FÁBRICA DE JODIDOS
RUBÉN DARÍO VERGARA SANTANA
Miércoles 12 de Noviembre de 2025 1:23 pm
La jodidez es aquello que
limita y administra la vida en lo mínimo. Jodido es quien padece esa
limitación, por origen, o empuje. EL escritor Octavio Paz habla del mexicano herido, pero hoy esa herida toma
forma concreta en la jodidez. Nuestro país no solo produce pobres, también
produce jodidos. Y no es lo mismo. El pobre puede ser transitorio; el jodido es
condición institucionalizada. Aquí la jodidez no solo existe: se fabrica, se normaliza, se respira; se
distribuye, se vende, se hereda. Hay jodidos que nacen dentro de lo jodido sin
haber tenido una sola oportunidad distinta. Hay jodidos que se hacen jodidos
por estructura. La jodidez es mental cuando te acostumbran a esperar poco. Es educativa
cuando la escuela produce obediencia jodida. Es magisterial si se obliga a
precarizar la formación. Es económica cuando la quincena está diseñada para que
jamás baste. Es laboral cuando trabajas como no-jodido, pero te pagan para que
sigas jodido. Es política cuando el voto jodido, lleno de hambre, vale más que
el ciudadano libre. Es pecado cuando se prefiere administrar jodidos antes que
emanciparlos. La jodidez es urbana donde “se paga la renta con chayotes”; donde te
mandan a vivir lejos para cansarte antes de pensar, para que no te muevas;
donde la apariencia constructiva vale más que su funcionalidad. Donde “obra
gris” no es puesta en escena: es tu lugar privado que no lo es. Es el lugar más
privado, el más íntimo… que no lo es. Luego está la industria del consumo jodido: los alimentos que enferman
pero llenan, los celulares que duran ocho meses para que el jodido compre otro,
los microcréditos semanales diseñados para esclavizar. La jodidez tiene
mercado, objetivo y segmentación. Existe quien sabe vender jodidez para el
consumo del jodido; quien no quiere que el jodido mejore, quiere que el jodido
compre. La jodidez produce ganadores arriba y derrotados abajo. Los jodidos
benefician al no jodido que vive de que existan jodidos. Al permanecer en la jodidez, el diálogo político se agota: no busca
soluciones, busca compañía. Renunciar a la jodidez, en cambio, no es cambiar de
salario; es desprogramarte de lo impuesto. Es romper la cadena psicológica que
te hizo creer que tu límite era obligatorio y no circunstancial. Es un acto
personal y, a la vez, una tarea colectiva. La pregunta no es si hay jodidos, sino a quiénes les conviene que se
siga estando jodido. Porque despertar de la jodidez es rebelarse contra todo
condicionamiento aprendido. Es negarte ante quienes necesitan mantenerte
pequeño. Renunciar a la jodidez es decidir no ser parte del inventario de
miseria administrada. Y ese despertar no significa pelear contra todos, sino reconocer que se
puede vivir de otra manera. Salir de la jodidez comienza cuando uno mismo
empieza a ver otras posibilidades; cuando se va soltando poco a poco la
costumbre de pensar pequeño y se empiezan a tomar decisiones distintas, más
conscientes, más propias. Es un cambio interno que no se hace de golpe, sino
paso a paso, con calma, con claridad y con voluntad real de construir una vida
menos limitada y más digna. Romper la jodidez exige conciencia crítica, autonomía material para
reducir dependencias y comunidad que no joda a los jodidos, sino que organice
redes de apoyo para salir juntos. El antídoto es red, es método y es
constancia.
La jodidez existe porque sigue funcionando. Hasta que un día, quien la
padece empiece a odiarla. Ese día México se vuelve peligroso para quienes viven
de los jodidos. Ese día, poco a poco, la jodidez deja de tener sentido y deja
de tener fuerza. Y así, sin estridencias, sin pleito, sin gritos, simplemente
dejando de aceptarla, la jodidez pierde el poder que tuvo por años, y México se
abre a la posibilidad real de vivir mejor.
