Colima.
    Gran amigo de Sergio fue Alberto Chávez, el diseñador de vestidos de novia. Le gustaba mucho venir a Colima a sus playas y visitar a sus amistades. Te cuento que sí estuve enamorada de él, ¿qué loca verdad? ¡Enamorarme de un bisexual! Puedo decir que a pesar de nuestra manera de relacionarnos, mirándonos de vez en cuando, fui muy feliz con él.
    El año pasado nos dejamos de ver sin explicación alguna y supe después de su muerte por un amigo en común. Él vivió para su pintura y, bueno, me digo a mi misma, también para sus amistades, yo entre ellas. Finalmente a nuestro modo, me sentí muy querida; fueron quizá una docena de años de encontrarnos de esta forma. A veces la vida es así de simple o de complicada o como tú quieras llamarle, ¿verdad?
 

Ángeles Márquez Gileta



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