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Huinar: Cuando el campo avisa en silencio



JUAN AUGUSTO HERNÁNDEZ RIVERA*


Jueves 15 de Enero de 2026 9:26 am


EN el campo, muchas de las alertas más importantes no llegan con estruendo, sino de manera silenciosa. Un animal que comienza a caminar con dificultad, una vaca que se queda atrás en el potrero o un becerro que ya no logra levantarse pueden ser señales que, a primera vista, se atribuyen al cansancio, a un golpe o incluso a enfermedades conocidas. La hipótesis que vale la pena plantear es sencilla, pero crucial: no todos los problemas neurológicos del ganado tienen un origen infeccioso, y algunos de los riesgos más serios están literalmente creciendo entre el zacate. En regiones tropicales y subtropicales como Colima, el conocimiento del entorno vegetal resulta tan importante como la sanidad animal misma. Reconocer estos riesgos invisibles no solo permite salvar animales, sino también proteger el patrimonio y el trabajo de las familias ganaderas.

Desde hace años se ha documentado en el occidente de México la presencia de plantas tóxicas que afectan al ganado bovino, aunque muchas veces su impacto pasa desapercibido o se confunde con otras enfermedades. Una de ellas es el huinar o escobilla morada (Melochia pyramidata), una planta común en potreros de temporal, bordes de caminos y terrenos con sobrepastoreo. Su consumo suele incrementarse en épocas de escasez de forraje, cuando el ganado, por necesidad, amplía su selección de plantas. La justificación para hablar de este tema es clara: las pérdidas económicas, el sufrimiento animal y la incertidumbre diagnóstica que genera siguen siendo una realidad cotidiana en el campo colimense.

Los casos documentados en bovinos de la región muestran un patrón que se repite: animales que comienzan con incoordinación, avanzan hacia la parálisis del tren posterior y finalmente quedan postrados, sin perder el apetito ni el estado de alerta. Estudios clínicos y de laboratorio han permitido descartar enfermedades como la rabia paralítica y confirmar la presencia de alcaloides tóxicos en el huinar, capaces de afectar directamente al sistema nervioso. Las evidencias histopatológicas señalan daño en nervios y médula espinal, con degeneración de las fibras nerviosas y pérdida de la mielina, lo que explica la incapacidad progresiva para caminar. Estos hallazgos no son anecdóticos: reflejan un problema ligado al manejo del potrero, a la disponibilidad de alimento y al reconocimiento oportuno del entorno.

En términos productivos, un solo animal perdido representa mucho más que una cifra. Implica inversión genética, tiempo, recursos y expectativas. Cuando estos casos se repiten, el impacto se amplifica y afecta la viabilidad de la unidad de producción. La experiencia local demuestra que la intoxicación por plantas no es un evento aislado, sino un riesgo latente que se activa cuando confluyen sequía, sobrepastoreo y desconocimiento de la flora presente. Aquí, el conocimiento técnico y el saber empírico del productor deben caminar juntos.

Finalmente, en Colima esto es bien conocido, pero hay que aprender a escucharlo. Identificar las plantas del potrero, diversificar la oferta forrajera, evitar el sobrepastoreo y consultar oportunamente al médico veterinario no son medidas extraordinarias, sino acciones preventivas con alto impacto. Fortalecer la observación diaria y el diálogo entre productores y técnicos permite transformar un riesgo invisible en una oportunidad de aprendizaje colectivo. En el campo, anticiparse casi siempre cuesta menos que corregir, y reconocer las señales tempranas es una forma de respeto tanto al animal como al trabajo de quien lo cuida.

 

*Profesor de la Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia de la Universidad de Colima