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Cuando algo funciona de verdad



VÍCTOR MANUEL VILLALOBOS CHÁVEZ


Viernes 19 de Septiembre de 2025 11:55 am


Cuando algo funciona de verdad

VÍCTOR VILLALOBOS CHÁVEZ*

EN el mundo moderno, casi todo tiene fecha de caducidad: desde los teléfonos que dejan de actualizarse hasta las promesas políticas que se olvidan tan pronto concluyen los procesos electorales. Este fenómeno tiene  el nombre de “obsolescencia programada” y es cuando los productos —y, a veces, también las relaciones, instituciones o prioridades— están diseñados para fallar, para volverse obsoletos a propósito.

Un ejemplo contrario muy famoso es la bombilla Centennial Light, en Livermore, California. Esta bombilla incandescente, instalada en 1901 en una estación de bomberos, ha permanecido encendida más de 120 años, día y noche, casi sin interrupciones. Su intensidad se ha reducido con el tiempo y hoy funciona con muy poca potencia (unos cuatro vatios), pero sigue brillando.

Esta bombilla es un símbolo. Porque mientras casi todo envejece, se rompe o se descarta, ella persiste, pues fue construida para durar, no para fallar. Y eso no solo es una curiosidad técnica: es una metáfora potente para pensar qué valores queremos conservar o desechar en nuestra sociedad.

En la atención al autismo y la discapacidad también enfrentamos una especie de “obsolescencia programada social”. Muchos programas, servicios y apoyos públicos parecen tener un tiempo útil corto: surgen con entusiasmo, se anuncian con promesas, pero con los años se atenúan, se olvidan y se descuidan. Se reduce lo esencial y se mantiene solo lo que luce bien en discursos oficiales.

En la Fundación TATO lo vemos todos los días: diagnósticos que tardan demasiado en llegar, terapias que no se sostienen, apoyos que desaparecen con cambios de administración. Lo que comienza con fuerza va menguando sin que nadie lo note. Como si, en lugar de planear para durar, planearan para olvidarse.

La bombilla de Livermore nos enseña otra posibilidad: que lo hecho con solidez puede resistir. Que la constancia, el cuidado y el compromiso prolongado tienen un valor real. Que no todo debe fallar cuando el público baja la mirada  o cuando los aplausos se apagan.

No pido que se trate a la discapacidad como un monumento eterno, sino que se actúe con la visión de que las acciones valiosas deben tener continuidad, que no son de temporada. Si tú, que lees esto, tienes un cargo público, piensa: ¿cuál de mis acciones será recordada en una década?, ¿qué parte de mi apoyo puede ir más allá de un gesto efímero y convertirse en algo que acompañe y sostenga? Porque si algo podemos aprender de esa bombilla centenaria es, que no se necesita gran luz para seguir brillando, solo constancia. Lo que perdura no lo decide el viento del olvido, sino quienes lo protegen día tras día.

Y aquí viene la parte incómoda: muchos políticos creen que sus cargos son eternos, que su brillo no se apagará nunca, como si fueran lámparas de duración infinita. Pero la realidad es otra: el político que no deja huella, que no construye con sentido, es como una bombilla fundida que nadie recuerda haber encendido. Al final, sus nombres se pierden en la penumbra de lo irrelevante.

La diferencia es clara: una bombilla fabricada hace más de un siglo sigue iluminando; un político sin trascendencia apenas alumbra una campaña y luego se apaga para siempre. Y, aunque suene duro, hay cargos que duran tres o seis años, pero hay olvidos que duran toda la vida.

Porque lo único verdaderamente permanente no son las sillas ni los puestos, sino el impacto real en la vida de la gente. Todo lo demás, es humo.

*Director Ejecutivo de Fundación Mexicana de Autismo TATO