El enemigo acechando
ROSA EVELIA VILLARRUEL FIGUEROA
Martes 06 de Enero de 2026 9:21 am
SORPRESA, y no, fue lo que vivimos el
pasado 3 de enero, al presenciar el secuestro del presidente de Venezuela,
Nicolás Maduro. Parafraseando a García Márquez, solo fue “el hecho de una
amenaza anunciada”. Las reacciones no se hicieron esperar, claro, orientadas
hacia varios sentidos. Mientras que, para quienes nos asumimos de izquierda, es
un acto que raya en la barbarie, no solo por la sustracción en sí del
mandatario de su propio país, sino por las acciones sumadas en muertes
derivadas del secuestro y explosiones en territorio. Por otro lado, quienes
creen que la liberación del pueblo de lo que, para muchas opiniones, es una
tiranía encarnada en Maduro, fue lo mejor. Una línea terapéutica de la Gestalt se
basa en el principio de la “figura/fondo”; me parece que en esta situación que
nos ocupa se aplica perfectamente. La figura del mandatario venezolano refleja
claras divisiones en la sociedad: sus partidarios lo miran como el continuador
del legado de Hugo Chávez, al defender la revolución bolivariana con logros
sociales, políticos y económicos para el país. Otra parte de la sociedad (que
creo es mayoría) lo percibe como un dictador, violando derechos humanos, cometiendo
actos de corrupción y con una pésima gestión económica que ha llevado al país a
una crisis sin retorno. Entre otras acusaciones también figuran
la migración forzada en busca de mejores condiciones de vida (cualquier
parecido con nuestro país no es coincidencia), así como el control de los
medios de comunicación, que buscan a toda costa adecuar una imagen positiva
tanto al interior como al exterior de un mandatario diferente (nuestro estado
es un claro referente de ello). Ahora, ¿qué hay en el fondo de la
situación de Venezuela? Cuando Hugo Chávez llega al poder en 1999, su periodo
se caracterizó por transitar hacia una transformación en términos políticos y
sociales, favoreciendo a la clase necesitada; esto es, con una distribución más
equitativa de las riquezas que producía el país, a través de sus recursos
naturales, principalmente el petróleo. Ni en ese periodo se escapó de que la
derecha local y extranjera insistiera en regresar a tiempos de una hegemonía
económica donde solo ella salía favorecida. Siempre estuvo la amenaza latente,
que seguramente encontró en Nicolás Maduro el caldo de cultivo requerido para,
dado el momento, apoderarse del país y sus recursos. La caída de los precios internacionales
y una mala gestión del gobierno ha generado en ese país una crisis tremenda,
pues sabemos que su base económica es la producción del petróleo, el oro negro
tan codiciado por la mayoría de los países, principalmente EU, que
tramposamente le impone sanciones difíciles de solventar, con la idea perversa
de agudizar la crisis social y económica y luego erigirse como el salvador. Más allá de lo que se asevera respecto
a la responsabilidad fehaciente de Nicolás Maduro de haber llevado a su país a
una situación insostenible, el fondo principal es la ambición desmedida de un
presidente nefasto, fascista y genocida llamado Donald Trump. De la misma manera, tendríamos que
demandar la desaparición de un organismo que solo ha servido de tapadera a
todas las atrocidades que comete el gobierno de EU con la mayoría de las
naciones del mundo, más concretamente América Latina: la Organización de las
Naciones Unidas.
Por lo pronto, las protestas y demandas
por la liberación del presidente de Venezuela y su esposa, así como el cese al
acoso y las amenazas de Trump hacia otros países, incluido México, siguen
escenificándose por todos lados. Demandemos también que las declaraciones sobre
este y otros asuntos de nuestra presidenta sean más enérgicas y contundentes,
pues no son tiempos de debilidades políticas.
