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SABBATH



ARMANDO MARTÍNEZ DE LA ROSA

Cascabeles y otros bichos


Sábado 29 de Diciembre de 2018 7:31 am


1.- CON un monedero electrónico, compré unas botas cortas. Son cómodas, parecen resistentes y, sobre todo, tienen una suela de taquetes parecidos a los de neumáticos de brecha; digamos que tienen agarre al suelo, una suerte de 4x4. Esto es relevante cuando se usarán en ascensos en cerros, donde los senderos son empinados, cubiertos de hojarasca resbaladiza y guijarros que hacen perder el equilibrio al caminante. Tienen, en cambio, una carencia importante: la caña del calzado apenas cubre un poco arriba del tobillo.

Cuando las compré, decidí suplir esa carencia con un par de chaparreras de cuero que mandaría a hacer a un talabartero. Por supuesto, es hora de que ni siquiera he buscado a tal artesano.

Sucede que en el monte habitan víboras de cascabel, zolcuates y coralillos, todas letales, si bien las probabilidades de un encuentro desagradable con ellas son bajas. Más que en la montaña, en la ciudad he estado más expuesto a la mordedura de un crótalo. Eso ocurrió el día que trabajé en un reportaje en el herpetario del entonces Parque Regional Metropolitano. Entré a la jaula de los ofidios a fotografiarlos cerca y pisé a menos de un metro de donde, sin verla yo, estaba oculta otra cascabel que pudo morderme si se lo hubiera propuesto.

Supongo, aunque no puedo afirmarlo, que he estado cerca de tales serpientes en el monte sin darme cuenta del peligro, con suerte de que el reptil estuviese en calma, tal vez dormido y sin sentirse en riesgo el bicho. Sí sé que al menos en una ocasión caminé por un sendero que bordeaba una guamarera y ahí estaba una víbora de cascabel de un metro con 70 centímetros de longitud. Pasamos al menos ocho cazadores que íbamos a colocarnos a nuestros respectivos puestos de acecho en una arreada de venado. Sé que estaba ahí el animal porque después lo descubriría uno de mis compañeros, que ahí mismo decidió su destino sin darme oportunidad a abogar por el ofidio, que estaba en santa paz.

2.- Una de las mejores protecciones contra la mordedura de víbora de la rodilla hacia abajo, son las botas altas, llamadas viboreras. Casi siempre, el bicho lanza la dentellada al tobillo o la pantorrilla, a no ser que por alguna razón tenga más cerca el muslo, los brazos o la cara.

Un compañero de caza estuvo expuesto a la mordedura de una víbora de cascabel en el rostro. Buscaba él una huilota abatida que había caído en unos matorrales. Al entrar, apenas de reojo vio al crótalo en una rama a la altura de su cara, a pocos centímetros de distancia. 

El ofidio fue víctima de un machetazo y poco más tarde lo asamos para probarlo. Carne de buen comer, la de los crótalos.

3.- Menos frecuente, el zolcuate es otra serpiente venenosa. Su nombre científico o taxón es Agkristodon biliniatus, pariente de las cascabeles y tanto o más tóxica que ellas. Le viene el nombre de zol –codorniz– y cóatl –serpiente– en idioma náhuatl. Serpiente codorniz, significa zolcuate, porque el reptil imita el silbo de esa ave, quizás para atraer codornices y atraparlas. Los trucos de la naturaleza para la supervivencia son inagotables. Y más vale, porque quien los consume, se muere, desaparece, se extingue.

El zolcuate es un animal de extraña belleza. Cuerpo corto, robusto, café con dos bandas en el rostro (de ahí el taxón biliniatus: doble línea), pringas cremas, azules, blancas y rojas en el cuerpo, y dos fosetas receptoras de calor bajo la nariz. Una mirada, claro, de serpiente venenosa: aguda, profunda, enigmática, interrogativa y a la vez admonitoria, permanente advertencia.

A diferencia de sus muchas primas las de cascabel, este crotálido carece de crótalo, esto es, cascabel. La mejor señal de su presencia, al oído, es el silbo. He encontrado algunas en abierto desafío al destino en brechas limpias, tomando el sol después de la lluvia. 

4.- Es difícil que un coralillo muerda, habida cuenta del tamaño de su párvulo hocico. Pero si lo hace, cuidado, porque es altamente tóxico. 

Pocas veces he encontrado coralillos en el monte. Suelen ocultarse a la vista bajo la hojarasca e incluso cubrirse en tierra suelta, a la espera del paso de una incauta presa que los alimente por ese y los días siguientes, mientras la digiere. Las serpientes, como otros reptiles, comen de vez en vez. El proceso digestivo es lento, de modo que tardan días, semanas y hasta meses (sólo ciertas especies) en que la necesidad de alimentarse los impela a cazar otra vez.

Me senté alguna vez en la ladera de un cerro a descansar y observar el paisaje. Limpio el lugar, había tierra suelta. De ahí salieron varios coralillos acaso molestos por mi presencia. Me levanté y los dejé en paz. No me detuve a investigar si eran falsos o reales coralillos; más vale no averiguarlo.

5.- Debo decir que no les temo a las víboras y trato de evitar un encuentro con ellas en lo posible. Eso sí, las respeto. Temo más a un piquete de alacrán, porque da menos tiempo de llegar a atención médica que una serpiente tóxica. Si bien el tratamiento contra el veneno del arácnido es más eficiente, sin atención pronta en 2 ó 3 horas el asunto puede complicarse mucho. La mordedura de víbora, aunque más letal, da un lapso mayor para comenzar la atención médica, que de cualquier modo debe ser urgente.

Los cazadores corremos esos y otros riesgos, casi siempre menores a los urbanos.