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LA VIOLENCIA QUE NO CEDE



EDITORIAL


Lunes 12 de Enero de 2026 9:25 am


QUE la violencia familiar siga siendo el delito más recurrente en Tecomán no es un dato menor ni una estadística aislada: es un síntoma persistente de una crisis social que se vive puertas adentro y que, pese a los esfuerzos institucionales, no logra contenerse. El reconocimiento que hace la Dirección de Seguridad Pública es relevante, pero también obliga a mirar más allá del parte oficial.

El aumento en las detenciones, atribuido a que más víctimas se animan a denunciar, puede leerse como un avance en términos de confianza hacia las autoridades. Sin embargo, también revela la profundidad del problema: la violencia no sólo permanece, sino que se reproduce en contextos marcados por el consumo de alcohol, drogas y la precariedad económica, factores que suelen repetirse sin una atención estructural de fondo.

Resulta positivo que se reconozca que la violencia familiar no se limita a lo físico, sino que incluye dimensiones psicológicas, económicas y emocionales. Aun así, estas formas de agresión siguen siendo las más difíciles de erradicar, porque se normalizan, se silencian y, muchas veces, se minimizan incluso desde el entorno cercano de las víctimas.

Que la incidencia delictiva general en Tecomán se mantenga baja no debería servir como consuelo ni como contraste favorable. La violencia en los hogares también es violencia social, y su persistencia cuestiona la efectividad real de las estrategias de seguridad si éstas no colocan la vida y la dignidad de las personas -en particular de mujeres, niñas y niños- en el centro de la agenda pública.

La existencia de un programa integral de prevención y atención a víctimas, así como la coordinación con el Ministerio Público, es necesaria y correcta. No obstante, la insistencia en la respuesta policial y en la canalización institucional deja pendiente la pregunta central: ¿qué se está haciendo para evitar que la violencia ocurra antes de que sea denunciada?