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Cuando el petróleo se mueve, el rancho lo siente



JUAN AUGUSTO HERNÁNDEZ RIVERA*


Jueves 08 de Enero de 2026 10:31 am



A nivel local, como en el campo, solemos pensar que los grandes movimientos del mundo ocurren muy lejos del potrero, del corral y de los animales. Sin embargo, la experiencia nos ha enseñado que, aunque las decisiones se tomen a miles de kilómetros, sus efectos terminan llegando al rancho en forma de precios más altos, insumos más caros o menor margen de ganancia. La idea es simple: cuando se mueve el mercado de la energía, el sector agropecuario lo resiente. No es una suposición nueva; hay antecedentes claros que lo confirman y que hoy vuelven a cobrar relevancia.

En los últimos días, acontecimientos ocurridos en Latinoamérica reactivaron la atención de los mercados energéticos. Aunque el precio del crudo no ha mostrado incrementos abruptos, sí se han generado expectativas que provocaron movimientos financieros importantes en empresas ligadas a la energía. Estas reacciones, aunque parezcan lejanas al productor, suelen ser la antesala de ajustes que, más adelante, impactarán la economía local y regional del sector agropecuario.

El petróleo no solo es gasolina o diésel. En el campo está presente en casi todo: en el combustible para mover la maquinaria, preparar la tierra, transportar los granos y el ganado; en los fertilizantes nitrogenados que alimentan al maíz y al sorgo; en los plásticos para ensilaje, almacenamiento y empaque. Por eso, incluso pequeñas variaciones en los mercados energéticos terminan reflejándose en los costos de producción. Cuando sube el diésel, se encarecen los fertilizantes, suben los costos de producción y se aprieta aún más el margen de ganancia.

La producción pecuaria depende de manera directa de esta cadena. El maíz y la soya, base de la alimentación animal, son altamente sensibles a los costos de transporte y de la energía. Un aumento en estos rubros puede traducirse rápidamente en alimentos balanceados más caros, afectando la rentabilidad de las unidades de producción ganadera. Aunque el productor no venda ni compre en mercados internacionales, sí paga las consecuencias cuando ajusta sus números al final del mes.

En Colima, donde la agricultura y la ganadería siguen siendo importantes pilares económicos y sociales, estos fenómenos no son ajenos. El productor puede no seguir las noticias internacionales, pero entiende perfectamente cuando el precio del fertilizante sube, cuando el alimento rinde menos o cuando el diésel se vuelve un gasto pesado. La ciencia agropecuaria ha documentado muy bien esta relación: la volatilidad energética genera incertidumbre productiva que complica la planeación y la inversión en el campo.

Finalmente, más allá de los movimientos que ocurran fuera de nuestras fronteras, la fortaleza del sector agropecuario no depende solo de la tierra ni del tamaño del rancho, sino de cómo se gestionan y preparan las unidades de producción frente a un entorno cada vez más cambiante. El uso eficiente de los insumos, la planeación cuidadosa y la diversificación en la alimentación y el manejo animal son hoy herramientas clave para enfrentar la volatilidad de los mercados energéticos. Entender que el rancho está conectado con el mundo permite anticiparse y no solo reaccionar. Porque cuando el mundo se mueve, el campo lo siente; pero cuando el campo se prepara, resiste mejor.

 

*Profesor de la Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia de la Universidad de Colima