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El beso que creó a un estado



NOÉ GUERRA PIMENTEL


Domingo 26 de Noviembre de 2023 2:41 pm


Luisa Fernández Villa de García Rojas, nacida en 1805 en la Villa de Aguascalientes, se casó con Pedro García Rojas en 1822. Luisa, como la mayoría de hidrocálidos, creció deseando la separación de Zacatecas, a cuya jurisdicción pertenecían y con quienes tenían una relación de sometimiento. Aguascalientes fue fundada en 1575, según cédula real del 22 de octubre. Su crecimiento fue tan rápido que el 18 de agosto de 1611, la Real Audiencia de Nueva Galicia la reconoció en su jurisdicción como la Villa de Nuestra Señora de la Asunción de las Aguas Calientes.

En 1791, el gobierno virreinal la agregó a la de Zacatecas a disgusto de los hidrocálidos, que nunca aceptaron el cambio y se opusieron. Pasaron los años y la Villa seguía siendo suburbio de Zacatecas. El 1 de mayo de 1835, luego de que Antonio López de Santa Anna declarara la república centralista, varias provincias se opusieron; entre ellas Zacatecas, con el federalista Francisco García Salinas, gobernante contra quien el Dictador tomó las armas para personalmente someterlo, en cuyo trayecto haría alto en Aguascalientes.

El anuncio del paso del Presidente generó expectativas y alboroto entre los hidrocálidos; el pueblo se puso en movimiento, adornando toda la Villa para recibir a su Alteza Serenísima, quien, según, pernoctaría ahí esa noche. Los principales se disputaron el honor de albergarlo. La residencia elegida fue la más fastuosa del lugar: la de los García Rojas y Fernández Villa, quienes así veían la oportunidad para sus propósitos. Al efecto, la actual calle Morelos (donde se ubicaba la finca) fue primorosamente adornada. Con escasos 30 años de edad, María Luisa, además de bella, era una virtuosa dama que a la menor provocación desplegaba su natural coquetería.

Esa noche el poderoso invitado entre halagos ocupó la cabecera del elegante comedor mientras saboreaba su chocolate sopeado con trozos de ladrillos (panecillos típicos) y presumía sus triunfos, teniendo a su izquierda al señor de la casa, sobrino de Francisco, el insubordinado gobernante de Zacatecas, que escuchaba atento, mientras que, sentada a la derecha, la bella esposa no perdía detalle de las exageraciones del invitado al que, discreta, clavaba sus ojos de intenso verde.

Entre platillos y copas, la conversación llegó al tema separatista. Así, escuchaba Santa Anna cómo la Villa tenía tantas carencias en testimonio del maltrato bajo la tutela de Zacatecas, cuyo cacique cometía todo tipo de abusos. En eso estaba cuando un sirviente se acercó a García Rojas conminándole a salir para atender un asunto de urgencia, a lo que este pidió permiso al invitado dejándolo ya a solas y bien recomendado con su esposa. Ella, pasado el imprevisto, retomó: “Aguascalientes puede ser independiente, basta que usted lo quiera, Presidente. En este pueblo todos queremos lo mismo y llegaríamos hasta el sacrificio para lograrlo”.

Estas últimas palabras las dejó caer con tal intensidad, que él árbitro de la República, conmovido, deslizó su mano sobre el mantel para, oprimiendo la fina siniestra de María Luisa, preguntarle: “¿Hasta el sacrificio?”. La señora intentó levantarse, reprobando el atrevimiento. Pero él, sin soltarle la mano, mirándola fijamente, acercándose más, le repitió: “¿Hasta el sacrificio?”. A lo que ella, tímida, contestó: “Hasta el sacrificio, mi General”.

En respuesta, él la abrazó con un prolongado beso interrumpido con las pisadas de Pedro, a lo que ella, reaccionando, salió a su encuentro para, radiante de alegría, soltarle: “¡Perico, por fin seremos independientes! ¿Verdad general?”. “Verdad es”, afirmó el Presidente inclinando la cabeza y besando la mano de la señora de García Rojas.

El Dictador cumplió; a otro día, el 2 de mayo de 1835, depuso al jefe político, José María Sandoval, por simpatías con el enemigo, y su lugar lo ocupó Pedro García Rojas. Días después, derrotado García Salinas, Santa Anna decretó la autonomía de Aguascalientes el 30 de noviembre de 1836, nombrando como primer gobernante a Pedro García Rojas, hecho que quedó consignado en el escudo de esa entidad con la cadena rota y unos labios pintados, representando aquel beso.