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Desde la ventana de los recuerdos



Foto Cortesía

Me la hicieron tablas

Domingo 04 de Junio de 2023 7:10 am

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EN Buenavista, eran muy frecuentes los duelos entre dos o más campiranos, por lo cual los homicidios eran el pan de cada día. Eso obligaba a todos los vecinos (según la costumbre hecha ley) que a partir de los 16 años anduvieran empistolados.

Ocurrió entonces que una tarde se oyeron en un mismo sitio balazos cruzados (de diverso calibre), lo que era señal inequívoca de que había problemas. Pero coincidentemente se dio el caso (muy fortuito) de que deambulaba por la comunidad una camioneta de la Judicial, que de inmediato se desplazó hasta el lugar de las detonaciones. Quien perdió el duelo ya estaba muerto y quiso la mala fortuna que cuando llegó la Judicial, justamente por ahí iba pasando mi tío Manuel Rodríguez, que nada tuvo que ver en el hecho, pero que también portaba una súper colt calibre 38 de buenos bigotes. Los judas, ni tardos ni perezosos lo desarmaron y sometieron, señalándolo como el autor del hecho y subiéndolo de cantarito a la camioneta, haciendo gala de la cortesía que suelen usar esos humanitarios personajes. De nada valió que mi tío gritara su inocencia, obteniendo como única respuesta: “así dicen todos”. Y con él fueron a parar hasta los separos de la penal que se encontraba en el edificio de lo que luego fue el DIF Estatal, ubicado junto a la glorieta que adoptó ese nombre.


Empezaron las calentadas, el tehuacán y el chile por la nariz, la bolsa de plástico, los golpes usando un protector para que no dejaran marcas, los toques eléctricos en diversas partes del cuerpo, incluyendo las partes nobles, y un largo etcétera, que muchos, y sobre todo los policías, conocen.

Mi tío estaba resuelto a defender su inocencia, y por más chingas que le arrimaban, no se inculpaba.

 —No frieguen, si yo me lo hubiera echado les diría, pero no fue así, al poco tiempo de oír los balazos pasé por ahí y nada vi, ni supe quién fue el malhechor —les decía.

—No te hagas, Rodríguez, pronto vas a confesar, por hoy te vamos a dejar descansar, pero mañana en la noche volvemos para darte otro paseíto y ver si ya te acordaste de que fuiste tú. Y, efectivamente, al otro día y los días que siguieron, en cuanto oscurecía, lo vendaban de los ojos y se lo llevaban sepa a dónde, poniéndole otra chinga. Pasados cuatro días, mi tío reflexionó y concluyó: “estos cabrones, si no les digo que yo lo maté, terminarán por matarme a mí, consecuentemente les diré que sí, que soy el homicida, pues me prefiero encarcelado que muerto”. Dicho y hecho, al otro día, puntuales llegaron los judas para nuevamente llevarlo a “pasear”.

— ¿Listo, Rodríguez, para el paseíto de hoy?, porque nos imaginamos que todavía no te acuerdas de que tú fuiste el matón —le gritaron.

—Pues se imaginan mal, porque yo me lo eché —respondió.

—Órale, Rodríguez, qué bueno que ya te llegó la memoria. Platícanos, ¿cómo estuvieron los hechos?

—Pues el compa ya me había hartado y decidimos darnos unos coscorrones —afirmó.

—A ver, Rodríguez, ¿cuántos disparos le hiciste? —preguntó el judas.

—Como siete —dijo mi tío.

—No te hagas pendejo, Rodríguez, si el cuerpo presentaba nueve impactos.

—Entonces quiere decir que le fallé el de la recámara (el cartucho décimo).

Usando esa confesión, mi tío quedó formalmente preso por la comisión de homicidio calificado. Empero, pasados algunos meses salió a la luz la verdad y fueron los judiciales y demás funcionarios con mi tío para excarcelarlo, ofreciéndole cumplidas disculpas por el error cometido, a lo que mi tío respondió, con su aire siempre jocoso: “Cabrones, un día del año que hasta yo me la estaba creyendo que era bien maldito y matonazo, y ya me la hicieron tablas”.


Arnoldo Vizcaíno Rodríguez



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