El dolor evitable
JULIA LICET JIMÉNEZ ANGULO
Lunes 12 de Enero de 2026 9:33 am
LA tragedia del accidente del Tren Interoceánico no
fue una fatalidad inevitable. Fue un hecho que pudo y debió evitarse. Como bien
decía Carlos Castillo Peraza, una de las misiones fundamentales del gobierno es
evitar el “dolor evitable”. Se refería al sufrimiento que no es producto del
destino ni de un accidente inevitable, sino de decisiones u omisiones humanas:
aquel que se pudo prevenir si se hubieran hecho bien las cosas. Cuando el Estado falla en su deber de supervisar,
de ejercer con responsabilidad los recursos públicos y de anteponer la
seguridad de las personas, ese dolor aparece con toda su crudeza. Hoy, varias
familias viven una pérdida irreparable que nos obliga a preguntarnos qué se
hizo mal y, sobre todo, quién debe asumir su responsabilidad. El Corredor Interoceánico fue presentado por el
gobierno federal como uno de los proyectos emblemáticos. Se habló de bienestar,
de progreso y de oportunidades. Hoy, lamentablemente, ese discurso se estrella
contra una realidad dolorosa: catorce personas perdieron la vida en un
accidente que no puede explicarse como un simple “incidente”. Cuando una obra pública falla y cobra vidas
humanas, el Estado tiene la obligación moral, política y legal de investigar
hasta las últimas consecuencias. Por eso, las y los diputados de Acción
Nacional presentamos denuncias formales ante la Auditoría Superior de la
Federación, la Secretaría Anticorrupción y la Fiscalía General. La gravedad de
los hechos y sus consecuencias humanas así lo exigen. No se trata de denunciar por denunciar. Se trata de
asumir una responsabilidad frente a la sociedad. El mal uso del dinero público
y la deficiente supervisión gubernamental no son asuntos administrativos
menores. Cuando los recursos se manejan con opacidad, cuando no hay controles
claros ni rendición de cuentas, las obras fallan. Y cuando las obras fallan,
las consecuencias pueden ser irreversibles. La falta de transparencia abre la puerta a
sobreprecios, contratos opacos y posibles desvíos de recursos. Cada peso mal
utilizado es un peso que no llega a la salud, a la seguridad, a la educación o
al apoyo social. Pero, además, cada peso mal usado puede traducirse en
infraestructura insegura. Lo ocurrido en el Corredor Interoceánico no es una
cifra más en una estadística. Son catorce vidas perdidas. Son familias
enlutadas. Son personas que confiaron en que el Estado cumpliría con su deber
de garantizar condiciones seguras. La corrupción y la negligencia no solo
afectan presupuestos; generan entornos de riesgo que terminan en tragedias como
la que hoy enluta al país. En Acción Nacional no volteamos la mirada. Actuamos
dentro de la ley y con responsabilidad. Exigimos que se audite a fondo el
ejercicio del gasto, que se investiguen las posibles faltas administrativas y
que se deslinden responsabilidades penales, si así corresponde. No estamos
señalando culpables sin pruebas; estamos exigiendo verdad, justicia y
consecuencias.
No podemos normalizar que los proyectos públicos se
construyan sin transparencia ni supervisión. Gobernar implica cuidar vidas. Y
cuando el mal uso del dinero público termina costándolas, nadie debe quedar
impune.
