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Entre mitos y realidades



ROSA EVELIA VILLARRUEL FIGUEROA


Martes 18 de Noviembre de 2025 1:39 pm



 

UNO de los grandes problemas de las personas es que vivimos enganchadas al pasado, aun cuando es verdad que no seríamos lo que somos hoy sin la historia. Sin embargo, creo que más que usar la historia para mejorar, enmendar posibles errores (aunque no los hayamos cometido nosotras o nosotros), a veces se utiliza para justificar varias de las incapacidades con las que estamos transitando hacia el futuro, que, aun con lo incierto de este, es la utopía que nos hace avanzar.

Lo anterior es aplicable tanto en lo individual, grupal o institucional, pues uno es consecuencia de lo otro. Y esta, me parece, es una de las características que define al actual gobierno y su partido. Si la energía, los recursos humanos y financieros que se utilizan en desprestigiar, evidenciar y combatir a los supuestos enemigos anteriores se invirtiera en proyectos productivos, generación de economía, seguridad y un verdadero combate a la corrupción, otra sería nuestra realidad.

Nuestra historia es aquí y ahora, máxime con la relatividad del tiempo, que nos lleva a marchas agigantadas; todas las acciones que emprendamos ahora serán obsoletas mañana, o quedarán almacenadas en la bolsa de los mitos para las generaciones venideras, pues, según una definición de mito, este “es la reconstrucción de una realidad a imagen y semejanza de quien la quiere cambiar o dar una interpretación diferente”.

Para no caer en una constante de interpretaciones o reconstrucción de realidades, ayuda estar pendientes de lo que acontece a nuestro alrededor, y si le otorgamos un sentido crítico, mucho mejor.

Las marchas que se desarrollaron el sábado pasado estuvieron cargadas de información que nos muestra un contexto social latente, a partir de acontecimientos más recientes que pasados, por más que se afanen las autoridades en desvirtuarlas o deslegitimar su esencia a partir de acciones históricas de gobiernos anteriores.

Las movilizaciones que presenciamos en diferentes ciudades del país, todas y cada una de ellas, mantienen un solo hilo conductor: exigencia de justicia. ¿A qué? A la rampante inseguridad, al alto a las desapariciones, a los feminicidios, a los cobros de piso, a los asesinatos de luchadores y luchadoras sociales, y a una larga lista de sentires y dolencias por las que la ciudadanía estamos atravesando, que solo las movilizaciones y protestas de esas magnitudes pueden lograr que el gobierno salga de su burbuja y dirija la mirada a donde se debe: al pueblo.

Por supuesto que el esfuerzo por desvirtuar el verdadero sentido de las movilizaciones estuvo presente, al menos aquí en Colima, con la llegada al final del mitin de jóvenes encapuchados para armar destrozos y vandalizar la entrada al Palacio de Gobierno, no desde el enojo genuino por el motivo real de la marcha, sino por encargo especial de “ya sabemos quién”, como si esto no fuera ampliamente conocido y reconocido por la sociedad, que está cansada de tanta barbarie.

Los medios digitales hablan de un aproximado de 130 mil manifestantes en todo el país; real o mito, no es una cantidad menor. Y si bien los medios oficiales lo han desmentido, esto solo corresponde al temor de que el statu quo gubernamental se les desborde, situación que ya está a la vuelta de la esquina, si no reconocen en tiempo y forma su responsabilidad y presentan alternativas de paz donde todas y todos estemos incluidos, pues olvidan que la base de sustentación del gobierno es el pueblo que los eligió.

Y así, entre mitos, realidades y un mañana incierto, en honor a la vida, trataremos de alcanzar, no desde el discurso, un Colima y un mundo mejor.