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Venezuela, lección para Trump.



LOURDES CARRILLO BERNAL


Viernes 14 de Noviembre de 2025 11:08 am


NO recuerdo una época con mayor tensión verbal, irrespeto, mal gusto y pobreza en el lenguaje público. Admiraba a los oradores que, con muy buena dicción, expresaban sus ideas y propuestas ante los micrófonos. Este mal no empezó ahora: el deterioro lleva rato, pero la polarización en años y meses recientes alcanza una furia inaudita. Mucho tienen que ver las incontrolables redes sociales, donde la verdad es lo de menos. Esto viene de más allá; lo promueven la conducta y la palabrería de los poderes imperiales y sus señores de la guerra aliados, siendo Tel Aviv el más peligroso.

Entre ciudadanos reina la estridencia, el miedo que te doy y el miedo que me das. Se hace ostentación de odios, fobias, desprecios. Así está el mundo. Se agotan en publicaciones soeces, con adjetivos todavía peores, contra particulares, oponentes, contra cualquier figura pública; no hay límite.

“La normalización del odio, la deshumanización del otro y el insulto pueden resultar tan catastróficos como una guerra”, afirma Herman Bellinghausen. ¿Podremos contener la escalada? Una meta del fascismo será siempre envilecer las palabras.

Al respecto, es una buena noticia el diálogo de los medios del Sur global rumbo a otra Ruta de la Seda de la Comunicación, celebrado en Xi’an, China, el afamado lugar de los Guerreros de Terracota, con la asistencia de representantes de más de sesenta países del Sur global, acordando apoyar la producción y transmisión conjunta de programas centrados en temas comunes. Un intercambio informativo de alta calidad. Recordemos que el monopolio mediático de Occidente no procura el progreso y la libertad de pensamiento, sino inculcar un modelo “ideal” de sumisión y estancamiento. Un paso más alejándonos del dominio imperial del “modelo más moral de todos los existentes”, según el argentino Javier Milei.

Eso quedó demostrado en la cumbre ambiental COP 30, donde se comprobó que la lucha contra el cambio climático es una causa desesperada si no se cuenta con el apoyo de Washington, no sólo por ser el máximo contaminante de la historia y el segundo mayor de la actualidad, sino por su desproporcionada influencia en la manera en que produce y se organiza el resto del mundo. Otro sería el panorama si se usara todo ese poderío que despliegan para destruir países que no se doblegan a su voluntad, o para garantizar la impunidad del régimen genocida de Israel, o para reconfigurar el comercio internacional (hoy a su capricho y conveniencia) y no sólo favorecer los intereses de su oligarquía e imponer sus falsas guerras contra las drogas y el terrorismo.

El giro a la derecha, en particular de América Latina, arroja unas perspectivas muy sombrías para cualquier avance. Trump se prepara para una guerra enviando el portaaviones más grande y nuevo de la Marina de EUA. En las costas venezolanas, es el despliegue de fuerzas más grande que se ha realizado en América Latina en décadas. Más de setenta personas asesinadas en lanchas (no barcos) de narcos, sin prueba alguna. Cerca del 60 por ciento de los estadounidenses se opone a una invasión militar a Venezuela y desea que los militares de su país “estén menos entrampados en conflictos internacionales”, pero Marco Rubio y Pete Hegseth afirman que seguirán bombardeando lanchas.

Trump busca sacar del gobierno a Nicolás Maduro y poner títeres fieles a su voluntad. La historia de EUA en Latinoamérica demuestra que esos golpes instigados y apoyados por EU no llevan a estabilidad, democracia o derechos humanos. Durante veintiséis años, Washington ha debilitado a Venezuela con sanciones de presión máxima; sin embargo, la resiliencia del pueblo venezolano está dejando una gran lección y su fortalecimiento ante el mundo. Lección que debe aprender y dolerá a Donald Trump y sus oligarcas.

 

*Ex presidenta de la ACPE.