Ramas
MARÍA EUGENIA GONZÁLEZ PEREYRA
Viernes 09 de Enero de 2026 10:14 am
NOS han
vendido el amor como caída libre, como vértigo sin paracaídas, como pérdida de
control que romantizamos hasta el delirio. "Me caí de amor", decimos,
como si tropezar fuera un logro. Y ahí vamos, celebrando el desplome emocional
como si fuera medalla de honor, confundiendo dependencia con entrega, posesión
con pasión, necesidad con deseo. Pero el
amor maduro no cae. Asciende. Trepa montañas internas con las manos llenas de
cicatrices y los pulmones expandidos por el autoconocimiento. Sube peldaño a
peldaño por la escalera del ser, sin prisa pero sin pausa, consciente de que
cada paso hacia adentro es un paso hacia el amor verdadero. Porque antes de
poder dar amor auténtico, hay que tenerlo. Y tenerlo implica haberse encontrado
primero con uno mismo en la soledad, sin máscaras, sin espejismos, sin la
muleta de otra persona para sentirnos completos. La
persona madura ama desde la integridad, no desde el vacío. No busca llenar
agujeros emocionales con el cuerpo de otro. Ofrece su amor como quien ofrece
agua fresca en el desierto: sin esperar que le devuelvan el vaso lleno de
gratitud eterna. Agradece que acepten lo que da, porque sabe que amar es un
privilegio, no una transacción comercial donde se contabilizan besos, mensajes
y atenciones en una hoja de Excel emocional. Cuando
dos personas maduras se encuentran, ocurre el milagro cotidiano que pocos
comprenden: están juntas pero profundamente solas. No se fusionan hasta
desaparecer en el otro. No se anulan en nombre del amor. Se acompañan en su
individualidad como dos árboles que crecen cerca pero mantienen sus propias
raíces, bebiendo del mismo río pero desde su propia sed. Se ayudan a ser más
libres, no más pequeños, más ellos mismos, no menos. Porque dominar al otro es
odio disfrazado de amor, es miedo vestido de cuidado, es violencia perfumada
con flores. La
libertad vale más que cualquier amor que te exija traicionarte. Sin libertad,
la felicidad es mentira, espejismo, celda con flores y barrotes invisibles. Y
cuando el amor verdadero llega, no te encadena: te expande. Surge del ser que
ya está completo, como fragancia de una rosa que no necesita pedir permiso para
perfumar el aire. ¡Innovemos
algo ya! Dejemos de romantizar la codependencia y llamémosla por su nombre:
miedo a estar solos. Ascendamos en el amor construyendo primero nuestra propia
casa interior, completa, habitable, nuestra. Porque solo desde ahí podemos
ofrecer amor que no asfixia, que no manipula, que no se disfraza de sacrificio
heroico. Amor que libera, que expande, que celebra la individualidad del otro
como tesoro sagrado, no como amenaza.
innovemosalgoya@gmail.com
