México hacia adentro y hacia afuera
RUBÉN DARÍO VERGARA SANTANA
Miércoles 07 de Enero de 2026 10:08 am
MÉXICO ha construido, a lo
largo del tiempo, una voz reconocible en el ámbito internacional. En foros
multilaterales y ante conflictos externos, el país suele apelar al derecho, a
la no intervención y a la solución pacífica de las controversias. Esta postura
no es circunstancial; forma parte de una tradición diplomática que ha dado
identidad y continuidad a la política exterior mexicana y que conviene
preservar. Esa vocación hacia el derecho internacional representa
una fortaleza real del Estado mexicano. Ha sido, durante décadas, un elemento
de identidad y continuidad que le ha permitido a México sostener posiciones
firmes en el escenario internacional, incluso en temas complejos. Sin embargo,
esa misma vocación plantea el desafío permanente de mantener la congruencia
entre lo que el país defiende hacia afuera y lo que logra consolidar hacia
adentro. No se trata de una contradicción insalvable ni de un señalamiento
automático, sino de una tarea constante de ajuste institucional, de
fortalecimiento progresivo y de coherencia entre el discurso y la práctica. La congruencia no es una condición estática ni un
estado que se alcance de una vez y para siempre. Es un proceso que exige
revisar de manera continua la operación de las instituciones, el ejercicio del
poder y la garantía de los derechos en la vida cotidiana. Defender el derecho
internacional implica, al mismo tiempo, asumir el compromiso de profundizar el
derecho interno, de hacer efectivas las normas y de reducir las brechas entre
la ley escrita y la realidad social. La política exterior y la política interior
no compiten entre sí; se complementan. El pacto federal implica que cada entidad federativa
ejerza su soberanía interior con responsabilidad, garantizando gobernabilidad,
seguridad y acceso efectivo a la justicia. En ese sentido, los desafíos
internos que enfrentan distintos estados no deben entenderse como una negación
de los principios que México promueve en el exterior, sino como áreas donde es
necesario profundizar el trabajo público y la coordinación institucional. Cuidar esa congruencia es un ejercicio permanente. No
se trata de renunciar a los principios históricos de no intervención ni de
moderar la voz internacional de México, sino de seguir acompañándola con
esfuerzos sostenidos para consolidar el Estado de derecho en todos los
territorios del país. La coherencia no es una condición perfecta; es una
dirección. En ese equilibrio reside una de las mayores fortalezas
del Estado mexicano: la posibilidad de seguir siendo un actor respetado en el
exterior mientras fortalece, paso a paso, sus capacidades internas. Porque la
soberanía se afirma tanto en la defensa del derecho internacional como en la
construcción cotidiana de instituciones sólidas que respondan a la ciudadanía.
La congruencia no implica neutralidad pasiva, sino
coherencia activa, y los casos de Cuba, Israel y Venezuela lo ilustran desde la
posición mexicana. Defender la soberanía de Cuba, reconocer a Israel como
nación y sostener que el conflicto venezolano debe resolverse por la vía del
derecho internacional no son posturas contradictorias cuando se leen desde un
mismo marco jurídico. El tratamiento que EU ha dado al caso venezolano, al
desplazarlo del ámbito interestatal al penal doméstico, refuerza la lógica de
la política exterior mexicana, que no se define por alineamientos ideológicos,
sino por la defensa constante de principios, y recuerda que su credibilidad
hacia afuera depende también de la capacidad de seguir consolidando esos mismos
principios hacia adentro.
