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México entre Davos y el mercado interno



RUBÉN DARÍO VERGARA SANTANA


Miércoles 28 de Enero de 2026 9:45 am


MÉXICO no observa Davos como mero espectador. Lo que allí se discute afecta directamente nuestra economía. Cuando el presidente de Estados Unidos afirmó que su país seguirá comerciando, pero bajo reglas de equilibrio y reciprocidad, el mensaje fue claro: ninguna nación puede sostener su desarrollo dependiendo del consumo permanente de otra.

Durante años, México hizo justamente eso. Con la firma del TLCAN elegimos una ruta comprensible, incluso necesaria. Veníamos de crisis recurrentes, inflación descontrolada y falta de capital propio; integrarnos era casi la única salida para atraer inversión, estabilizar la economía y generar empleo rápido. El tratado no fue un error histórico, sino una tabla de salvación. El problema surgió cuando ese punto de partida se convirtió en destino y dejamos de fortalecer con la misma energía nuestra base interna.

El modelo aceptó salarios bajos para competir, insumos importados, ensamble local y exportación principal al mercado estadounidense. Funcionó mientras el vecino compró sin límites. Nos estacionamos en producir para otros y dejar que su consumo casi sostuviera nuestro crecimiento.

Pero exportar mucho no equivale a consolidarse por dentro. México desarrolló un mercado interno amplio: comercio, servicios, vivienda y alimentos sostienen millones de empleos y dinamizan la economía cotidiana. Sin embargo, ese mercado creció con escaso valor agregado. Consumimos más, pero buena parte de lo que consumimos se fabrica fuera. La industria nacional, la tecnología y el financiamiento productivo quedaron rezagados. Sin encadenamientos locales ni innovación, el dinero no se multiplica dentro del país; se fuga.

Un mercado interno fuerte funciona como motor propio. Cuando una familia compra un bien hecho en México, ese gasto activa proveedores, transporte, empleo y nuevas inversiones. El dinero circula varias veces antes de salir del país. Ese efecto multiplicador es el que da estabilidad a las economías desarrolladas. Sin él, cada crisis externa nos golpea con más fuerza.

Fortalecerlo no es proteccionismo ni nostalgia industrial, sino prudencia económica. Implica empleos de calidad, mejores salarios, crédito accesible para pymes, proveedores nacionales integrados a las cadenas productivas y ciencia aplicada a la industria. No se trata de cerrar la puerta al mundo, sino de tener piso propio.

En este contexto, el secretario de Desarrollo Económico de Colima anunció que el estado gestionó ante la Secretaría de Economía su reconocimiento como Polo de Desarrollo para el Bienestar, iniciativa que incluye la creación de un tecnoparque. Fortalecer el mercado interno también exige logística eficiente, energía confiable y reglas claras para invertir.

Hoy vemos el costo de no haber avanzado lo suficiente. El comercio internacional es volátil, depende de ciclos políticos y decisiones externas. Aranceles o nuevas reglas pueden cambiar el tablero de un día para otro. Basar la estabilidad nacional en ese humor externo no es estrategia, sino fragilidad.

EU ya no quiere ser el comprador automático del mundo. Y el T-MEC no busca que México venda más barato, sino que produzca con mayor contenido regional y valor agregado. Es un reto, es una invitación a madurar.

Exportar seguirá siendo necesario, pero no puede ser la única palanca. México necesita profundizar el crecimiento de su mercado interno para que el consumo genere riqueza propia y sostenga la economía cuando el exterior se desacelera.

Nos acostumbramos a vender al extranjero y postergamos el desarrollo pleno de lo nuestro. Mientras el vecino compraba, parecía éxito; cuando puso condiciones, entendimos la vulnerabilidad. Un país que solo exporta depende del humor ajeno. Un país que fortalece su mercado interno decide su propio destino.