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Sentido común



PATRICIA SÁNCHEZ ESPINOSA

Carta de buenos deseos


Lunes 06 de Mayo de 2019 7:47 am


EL pasado martes 30, media hora antes de que se venciera el término, el presidente Andrés Manuel López Obrador envió el Plan Nacional de Desarrollo (PND) a la Cámara de Diputados, misma que da cuenta de haberla recibido en la Gaceta Parlamentaria de la Cámara de Diputados, cumpliendo así con lo estipulado en el artículo 21 de la Ley de Planeación. El documento se remitió a las 46 comisiones ordinarias de la Cámara de Diputados, la cual en un plazo de 10 días deberá dar sus conclusiones. Posteriormente, la Legislatura tendrá un plazo de 60 días para enviar al Ejecutivo sus consideraciones o sus conclusiones, durante el cual se abrirá un espacio para realizar consultas públicas para conocer el sentir de diferentes sectores. De no darse una respuesta, pasado este plazo, el PND se tendrá como aprobado.

Una vez presentado el documento, las críticas no se hicieron esperar. Los comentarios negativos se centraron principalmente en la informalidad del mismo, un legajo de 63 páginas, en el que no aparece una sola gráfica, cuenta con objetivos muy generales, carece de indicadores, diagnósticos, o una metodología que lo sustente o haga pensar que existe una estrategia estudiada para poder llevarlo a cabo, y no se trata tan sólo de una cartilla moral, con una lista de buenos deseos.

El dossier del Presidente, además, se encuentra cargado de un mensaje político agresivo, que no abona a la reconciliación, sino que, por el contrario, la acentúa. Parece ser una recopilación de los mensajes dichos en campaña, o en sus ruedas de prensa matutinas, careciendo del rigor y la seriedad que debería de tener un documento de ese nivel.

No obstante, no es que López Obrador sea obtuso, sino que existen dos planes nacionales, uno que comprende el mensaje político, la justificación, o explicación de motivos –usted califíquelo– y otro al que se pueden encontrar referencias como Anexo 2, pero que no está marcado así en el primer índice –porque el otro plan cuenta con su propio índice. Este documento de 226 páginas, es en realidad el que contiene el Plan Nacional de Desarrollo, que cumple con los requerimientos constitucionales, añade diagnósticos, ejes transversales, objetivos específicos, indicadores y cuenta con la formalidad que su importancia requiere.

Alejandro Hope escribe en su columna de El Universal, titulada “La planeación del doctor Jekyll y el señor Hyde”, una explicación sobre esta curiosidad. El columnista relata que el segundo documento, el que es anexo, pero que de igual forma se titula Plan Nacional de Desarrollo, fue elaborado por la Secretaría de Hacienda y posteriormente presentada al Ejecutivo para su aprobación, sólo para enterarse que el Presidente ya tenía su propio dossier. Por lo que entonces procedieron a juntar ambos documentos, privilegiando aquel cuyo autor tenía superioridad jerárquica sobre ellos, quedando así un Frankenstein inconsistente, que se contradice a sí mismo, que no coincide en los ejes temáticos del índice y que ni siquiera cuenta con el mismo formato o tipografía.

Otra diferencia que marca Hope, es en las metas, ya que el Plan del Ejecutivo señala, en el epílogo, que para 2024 “los índices delictivos –de homicidios dolosos, secuestros, robo de vehículos, robo a casa habitación, asalto en las calles y en el transporte público y otros– se habrán reducido en 50 por ciento en comparación con los de 2018”, mientras que en el plan de la Secretaría de Hacienda, que es en realidad el anexo, se plantea reducir el número de delitos por cada 100 mil habitantes en 15.6 por ciento para la misma fecha.

Por otro lado, se encuentran las inconsistencias que tiene la estrategia del propio Presidente, con las acciones que ha venido realizando desde su toma de posesión, como la prohibición de las adjudicaciones directas para acabar con la corrupción, mientras que en sus primeros 150 días, ha adjudicado de manera directa el 77.8 por ciento de las obras.

La expectativa de crecimiento económico del 6 por ciento para 2024, con un promedio de 4 por ciento, es otro factor que no es consistente con la realidad que han señalado todos los expertos en economía, incluido el Banco de México, que acaba de revelar que en el primer trimestre del año, el PIB creció tan sólo 0.2 por ciento, lo que puede ser explicable por la transición política que vivió el país con el cambio de sexenio. Pero más allá de un deseo, no existen en el plan presentado por Andrés Manuel razones que indiquen o motiven a creer que hay una estrategia para lograr este crecimiento. Por el contrario, no hay obras importantes de inversión pública o privada, más allá de las que ya ha propuesto, como el Tren Maya, o las refinerías, lo cual es insuficiente para lograr esos números. Se canceló el Nuevo Aeropuerto Internacional de México, que pudo haber sido un foco de inversión, desincentivando también sectores como el turismo y la inversión extranjera.

En resumen, es preocupante que en el actual gobierno no se tenga una estrategia clara, definida y realista sobre lo que México necesita para transformarse en ese paraíso que López Obrador ha vendido desde hace 18 años. Uno pensaría que en todo ese tiempo pudo haber hecho una estrategia creativa e inteligente, basada en indicadores y estudios serios. No obstante, con lo que nos encontramos es con un manifiesto político que repite las ideas principales de sus discursos de campaña, sin profundizar, ni ofrecer soluciones viables. Lo que es peor, muestra también una descoordinación y una falta de comunicación con los integrantes de su propio Gabinete, lo que muestra que el Presidente no toma en cuenta a su equipo para gobernar, sino que impone su voluntad. Tristemente, no es con voluntad con lo que va a lograr el México que retrata en el epílogo de su manifiesto titulado Plan Nacional de Desarrollo.