ALGO MÁS QUE PALABRAS
VÍCTOR CÓRCOBA HERRERO*
Para una persona libre; todo el mundo es su hogar
Martes 30 de Diciembre de 2025 9:36 am
UNO vive y debe
desvivirse por vivir en comunión y en comunidad. Así, para un ser con corazón,
todo lo que le circunda forma parte de sí y se vincula como genealogía,
sustentándose el nexo en la mutua lealtad y en el recíproco acatamiento. La
humanidad debe concebirse como una estirpe adherida e inseparable, sustentada
por la unidad colectiva, de la que no puede desligarse, ya que todos formamos
parte de ese viviente poema interminable, cargados de lenguajes diversos, pero
bajo un solo pulso, el de la armónica existencia, a pesar de nuestro fondo de
debilidad humana y de nuestra manera frívola de reconocer la vida. De ahí la
necesidad, en este orbe globalizado, de que seamos promotores y animadores de
solidaridad y respeto por la dignidad humana y los derechos fundamentales. Sin embargo, a pesar del
aluvión de pesares, hay que soltar cadenas y elevar el ánimo, ofreciendo
compañía y refugio, comprensión y amistad, cooperación y paz. Volverse pasivos
es dejarse debilitar, justo en un momento en el que hay que oponerse a la violencia
y al odio, aunque nos suponga esfuerzo y sacrificio. En consecuencia, otro de
nuestros deberes radica en vencer la codicia, que destruye tanto el espíritu
humano como la tierra. Hay que fraternizarse;
los humanos tenemos que sanear las injusticias vertidas unos a otros, que son
las que sanan las divisiones y fomentan los acuerdos. Lo prioritario es no
perder la esperanza nunca en saber discernir, para poder leer correctamente la
historia que vivimos, que no se agota en el presente ni se acaba tampoco entre
encuentros fugaces y relaciones fragmentarias oportunistas, sino que se abre
paso hacia el futuro. Ciertamente, el porvenir es nuestro; tenemos que
laborarlo con gratuidad y gratitud, con coherencia de virtudes cívicas y
compromiso social, de memoria en el legado y perseverancia, sobre todo para
liberar a los mil cautivos y dar libertad a los oprimidos, que ya no pueden ni
gritar debido a nuestro abandono y dejadez. Desde luego, no hay mayor
signo de vitalidad que enraizarse en el verso de uno mismo para tejer una
pulsación donante, que se va renovando día a día y sabe dominar sus pasiones
para sentirse autónomo. Por eso, perseveremos en nuestro mar interior, hagamos
silencio para escucharnos, cultivemos el equipo con nuestros semejantes, siendo
justos para poder ser libres, pues la libertad reside en ser dueños de la
propia savia y en poder amar, sin fronteras ni frentes que lo impidan. Oírse,
por consiguiente, es fundamental, en la medida en que se reconoce su propio
derecho a existir y a pensar por sí mismo. No olvidemos jamás que somos seres
de palabra, que no podemos permanecer encerrados en sí mismos o, peor todavía,
con el oído en el teléfono móvil. Con paciencia todo se
alcanza, también la eliminación de enfermedades. Así surgió, con la adopción
del acuerdo sobre Pandemias, todo un hito que refuerza la colaboración
internacional y demuestra el valor del multilateralismo frente a la multitud de
amenazas sanitarias universales. Volvamos, pues, a ese espíritu socorredor,
mantenido por el calor doméstico, que no engaña ni defrauda. Realmente, debemos
sustentarnos en la certeza de la inclusión, de que nada ni nadie puede
alejarnos de ese contemplativo vínculo del alma sistémica, que lo único que
genera es luz en medio de la oscuridad. Por tanto, comencemos por
interpelarnos, cada cual consigo mismo, haciendo parentela humanitaria,
revolviéndonos contra la intolerancia y volviéndonos tolerantes.
