EL CENTINELA DEL AUTISMO
VÍCTOR MANUEL VILLALOBOS CHÁVEZ
Unión, no uniformidad
Viernes 30 de Enero de 2026 9:35 am
DURANTE décadas hemos confundido
orden con obediencia ciega, y educación con uniformidad. El modelo de escuela
prusiana, que influyó en gran parte de los sistemas educativos modernos, buscó
formar personas que llegaran a tiempo, se sentaran en fila, obedecieran timbres
y respondieran a instrucciones sin cuestionar. Útiles para la fábrica, dóciles
para el sistema. Misma hora, mismo uniforme, misma rutina. Ese esquema se ha filtrado a casi
todo: a la forma en que trabajamos, a cómo evaluamos a los demás e, incluso, a
la manera en que miramos a las personas con autismo y discapacidad. La sociedad
parece decirles: “Te acepto… siempre y cuando aprendas a comportarte como
todos”. No buscamos su bienestar; buscamos que encajen. En Fundación TATO creemos justo lo
contrario. Nuestro modelo no persigue la uniformidad; valora la singularidad.
Cada persona tiene ritmos, intereses, habilidades y formas de entender el
mundo. En vez de obligarlas a caber en un molde, tratamos de construir
actividades y entornos que se ajusten a ellas: talleres donde desarrollen
independencia, espacios donde puedan crecer emocionalmente y procesos que les
permitan, a su tiempo, integrarse a una sociedad que, con frecuencia, les ha
dado la espalda. Hace años, en una conferencia,
Leonardo Farfán, conocido como “El Caracol” (una persona autista que habla en
primera persona de su experiencia) lanzó una pregunta demoledora: ¿con qué
derecho los terapeutas sienten que pueden “corregir” la conducta de una persona
autista solo para que se vea más “normal”? Muchos padres buscan precisamente
eso: que su hijo “se porte bien”, que “no haga berrinches”, que “no parezca
diferente”. Pero ¿qué estamos haciendo realmente? Romper la esencia de la
persona para que encaje en la uniformidad de los demás. Claro que hay conductas que deben
acompañarse y regularse para cuidar su bienestar y el de quienes les rodean.
Nadie dice que no. Pero una cosa es ayudar y otra es borrar. Una cosa es
ofrecer herramientas y otra es moldear a golpes de expectativas. La discriminación
no siempre se manifiesta con insultos o rechazo directo; también se esconde en
frases como “él no puede”, “yo siempre lo hago por él” o “no lo pongas a hacer
eso, se va a frustrar”. Muchas veces, quienes más limitan son los más cercanos. Cuando una madre o un padre dice “mi
hijo no puede tender su cama”, “no puede poner la mesa”, “no puede aprender
eso”, muchas veces lo que está diciendo es: “yo no me he permitido verlo
intentar”. Y todo en nombre de un supuesto amor que protege, pero que también
inmoviliza. Queremos que todo se vea ordenado, parejito, uniforme, aunque ese
orden les cueste autonomía, aprendizaje y dignidad. La verdadera inclusión no es que una
persona con autismo se comporte como esperamos, sino que el entorno esté
dispuesto a entender, adaptar y respetar la forma en que esa persona existe en
el mundo. No se trata de entrenar “niños obedientes” para una sociedad rígida,
sino de construir una sociedad flexible que pueda convivir con la diferencia. Por eso, desde Fundación TATO,
apostamos por la unión, no por la uniformidad. Unión significa caminar juntos,
aunque cada quien lo haga a su ritmo. Uniformidad significa exigir que todos
caminen igual, aunque a algunos les duela cada paso. Al final, ¿queremos una sociedad
donde todos se vean idénticos por fuera, o una donde cada persona pueda ser
quien es, con apoyo, respeto y oportunidades reales? En vez de forzar a las personas con
autismo a entrar en un molde que nunca se diseñó para ellas, unámonos para
cambiar el molde. Porque no necesitan ser “como los demás”; lo que necesitamos
es ser una sociedad que, por fin, aprenda a verlos, escucharlos y aceptar que
la diferencia no es un problema que haya que corregir, sino una riqueza que
debemos aprender a abrazar.
*Director
ejecutivo de Fundación Mexicana de Autismo TATO
