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Desde la ventana de los recuerdos; Buenas noches, Rosa



Domingo 19 de Febrero de 2023 8:49 am

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Esta historia me la platicaron, no conocí a los personajes; pero ellos están bastante vívidos en la memoria colectiva de los habitantes de Cuauhtémoc, particularmente en los de la cabecera municipal.
Platican que allá por el famosísimo e histórico barrio de El Tierno –histórico porque es el barrio más viejo del pueblo, ya que desde tiempos de la colonia era la entrada norte del Camino Real de Colima en su rumbo hacia la capital, viniendo de Jalisco–, hace más de 50 años, vivía una señora casi setentona pero muy bien conservada, léase en lenguaje popular: era una mujer vieja pero correosa. La señora vivía sola, no sé si por ser viuda o porque nunca se había casado. El caso es que nuestro personaje, de nombre Rosa, acaso tenía como acompañantes a un perro, muchas gallinas en el extenso y arbolado corral, y un perico guayabero que era su adoración. El perico, percibiendo el gran cariño que Rosa le tenía, se convirtió en un perico chiqueado y muy feliz con las esmeradas atenciones, cariños y desvelos de Rosa. Dicha ave canora, a fuerza de repetición, ya era experta hablando cuanta frase, nombre o grosería le había enseñado Rosa.
El perico era feliz, Rosa le atendía a cuerpo de rey. Por las mañanas, cuando por los ruidos el ave percibía que ya había amanecido, empezaba a gritar con su tono característico: “Buenos días, Rosa, el perico quiere almorzar”; “Rosa, el periquito quiere salir”; “buenos días, Rosa”, repetía. Pronto, Rosa le contestaba y se acercaba al exclusivo lugar del perico donde pasaba las noches, siendo éste una vieja mesa de madera donde colocaba la gran y hermosa jaula con el animal. Por fin llegaba presurosa y lo primero que hacía era destapar la jaula que siempre cubría con un poncho de color oscuro, de esos que llamamos “panza de burro”, para que durante la noche su chiqueado perico no pasara frío. Luego le colocaba agua nueva y su almuerzo, que casi siempre era una bola de masa que le encantaba al animal: “Buen desayuno, Rosa”; “gracias, Rosa”, gritaba feliz.
Luego, Rosa salía con la jaula hasta el corral y la colocaba en un gancho especial que le servía como herramienta para levantarla con todo y perico, y colgarla de la rama más alta de un guamúchil. El animal, en lo alto del árbol, disfrutaba durante todo el día del aire libre y hacía tremendo relajo lúdico cuando a su jaula se acercaban otras aves libres, a las que les hacía sin igual argüende.
Al mediodía, 2:00 o 3:00 de la tarde, bastaban unos gritos del cotorro diciendo: “Rosa, quiero comer”, para que de inmediato ella, con el mismo gancho que usaba para elevarlo, bajaba la jaula y le colocaba su comida, la que a veces resultaba un manjar, pues le colocaba un pedazo de periquera rica en comejenes. E inmediatamente, de nuevo ascendía al perico hasta su rama en el guamúchil.
Por la tarde, cuando empezaba a pardear porque ya se ocultaba el sol y faltaba poco para que oscureciera, el perico nuevamente daba órdenes a Rosa, ahora le decía: “Rosa, bájame”; “Rosa, quiero dormir”. Y allá va Rosa, bajaba con el gancho la jaula y la trasladaba hasta la mesa vieja, enseguida la cubría perfectamente con el poncho “panza de burro” y luego el perico, al ser tapado y ver oscuro, indefectiblemente se despedía de ese día diciendo: “Buenas noches, Rosa”.
Y así pasaba la vida de Rosa y el perico. Al otro día y todos los días se repetía la hermosa rutina para encanto de ambos. Pero ocurrió que un día de septiembre, estando Rosa como a las 2:00 de la tarde a varias cuadras de su casa haciendo fila para comprar tortillas, de improviso se nubló el cielo con gruesísimas nubes negras que se revoloteaban amenazantes, inminente seña de que se desataría una terrible borrasca, máxime cuando por todos lados empezó a soplar el aire y a caer gruesas gotas de agua y granizo. Entonces, Rosa grita, “ay, mi periquito”, y abandona la fila al tiempo que enfila apresurados pasos hacia su casa. Mal había caminado una cuadra cuando se desató la terrible tormenta con rachas de viento tremendas, lo que hacía casi correr a Rosa, a pesar de sus dificultades físicas. Al trasponer la puerta de su casa, todavía alcanzó a escuchar los desesperados gritos del perico colgado en la rama del guamúchil, misma que crujía peligrosamente: “Rosa, Rosa, bájame; Rosa, córrele; Rosa, Rosa, Rosa, córrele, Rosa”. En ese momento se desprendió la rama y se vino al suelo con todo y jaula y perico, dando un terrible y estruendoso azotón. Rosa llegó hasta donde yacía el perico, mismo que la alcanzó a ver, al tiempo que se le oscureció la vista del golpe, creyendo que ya era de noche y debía dormirse, y pudo decir con tono lastimero: “Buenas noches, Rosa”, para luego quedar desmayado.
Desde entonces, en Cuauhtémoc y toda la región se hizo común ese dicho para las ocasiones en que se provoca una crisis o problemática personal, de ésas en las que ya no hay “vuelta de hoja”, como cuando alguien muere, a un jinete lo tumba y golpea un toro o alguien pierde una elección: “Buenas noches, Rosa”.
*Con la autorización del autor, se reproducen las historias de este libro publicado por Puertabierta Editores.

Arnoldo Vizcaíno Rodríguez



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