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EL CENTINELA DEL AUTISMO



VÍCTOR MANUEL VILLALOBOS CHÁVEZ

Cuando el cuerpo dice “basta”


Viernes 16 de Enero de 2026 10:56 am


HAY historias que parecen exageradas hasta que te das cuenta de que son verdad. La de Ronnie Coleman es una de ellas: el hombre más fuerte del planeta, ocho veces Mr. Olympia, levantando pesos que la mayoría ni siquiera imaginamos… y hoy, en una silla de ruedas, con la columna destrozada después de tantas cirugías.

Lo fácil es juzgarlo: “¿valió la pena?”, “yo nunca lo habría hecho”, “por un trofeo no sacrifico mi cuerpo”. Pero ahí está el punto: tú no lo habrías hecho… porque no eres él. Sus metas, sus prioridades y su forma de entender la vida no son las tuyas. Y eso aplica también para la discapacidad.

Nos han enseñado a ver la discapacidad como algo “de otros”: del que nació así, del que “siempre estuvo enfermo”, del que “pobrecito no puede”. Pero la realidad es más incómoda: la discapacidad no siempre nace con nosotros. A veces se adquiere. Un accidente, una enfermedad, una mala cirugía, un mal diagnóstico a destiempo… y, de un día a otro, la vida cambia para siempre.

Así como Ronnie pasó de ser un coloso del gimnasio a depender de una silla de ruedas, cualquiera de nosotros puede cruzar esa línea invisible entre “persona sin discapacidad” y “persona con discapacidad” en segundos. No es un tema de miedo, es un recordatorio brutal de que nadie está exento.

La pregunta no es solo qué estás dispuesto a sacrificar por tus metas. La pregunta es:

¿Qué harías si mañana tu cuerpo dijera “basta”? ¿Tu vida seguiría teniendo sentido si ya no pudieras hacer lo que hoy das por hecho? Porque ahí se revela algo importante: la discapacidad no es, en sí misma, la verdadera limitación. La verdadera cárcel es no tener un propósito más allá de lo que tu cuerpo puede o no puede hacer.

En el mundo del autismo y de otras discapacidades lo vemos todos los días. Personas que, según los parámetros “normales”, están llenas de límites… pero que encuentran formas de ser felices, de aportar, de amar, de reírse de la vida. Y, al revés, gente con “todas sus capacidades intactas” que vive amargada, que no sabe quién es ni qué quiere, más preocupada por la opinión ajena que por construir una vida propia.

Tal vez la lección incómoda sea que no controlamos todo lo que le pasa a nuestro cuerpo, pero sí podemos decidir para qué vivimos.

Si tu objetivo en la vida es acumular trofeos, likes o dinero, cualquier pérdida te va a destrozar. Si tu objetivo es vivir con sentido (amar, servir, dejar algo mejor de lo que encontraste), el cuerpo se vuelve vehículo, no centro.

¿Es dura esta forma de verlo? Sí. Pero la vida también lo es.

Al final, todos vamos a perder algo: fuerza, velocidad, vista, oído, memoria. La discapacidad, congénita o adquirida, es solo una forma más de recordarnos que somos finitos. Lo único verdaderamente absurdo sería llegar al final del camino y darte cuenta de que estuviste más ocupado opinando sobre la vida de otros… que viviendo la tuya.

 

*Director ejecutivo de Fundación Mexicana de Autismo TATO