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CARLOS MALDONADO VILLAVERDE

Del discurso político


Viernes 13 de Mayo de 2022 8:26 am


BERTRAND Russell afirmó que para cada lenguaje es posible establecer (o imaginar) un metalenguaje que se refiera al lenguaje anterior y lo describa. También el mismo lenguaje puede ser su propio metalenguaje, como si habláramos del español utilizando la mismísima lengua de Cervantes para describirlo. Del mismo modo –y casi en la misma época–, Kurt Gödel estableció que para cada construcción –lingüística o matemática– se puede establecer una paradoja a partir de sus proposiciones. Esto último, trasladado a la política es una bomba de tiempo, que siempre estalla.

Analicémoslo con calma, un político construye una serie de enunciados para llegar a la felicidad de la patria; los enunciados convencen al electorado y gana las elecciones. No importa qué haya postulado, sus opositores pueden (y políticamente deben) convertir el discurso del político exitoso en una paradoja insalvable. Siempre ha sido más fácil el lado de la oposición si ésta no es seria, solamente se trata de refutar los argumentos del gobernante o de su partido y hacer una crítica a partir de asumir que la debilidad de las proposiciones y conclusiones de la plataforma del partido gobernante, son necesaria e irrefutablemente fuente de cualquier catástrofe que se vislumbre en la vida nacional.

Cualquier político, a no dudarlo, tratará de sostener las propuestas hechas y tildará a los opositores de fariseos, traidores a la patria, ignorantes o cualquier otra cosa que se le ocurra. Mientras lo hace, él y sus detractores mantienen en el centro de la discusión los temas que él mismo puso sobre la mesa, en tanto que las propuestas contrarias –si las hay– se diluyen en la oscuridad del olvido. El político en el poder, siendo refutado en sus ideas, aunque pierda, gana.

Aquí es donde Bertrand Russell viene en auxilio del opositor al postular que hay un metalenguaje desde el cual podemos analizar, desdoblar los postulados y las conclusiones y llegar a demostrar que, con o sin paradoja, existe una falla que debilita el argumento o tal vez que no la hay y lo mejor que podría hacer es apoyar las iniciativas exitosas del partido en el gobierno.

La capa superior es siempre como ver el campo de batalla desde un globo aerostático (desde un dron, dirían los millenials) y por eso podemos contemplar aquello que los demás políticos enfrascados en la lucha no ven. Desde las alturas, Nixon observó una mayoría silenciosa que no participaba en la política, pero que no estaba de acuerdo con lo que pasaba y la invocó y ganó. Colosio observó que el PRI se había quedado en el lado equivocado de la historia y que había un ánimo revanchista contra el partido, lo asumió en su famoso discurso que lo llevó a Lomas Taurinas y a la muerte. Fox entendió el tema y decidió “Sacar a patadas al PRI de los Pinos”, ganando las elecciones, a pesar de las muchas burradas que cometió en campaña. López Obrador entendió que la gente no quería irse ni con melón, ni con sandía, pero a falta de un enemigo claro, creó un enemigo que el imaginario colectivo entendiera: “La Mafia del Poder”.

A 2 años de las elecciones, ni los aspirantes morenistas han logrado un discurso diferenciador que no gire en torno a las desgastadas consignas de su líder y, peor aún, zozobran en las responsabilidades implícitas en el descarrilamiento y las muertes de la “Línea de Oro”, línea que tal vez trazó el final de la Cuarta Transformación.

Pero no habrá derrota si el contrincante navega con las bodegas vacías de argumentos, sin propuestas, sin sueños y solamente sosteniéndose en las contradicciones y los ripios del partido en el poder. Fue la historia del PAN por algo así como 60 años. Ni siquiera la zarandeada que les dio Maquío fue suficiente para que despertaran. Tuvieron que llegar los Bárbaros del Norte, tuvo que pasar Diego Fernández y acceder a 3 ó 4 gubernaturas para que, al fin, Fox pudiera hacer un intento –bastante malo– de convertir las ideas de Gómez Morín en gobierno.

Le puede volver a pasar a la coalición, frágil como es y aún a pesar de estar frente a un contrincante falto de brújula y con un líder que indudablemente va de salida.