NACER CON PATRIMONIO ANTES DE CAMINAR
RUBÉN DARÍO VERGARA SANTANA
Miércoles 04 de Febrero de 2026 10:00 am
I/II A las 6 de la mañana, la gran
mayoría de padres y madres se despiertan apurando a sus hijos para que no
pierdan el camión que los lleve a la escuela. Doña Lupita peina a Sofía, le
acomoda el uniforme heredado y le da un beso rápido. La niña sale entre baches
y postes sin luz. No lo sabe, pero ya empezó una carrera. En México, no todos nacen en igualdad.
Algunos nacen en el confort, con herencia y casa pagada. La mayoría nace con
nada, sin un solo peso que los espere al cumplir 18. El papá de Sofía lo sabe.
También su madre, el tío que llegó primero a la ciudad, el vecino que presume
conocer a alguien importante en el gobierno en turno y el líder social de la
colonia que ya anda atento a los próximos candidatos. Ahí inicia el peregrinar. No por ambición, sino por necesidad. Buscan
ser tomados en cuenta, cargar una lona, pegar propaganda, llevar gente al
candidato, acomodar sillas, subirse al camión de la campaña. Buscan un trabajo
fijo y estable para su hijo, aunque sea de meritorio, aunque paguen poco,
aunque toque empezar desde abajo. Y cuando la oportunidad llega, el apoyo suele salir del propio bolsillo
del empleado público que los acoge, que coopera para el pasaje o sostiene a uno
o dos jóvenes mientras aprenden el oficio. Después, quien logra la plaza jala a
los hermanos de abajo. Así nos la gastamos la mayoría, buscando lo seguro, la quincena fija y
la base, hasta que el gobierno termina siendo refugio más que vocación. La
energía social se va en conseguir plaza y no en construir patrimonio, y ese
círculo se repite generación tras generación, no por falta de talento, sino por
falta de punto de partida. Por años, hemos respondido con
programas sociales que son imprescindibles. La beca compra útiles, la pensión
compra medicinas, paga la luz, el agua. El apoyo llena la despensa. Para
millones ese dinero es comida, no teoría. Pero casi siempre es dinero que se
consume y se extingue. Resuelve el hoy, pero rara vez cambia el mañana. La propuesta es simple y rompe la inercia del asistencialismo. Abrir una
cuenta de inversión desde el nacimiento. No reemplaza la ayuda inmediata, la
complementa con patrimonio. Un depósito único, pequeño pero universal, que se
invierte y crece durante 18 años hasta convertirse en un capital real para cada
joven. Algo parecido a un fondo soberano, pero a la mexicana, dentro de un Fondo
de Futuro Infantil, donde el ahorro colectivo, reglas claras y
el interés compuesto trabajen en silencio para que, al cumplir la mayoría de
edad, el dinero llegue íntegro, con rendimiento y con la fuerza suficiente para
abrir puertas de estudio, trabajo o emprendimiento. México tiene base jurídica para
intentarlo. El artículo 4º constitucional reconoce derechos sociales, y ya
hemos convertido apoyos en obligaciones permanentes. Elevar una cuenta
patrimonial de nacimiento a política de Estado es coherente con esa evolución. También es financieramente viable. En México, nacen
alrededor de 1.7 millones de niñas y niños al año. Si el Estado depositara 5
mil pesos por nacimiento, por única vez, el costo anual rondaría 8.5 mil
millones de pesos. Esa cifra representa menos de una décima de punto porcentual
del Presupuesto de Egresos de la Federación, que supera los 10 billones de
pesos, por lo que su impacto fiscal sería marginal y perfectamente absorbible
dentro del gasto social existente. Además, no se trataría de un subsidio que se consume,
sino de una inversión financiera. Los recursos podrían colocarse en CETES u
otros valores gubernamentales de bajo riesgo, de modo que el propio Estado capta
y administra ese capital, genera rendimiento y lo mantiene dentro del sistema
financiero público. En términos prácticos, el dinero no sale de la economía
nacional, se transforma en ahorro productivo que crece a favor del menor.
En la segunda parte veremos cómo sumar aportaciones voluntarias y
participación empresarial, asegurar su viabilidad jurídica y fiscal y blindarlo
técnica y políticamente para que funcione y no lo mate la política mal
entendida.
