El Cuauhtémoc en el ojo del huracán
DAYRA YISCEL GÓMEZ DÁVILA*
Viernes 16 de Enero de 2026 9:55 am
SI uno no hubiera visto los partidos, pensaría
que el tema del Estadio Cuauhtémoc es una exageración. Pero basta con poner un
video, una repetición, y detenerse en los detalles: el pasto que se levanta, el
balón que bota raro, el jugador que se queda en el suelo sin entender muy bien
qué pasó. Ahí empieza la conversación incómoda, esa que no tiene que ver con el
marcador, pero sí con todo lo demás. Todo comenzó en la Jornada 2, en el Puebla
contra Mazatlán. Jair Díaz fue a disputar una pelota cerca de la banda y, de
pronto, el campo decidió intervenir. El césped se desprendió, el defensor cayó
y, durante unos segundos, nadie miró el balón; todos miraron la pierna. No pasó
a mayores, dicen. Y es cierto. Pero la imagen quedó. Al día siguiente, el Cuauhtémoc volvió a abrir
sus puertas, ahora para el debut de Cruz Azul como local. Y la historia se
repitió, como esas secuelas que nadie pidió. El balón botaba irregular, el
pasto se movía más de la cuenta y, al final, Amaury García quedó atorado en una
barrida que encendió las alarmas. Ahí es donde el tema deja de ser estético y se
vuelve serio. Porque una cancha en mal estado no solo condiciona el juego,
también expone. Diego Cocca lo dijo sin rodeos: la preocupación real es que
alguien se lesione. Nicolás Larcamón fue más allá y habló de algo que a veces
se olvida: cuando el campo no responde, tampoco lo hace la idea de juego. El contexto está claro. El césped es nuevo,
tiene base de arena sílica y necesita entre ocho y diez semanas para asentarse.
El problema es que el calendario no entiende de procesos. Puebla y Cruz Azul
tienen compromisos y el margen para “esperar a que mejore” es mínimo. A eso se
suma la mudanza forzada de Cruz Azul, la logística complicada y una afición que
aún no termina de hacer suyo el Cuauhtémoc. El Gobierno de Puebla ya pidió reparaciones
inmediatas y recordó que este estadio fue supervisado por FIFA pensando en el
Mundial 2026. Y ahí aparece la pregunta inevitable: ¿cómo se explica que un
inmueble con aspiraciones internacionales hoy genere temor entre quienes lo
pisan? El futbol mexicano puede permitirse partidos
discretos, errores arbitrales o malos planteamientos, y todo lo que la lista ha
integrado a lo largo de los años. Lo que no puede permitirse es una cancha que
juegue en contra. Al final, el problema no es si el pasto es
nuevo o viejo, sino si la liga está dispuesta a jugar sobre la incertidumbre.
Una cancha debería ser el punto de partida, no una preocupación constante. El
Cuauhtémoc tiene historia, capacidad y proyección internacional; ahora necesita
algo más simple y urgente: firmeza bajo los pies.
*Periodista deportiva
