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Desde la ventana de los recuerdos: Los compadres



Domingo 21 de Mayo de 2023 8:21 am

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LES hablo de finales de los 50 del siglo pasado. Ya han transcurrido más de 60 años. Mi papá y su estimado compadre de grado, don Faustino Ugarte, viajaron esa noche rumbo a Guadalajara en el tren pasajero que todos llamaban “El Nocturno”; ferrocarril que diario viajaba de Manzanillo a Guadalajara y que por Buenavista pasaba alrededor de las 12 de la noche, haciendo siempre una pequeña parada en su estación llamada “Salvador”. 
Ese tren era un buen sistema de transporte, llegaba a Guadalajara como a las 8 de la mañana, lo que permitía a los visitantes, como mi padre y don Faustino, desahogar todos sus pendientes que los llevaban a la capital tapatía y que regularmente eran uno o dos, para, concluido ello, matar el tiempo visitando algunos lugares populares, como el mercado de San Juan de Dios, y hacer algunas compras en lo que llegaban las 7 de la noche para abordar el tren que los traería de regreso.
La otra forma de llegar a Guadalajara era en autobús, pero aún no estaba la carretera llamada “vía corta”, hoy libre, la que pasa por Platanar y Atenquique. La única carretera existente era la “vía larga”, en la que de Colima seguía Pihuamo, Tecalitlán, Zapotiltic, etcétera, y los autobuses, además de que duraban más que el tren en su recorrido, también cobraban más del doble que “El Nocturno”.
Los compadres iban a Guadalajara a hacer un trámite agrario. Mi padre era el Presidente del Comisariado ejidal y don Faustino el Secretario, ambos campesinos de cepa, condición que no escondían, al contrario, lucían por todas partes sus sombreros tipo Sahuayo a media cabeza y su pistola .38 súper, discretamente oculta bajo la camisa cuando andaban fuera de su querido Buenavista.
Ya en la perla tapatía almorzaron temprano en los puestos de alimentos de la propia estación del ferrocarril y, pasaditas las 12 del mediodía, ya se habían desocupado del asunto que los llevaba. Entonces encaminaron sus pasos al Mercado de San Juan de Dios, y por una media hora anduvieron juntos de puesto en puesto; no obstante, era muy entretenido porque de repente uno se quedaba en un puesto donde al otro nada le in- teresaba. 
Ante ello, mi papá le propuso a su compadre que cada cual le diera para donde se le antojara y que a las 2:30 se vieran en el sitio que en ese momento estaban, para irse juntos a comer en los mismos puestos del mercado y luego encaminarse con tiempo a la estación ferroviaria. 
Cuando se reencontraron, ambos traían mil chucherías: adornos, dulces, los infaltables birotes como de a metro, huaraches y zapatos pa’ los hijos y la vieja. Mi padre, adicionalmente, le había comprado un bonito vestido brilloso a mi mamá. Los esposos de aquellos tiempos sabían las tallas de sus mujeres, porque como ellas poco salían, era frecuente que sus maridos les compraran incluso la ropa interior. Al menos así era con las mujeres de los ranchos. El caso es que a don Faustino le gustó el vestido que compró mi padre.
—Oye, compadre, yo también quiero llevarle un vestido como ese a mi mujer ¿dónde compraste el de mi comadre?
—Ahí en aquel puesto, me costó 12 pesos, compadre.
Hacia el puesto encaminó sus pasos don Faustino, ordenando al dueño de inmediato que le vendiera un vestido idéntico, en la talla de su mujer. El puestero rápidamente lo puso en sus manos.
—¿Cuánto es? —pregunta don Faustino.
—15 pesos, señor.
Don Faustino montó en cólera, se desfajó la camisa para que se le viera la pistola y le dijo:
—Óigame bien, sinvergüenza, el sombrero lo traigo para el sol, no por pendejo. Hace un ratito le vendió a aquel amigo uno igual en 12 pesos, aquí tiene 10 y dígame si tiene alguna inconformidad —dijo todo esto al tiempo que acariciaba las cachas de su .38 súper.
Desde luego que el puestero se dio por bien pagado, ¡faltaba más!

Arnoldo Vizcaíno Rodríguez



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