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EL CENTINELA DEL AUTISMO



VÍCTOR MANUEL VILLALOBOS CHÁVEZ

Tres regalos que aún debemos


Viernes 09 de Enero de 2026 9:45 am


ACABAN de pasar los Reyes Magos. Quedaron los juguetes en la sala, la rosca partida y las fotos familiares en redes. Para muchos fue el cierre perfecto de las fiestas. Pero para miles de personas con autismo y discapacidad, el 6 de enero fue un día más en una realidad donde los regalos que más necesitan no se envuelven en papel ni caben en una caja.

Si hoy tú y yo pudiéramos ser Reyes Magos, ¿qué tres regalos les deberíamos a las personas con autismo y discapacidad? No hablo de juguetes; hablo de algo mucho más incómodo: de cambiar la forma en la que somos como sociedad.

El primer regalo sería una mirada que no seleccione.

Vivimos en tiempos de “empatía selectiva”: nos conmovemos con el video viral del niño “especial” que recibe un abrazo, pero volteamos a otro lado cuando ese mismo niño hace un berrinche en un supermercado. Aplaudimos las campañas de inclusión en diciembre, pero nos molesta que una persona con discapacidad tarde “demasiado” en subir a un camión o en cruzar la calle.

Ese doble discurso duele. La discapacidad no es un decorado para historias bonitas: es parte de la vida real. El primer regalo, entonces, sería aprender a ver sin filtrar, sin juzgar, sin comparar. Aceptar que el autismo y la discapacidad no son “errores” de la vida, sino expresiones distintas de lo humano. Dejar de preguntar “¿qué tiene?” y empezar a preguntar “¿qué necesita?”.

El segundo regalo sería la accesibilidad como regla, no como favor.

Ajustes razonables en la escuela para que un niño con autismo no sea expulsado “porque distrae”. Consultorios donde el ruido y la espera no se conviertan en tortura sensorial. Empleos donde una persona con discapacidad pueda trabajar con apoyos, no con prejuicios. Ciudades donde el cajón azul no sea el lugar perfecto para “dejar el carro tantito cinco minutos”.

Nos encantan las palabras elegantes: inclusión, derechos, igualdad. Pero, a la hora de la práctica, seguimos construyendo un mundo pensado solo para quienes caminan, ven, oyen, aprenden y se comportan “como la mayoría”. La accesibilidad no es un lujo ni un gesto de buena voluntad: es la condición mínima para que alguien pueda vivir con dignidad. Ese sería el segundo regalo: que dejaran de “invitarse” a la vida pública y, simplemente, tuvieran el mismo acceso que cualquiera.

El tercer regalo sería el compromiso que no se guarda en una bodega el 7 de enero.

Somos expertos en campañas de temporada: el Día de la Discapacidad, el Mes del Autismo, las fotos con alumnos “especiales”, las visitas decembrinas. Pero la vida de una persona con discapacidad no tiene calendario temático. No deja de necesitar medicinas cuando se acaba la campaña, ni deja de requerir terapia cuando se apagan las luces navideñas.

El tercer regalo sería asumir, de una vez por todas, que la inclusión no es un evento: es un estilo de vida, una política permanente, una decisión diaria. Que empresas, escuelas, gobierno y familias se sienten a la misma mesa (con las personas con discapacidad presentes, no solo mencionadas) y se pregunten: ¿qué podemos cambiar este año para que su vida sea un poco menos difícil y un mucho más justa?

Si fuéramos Reyes Magos de verdad, no llegaríamos con bolsas llenas de cosas que se rompen al poco tiempo. Llegaríamos con algo más incómodo, sí, pero más necesario: una sociedad que deja de elegir a quién mira, a quién respeta y a quién incluye.

Porque, al final, el regalo más grande no es lo que ponemos bajo el árbol, sino lo que cambiamos en nuestra forma de vivir con los demás. Y en eso, todavía estamos muy lejos de estar a la altura de una verdadera magia.

 

*Director ejecutivo de Fundación Mexicana de Autismo TATO