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El poder y el derecho



RUBÉN DARÍO VERGARA SANTANA


Miércoles 14 de Enero de 2026 9:25 am


EL pasado 10 de enero de 2026 se cumplieron dos años del fallecimiento de Sergio García Ramírez, uno de los juristas más claros y serenos que ha tenido México. No fue un hombre de estridencias ni de consignas. Pensó el poder con calma y el derecho con responsabilidad. Hoy, cuando muchas de sus advertencias resultan incómodamente actuales, su ausencia se vuelve todavía más visible.

García Ramírez partía de una idea sencilla pero profunda, formada a lo largo de años de observar cómo se comporta el poder. Sabía que el poder siempre busca crecer y que no necesita explicaciones morales para hacerlo. La verdadera prueba aparece cuando acepta límites. Para él, el derecho existía justamente para cumplir esa función: poner freno al poder cuando amenazaba con desbordarse y afectar a la sociedad que decía gobernar.

Nunca creyó que la relación entre poder y derecho fuera cómoda. Pensaba que debía ser una relación tensa y vigilante. El poder se ejerce y busca conservarse, ampliarse y justificarse. El derecho no está para adornar ese proceso, sino para contenerlo. Cuando deja de incomodar al poder, deja también de cumplir su función esencial.

Insistía en algo fundamental: el Estado de derecho no se mide por la cantidad de leyes escritas, sino por la disposición real de quienes gobiernan a someterse a ellas. Cuando el poder solo respeta la ley cuando le conviene, no está sometido a ella: la administra.

Una de sus mayores preocupaciones fue el uso de la justicia como instrumento político. Castigar es una de las expresiones más fuertes del poder del Estado y, por ello, exige un cuidado extremo, porque cuando se utiliza para enviar mensajes, callar voces incómodas o resolver disputas de poder, deja de ser garantía y comienza a servir a intereses. De ahí su enseñanza central: el poder no existe para imponerse ni para exhibirse, sino para ordenar sin humillar, corregir sin destruir y gobernar sin someter. Cuando pierde ese sentido, se transforma en dominación, y la dominación casi siempre intenta presentarse como legal.

García Ramírez también fue firme en otro punto incómodo. Un Estado fuerte no es necesariamente un Estado justo. La fortaleza sin límites produce obediencia, pero no legitimidad. Produce silencio, no acuerdos. El derecho existe precisamente para decirle no al poder cuando hace falta, incluso cuando ese límite resulta impopular o políticamente costoso.

La lucha por el poder no siempre ocurre en los grandes discursos o en los debates visibles. Muchas veces se da en silencio, en pequeñas decisiones, en excepciones que parecen prácticas o temporales. Primero se toleran, después se normalizan y, al final, se vuelven regla. Es ahí donde la ley deja de ser frontera y se convierte en argumento.

Este fenómeno también se observa en el escenario internacional. El comportamiento político actual de EU confirma algo que García Ramírez advirtió durante años. Cuando el poder busca expandirse, no siempre lo hace con las armas.

Recordar a Sergio García Ramírez no es un ejercicio de nostalgia. Es un acto de responsabilidad cívica. Su pensamiento nos recuerda que el mayor riesgo para el Estado de derecho no es el conflicto abierto, sino cuando la ley se acomoda dócilmente al poder. Porque cuando el derecho deja de poner límites, el poder no tarda en imponerlos. Y entonces la justicia deja de ser una garantía para convertirse en discurso.

Nota

Estas reflexiones se encuentran de manera constante en la obra doctrinal y ensayística de Sergio García Ramírez sobre el Estado de derecho y la función del poder público, así como en su labor periodística, difundida en diversos medios de comunicación nacional.