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PUNTO CENIT



MAYRA EDITH MARTÍNEZ

Día Escolar de la No Violencia y la Paz


Viernes 30 de Enero de 2026 9:29 am


EN alguna escuela de Colima, de cuyo nombre no puedo acordarme, conocí a Santiago. Con tan solo 14 años ya medía casi 1.80 metros de estatura. Con una mirada endurecida y una altura imponente, recorría los pasillos de la secundaria buscando cómo generar conflicto.

Era conocido por sus bromas pesadas, sus pleitos y sus comentarios hirientes, dirigidos especialmente hacia los alumnos más callados y tímidos, quienes le tenían miedo. A esa forma de relacionarse con los demás él no la llamaba bullying; la llamaba “ser popular”. Sin embargo, detrás de esa armadura latía un torbellino de soledad y una raíz profunda de dolor: un hogar donde el desprecio y los gritos lo acompañaban todos los días.

Nuestro primer encuentro fue en el grupo de CONECTA, donde trabajamos con los alumnos los valores de la cultura de la paz. La primera sesión fue un campo de batalla. Santiago llegó con actitud desafiante; no pasaron más de cinco minutos cuando, sin previo aviso, ya había abandonado el salón de clases. En nuestra segunda sesión se sentó en una esquina, subió las piernas al escritorio y se puso a bostezar. Le pedí que guardara compostura y, con mucha paciencia, poco a poco la dinámica del tema lo fue atrapando.

“¿Quiénes son ustedes, más allá de sus calificaciones o de lo que los demás dicen?”, pregunté. Santiago escuchó a una chica tímida hablar de su pasión por la medicina, y a un chico al que él siempre molestaba describir su gusto por el dibujo. Cuando le tocó su turno, solo gruñó: “Me gusta el fútbol, fin”. Satisfecha, sonreí.

La siguiente semana, en clase, conocieron a Nick Vujicic, nacido sin extremidades. Les pregunté: ¿cómo alguien con toda la razón para rendirse podía sonreír así? Luego les presenté a Malala Yousafzai, una joven que usó su voz, frente a las balas, para defender su derecho a estudiar. Les expliqué que las palabras pueden construir o destruir. Algo se quebró dentro de él. Su “fortaleza” empezó a derrumbarse y se volvió más receptivo.

Y así, semana a semana, cada clase traía un nuevo valor; cada reflexión, un desafío interior. Una mañana, al salir del grupo, Santiago vio a unos chicos de otro salón acorralando a Miguel junto a los baños. Las viejas voces en su cabeza le gritaron: “¡Únete, demuéstrales quién manda!”. Pero entonces oyó otra voz, diferente: “Usa tu superpoder de decisión. Escoge la paz”.

Sin pensarlo, Santiago se interpuso entre ellos. No con los puños, sino con la autoridad de quien trae la fuerza de la razón. “Déjenlo en paz”, dijo con voz firme. Los otros, sorprendidos por el antiguo “agresor” defendiendo a quien solía ser su víctima, se dispersaron murmurando entre sí. Miguel lo miró con incredulidad, pero también con un destello de esperanza.

En la última clase que tuvimos, Santiago, con voz quebrada, habló de su casa, de su enojo, de su rabia. Hacía poco, su hermana había fallecido. La fortaleza había caído. Pudo, al fin, acercarse a sus padres y expresarles cómo se sentía. Entendió que había otra manera de canalizar su dolor; su cambio de actitud le permitió hacer nuevos amigos que lo miraban con admiración y respeto. Ahora sabía que no podía cambiar su pasado, pero sí elegir un mejor destino.

La historia de Santiago es una de las tantas que suceden en muchas escuelas. Es un recordatorio vivo de que detrás de cada niña, niño o adolescente que muestra conductas agresivas hay una historia, un corazón lastimado, y que incluso los corazones más dañados pueden reconectarse con la paz si así lo deciden.

Desde Punto Cenit, quiero afirmar que la paz escolar no es un ideal lejano. Podemos construirla cuando, como comunidad, decidimos ser conexión en lugar de indiferencia, puentes en lugar de muros. Solo unidos, trabajando por la paz, podremos alcanzarla.

 

*Directora del Instituto Municipal para la Paz Intrafamiliar