Esperando
MARÍA EUGENIA GONZÁLEZ PEREYRA
Viernes 26 de Diciembre de 2025 9:26 am
HACEMOS
fiestas, brindamos, celebramos el año que empieza, pero en medio de todo esto
también omitimos. Nos volteamos hacia el otro lado y, alegando
prudencia o respeto, nos cegamos ante lo que nuestros jóvenes están viviendo. Y es que
se creen el cuento de sustancias "recreativas" que los llevarán a un
mundo mágico. En esa búsqueda del país de las maravillas el cerebro se quema,
se destruye. Las sustancias no solo anestesian el cuerpo, también ocultan las
emociones y confunden la mente. Se
consume para no sentir tristeza, soledad, rechazo. Y aunque se disfraza de
diversión, sabemos que los está matando, que se nos están yendo. Parecen
analgésicos que ocultan lo que duele, pero ni lo sanan ni lo apagan. En un
vano intento de disipar culpa, vergüenza o enojo, los jóvenes consumen,
callando lo que más tarde va a gritar. Pero ya pagaron el precio: perdieron
capacidad cognitiva, no ven riesgos, no pueden reflexionar. La voz que los
advertía ha quedado muda. Y aunque digan que se vale, están ofuscados, ya no
pueden pensar. En esta
falsa valentía, los peligros parecen normales, el daño se vuelve necesario, el
problema lejano. Cuando pasa el efecto, el dolor regresa. En una lentitud que
avasalla, los jóvenes se transforman. Su alma se va de casa. Parecen estar,
pero no están. Quizás este año sea el último, el del punto de no retorno. No
debemos callarnos, y mucho menos voltear la cara. Aunque al otro le incomode lo
que le vamos a decir, nos toca hablar. Quizás no le guste que lo señalemos como
consumidor, o que le llamemos la atención porque en su casa están consumiendo.
No es cómodo, pero si somos testigos del daño en nuestra casa o la del amigo,
debemos enfrentarlo. Nuestros niños se van por la coladera de las drogas, el
alcohol, las recreaciones que detienen el alma. No se
trata de respetarlos porque "ya son grandes y toman sus decisiones".
Una persona que consume no tiene la madurez emocional para decidir. Hagamos lo
posible para que vuelvan a casa, pero sin caer en la codependencia que nace del
miedo al dolor o de la culpa. No basta ver que despierten, que estén sobrios,
que se levanten, darles su desayuno. ¿Por qué? Porque confortarlos también es
empujarlos al abismo. No seamos papás codependientes y menos cobardes. No
seamos de esos adultos que dejan pasar por un pretexto que en el fondo se llama
comodidad, o peor aún, que omiten por miedo a la incomodidad de enfrentar. Es hora
de que despertemos. Existen clínicas, terapia, herramientas de mil corrientes
esperando para ayudar a esos jóvenes. Hay camino. Hay posibilidad. Hay una
vida, hay una buena vida esperando del otro lado si actuamos ahora. Innovemos
algo ¡Ya! Todo
aquello que nos altera los sentidos nos engaña con un consuelo falso. Nos están
matando, nos están secando, el alma se nos va a borrar. Ya no podemos callar,
porque si callamos, también los matamos.
innovemosalgoya@gmail.com
