Dilema económico y moral
DAVID VILLARREAL ADALID
Martes 09 de Diciembre de 2025 9:49 am
La
Feria Internacional del Libro de Guadalajara comenzó este año con una
disyuntiva interesante. El discurso del autor franco-libanés Amin Maalouf,
miembro de la Academia Francesa y galardonado con el Premio FIL 2025, no fue un
mensaje de celebración, sino uno que obligó a detenerse. Su diagnóstico fue
nítido y alarmante: a medida que la ciencia progresa a un ritmo sin igual, la
democracia se desmorona, y en esa tensión está en juego el futuro del siglo
XXI. Maalouf
festejó los éxitos técnicos que ahora consideramos naturales: la inteligencia
artificial que se desarrolla cada trimestre, la comunicación al instante y las
biotecnologías que tienen el potencial de extender la vida. Las
repercusiones de esa caída moral exceden los límites de la filosofía. La
economía también se ve afectada. Para invertir, planificar y crecer, es
necesario que exista estabilidad institucional. Cuando la democracia se
debilita, los mercados perciben riesgo, las reglas se vuelven inciertas y
desaparecen los contrapesos. El FMI
ha advertido que el deterioro del orden internacional y la fragmentación
política tienen el potencial de disminuir varios puntos porcentuales del PIB
mundial en las décadas venideras. En términos más humanos, Maalouf expresó que
“la voz de las organizaciones internacionales se ha vuelto casi inaudible” y
que “el mundo tiende a regirse por la ley del más fuerte”. El
dilema que expuso en Guadalajara es sencillo y devastador: la ciencia avanza
sola, mientras que las instituciones y la ética no lo hacen. La humanidad es
capaz de crear instrumentos más y más potentes, pero no tiene el mismo ímpetu
para consolidar las estructuras que deben dirigirlas. La brecha no solo produce
incertidumbre a nivel político, sino que también genera vulnerabilidad social y
económica. Un Estado débil es incapaz de regular tecnologías que rompen con lo
establecido, salvaguardar derechos o garantizar estabilidad en medio del cambio
acelerado. Maalouf,
en lugar de resignarse, defendió que la literatura y la cultura son
herramientas de entendimiento. Declaró que “comprender el mundo que lo rodea”
es la primera obligación de un individuo libre. En esa línea, su discurso no
fue pesimista, sino responsable: hizo hincapié en que nada de lo inventado
puede ser desinventado, pero nuestras instituciones tienen la posibilidad de
retroceder si no se mantienen firmes. La
advertencia fue clara en una exposición de libros: ningún progreso tecnológico
asegura el bienestar si la democracia que lo respalda se debilita. El dilema
moral que presenta el discurso inaugural de la FIL nos lleva a aceptar que el
futuro no se basa únicamente en la innovación, sino también en la habilidad
colectiva para mantener las condiciones que hacen que esta sea útil y humana. Más
allá del discurso inaugural, la FIL recordó también su peso económico. La
edición 2025 reunió a cerca de 950 mil visitantes y generó una derrama estimada
de mil 200 millones de pesos en apenas diez días. Hoteles llenos, restaurantes
al máximo, servicios creativos y logísticos trabajando a toda capacidad: la
feria funciona como un motor económico que demuestra que la cultura no es un
lujo, sino un sector productivo de primera magnitud.
*Presidente de la Asociación de Egresadas y
Egresados de Economía UCOL
