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La desesperanza a flor de piel



ROSA EVELIA VILLARRUEL FIGUEROA


Martes 20 de Enero de 2026 12:45 pm


LOS acontecimientos actuales de carácter político, social y económico nos han llevado a la mayoría de los habitantes de este país al desencanto en todas sus expresiones: el desempleo, las violencias generalizadas y de género, la desigualdad social y de oportunidades entre hombres y mujeres, la aparición de un monstruo de mil cabezas como es el crimen organizado, etc., han dejado a la población en total desprotección, pues quienes se supone están al servicio de nuestro cuidado se han convertido en los enemigos del pueblo, y ahora estamos más expuestos a que nos suceda todo tipo de circunstancias, donde la protagonista principal suele ser la muerte.

¿Qué se supone que tiene que hacer una persona, en la que recae el bienestar de toda una familia, que se queda sin empleo, llámese padre, madre o tutor? ¿Qué se le demanda, que cumpla con su “obligación”, y que se dedique a buscar trabajo y no lo encuentra? ¿Qué presumimos que pasa por sus emociones y cómo responde su conciencia a esto? Seguramente agotará todas las opciones posibles para no caer en escenarios que agraven más lo que ya está.

¿Qué sucede con los y las jóvenes que recién se encuentran en posibilidades de ejercer una carrera, la hayan elegido conscientemente o no, y cuyo mercado laboral se encuentra totalmente abarrotado y cerrado a sus aspiraciones? ¿Qué, al final del día, se encuentran ejerciendo un oficio para el cual no se prepararon, pero que es lo único disponible? Si están solteros o solteras, seguirán viviendo bajo el cobijo de papá y mamá, pero no podrán tan fácilmente acceder a la deseada independencia con la que seguramente soñaron.

Las burocracias y la corrupción reinantes en estos gobiernos han delineado una política del desencanto, la frustración y la desesperanza, al cancelar toda opción de bienestar para la población que representan. Observamos cada día cómo la zanja entre la pobreza extrema y la riqueza boyante se profundiza; las personas que solo cuentan con un mediano empleo para subsistir y se quedan sin él se van a la deriva, y las depresiones emocionales hacen su aparición, agudizando un estado de ánimo que finalmente las lleva a resolver su situación de otra manera.

Como en otros rubros de desigualdad, nuestro estado sigue teniendo preponderantes “honrosos” lugares en violencia generalizada, sexual, acoso escolar, feminicidios y suicidios, entre otros. Pero es más fácil responsabilizar a administraciones anteriores que asumir las propias. La desesperanza ya rebasó los límites de la tolerancia; el pueblo bueno y sabio no tarda en tomar medidas que irán más allá de lo permitido legal y socialmente. El cansancio y el desencanto lo vemos en cada rostro y en cualquier espacio.

Hace días, algunos medios informaban que en este mes se reporta un promedio de una persona asesinada cada doce horas, escalofriante dato que debiera ser un indicador de alerta máxima; sin embargo, las autoridades continúan instaladas en su fantasía de que la violencia sigue a la baja.

La violencia está escalando a niveles escalofriantes. En sus inicios, veíamos los asesinatos como algo que sucedía solo entre grupos delictivos; luego, a río revuelto, represalias a luchadores o luchadoras sociales; más recientemente y sin pudor alguno, a familias, incluidos infantes; todo ello, aunado a la quema de restaurantes y las desapariciones forzadas que no cesan.

Iniciamos el año muy mal. Los colimenses nos hemos caracterizado por ser un pueblo amable, solidario y empático con quienes vienen de fuera y con los de dentro también, y es admirable cómo, pese a todas las desgracias por las que estamos atravesando, los esfuerzos por no perder esa esencia están, seguro, en la esperanza de tiempos mejores; por ello, ojalá no naturalicemos la desesperanza.