La cenaduría de Mondra
PETRONILO VÁZQUEZ VUELVAS
Viernes 24 de Julio de 2020 12:43 pm
HACE muchos años, principiaban los años 80, cuando Elías Mondragón regresó contento de Cuyutlán porque solamente le faltaron 60 kilos para completar 100 toneladas de sal, ya tiempo traía ganas de poner una fondita de carnes asadas, siguiendo el camino del primer chef y parrillero de la Villa, un jurisconsulto reconocidísimo que por las noches vendía carnes asadas acompañadas de riquísimos frijoles charros, en una casona cerca del puente de la calle Independencia. Él era su hermano, Isaías Mondragón, un buen amparista y fina persona, era uno más de los hijos con nombre de arcángel que procreó un hombre respetabilísimo, miembro devoto de la orden tercera, don Antonio Mondragón, muy católico y avituallador de cristeros. De Isaías aprendió Elías el punto fino para asar las carnes, con un puntero de 10 mil pesos puso su cenaduría en la casa de su abuela Felipa, donde viven los Andrade, creció el negocio y entonces le rentó a Arturo Zamora el local que hoy ocupa el banco BBVA; qué chulada de negocio, amplio y con el servicio nocturno que tanto nos gustaba, cuántas bohemias después de la media noche y mi compa sin rajar junto con Josefina, su esposa. De ahí se pasó a la calle Morelos, al otro lado de la escuela del mismo nombre, esa fue la época de oro del afamado restaurante, encuentros amorosos, discusiones filosóficas, alegatas taurinas, desencuentros matrimoniales, esposas que sacaban a sus consortes de las greñas, todo en el marco de las deliciosas órdenes de carnes que mi compadre Mondra continuaba operando atrás del fogón sin inmutarse. Ahí llegaba todos los viernes a las 10 de la noche mi amigazo Leandro Chávez, de El Chivato, muy arreglado y de manga larga: “¿Te servimos algo, Leandro?”; “¡No, espero al profesor!”. Su servidor, de 28 años, llegaba cerca de las 11 después de impartir su última cátedra en el bachillerato nocturno número 3, por la mañana daba clases en las Facultades, por la tarde en la secundaria 80, así que llegaba directo por una helada, al entrar oía decir a Leandro con su voz fuerte y palmeando las manos: “¡Ahora sí Mondragón, servicio!”. Se formaba el bolón a media noche, y en cuanto podía, Mondra se sentaba con nosotros mientras degustábamos las carnes asadas y esos ricos frijoles únicos de tan afamado lugar, muchas historias que algún día platicaré. Después de ese lugar, Mondra se pasó a un local al otro lado de la casa de Jesús Dueñas, frente a la Presidencia, propiedad de Teresa Cruz (que en paz descanse); tiempo después, al otro lado de la carnicería de El Chaparro, en un espacio de Raúl Topete; finalmente, de ahí, por la avenida Manuel Álvarez, casi al llegar a los semáforos de la Juan Torres Virgen. Mondra ha trabajado muy duro, y sin conocer de términos modernos entró fuerte a la competitividad, incluso con la cadena de restaurantes Los Carrizos que se le puso enfrente: “Dios da para todos, me dijo”, los carrizos se fueron y Mondra siguió atendiendo atrás del fogón con su parsimonia proverbial y su radiecito de pilas de marca inidentificable, escuchando a Las Jilguerillas y a Chayito Valdez, hasta la madrugada. Nunca le ha hecho mal a nadie, su vocación es trabajar sin descanso, hace unos días cumplió 38 años ininterrumpidos al frente de su negocito, con el que formó a toda su familia, que es bastantita. Mondra es Elías, hermano de Isaías, el jurisconsulto; de Juan, el pegador de escuadras en la Petatera; de Gabriel, el inveterado campanero del templo de la Villa; de Viano (que en paz descanse); y de Ezequiel. Les digo que puro arcángel y evangelistas; y de mujeres Emilia, Jesús, Rosario y Concha. Mondra es un referente en la gastronomía villalvarense, pero además un ejemplo de ciudadano trabajador, discreto, tradicional y muy querido por quienes habitamos el casco viejo de la Villa. Cuando pueda visítelo, con su fogón callejero, no hay pierde.
