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EL CENTINELA DEL AUTISMO



VÍCTOR MANUEL VILLALOBOS CHÁVEZ

¿QUÉ TAN LEJOS ESTAMOS DE 1984?


Viernes 06 de Febrero de 2026 11:26 am


TERMINÉ de leer 1984 de George Orwell con una sensación incómoda: no es solo una novela, es un espejo deformado, pero reconocible. Orwell imaginó un mundo vigilado por el Gran Hermano, donde el poder controla no solo lo que haces, sino lo que piensas, lo que recuerdas y hasta las palabras con las que intentas explicar tu propia realidad. La pregunta que me quedó clavada fue sencilla y brutal: ¿de verdad estamos tan lejos de eso?

En 1984, el Ministerio de la Verdad se dedicaba a reescribir la historia para que siempre coincidiera con la versión oficial. Hoy no tenemos un solo ministerio, pero sí vivimos rodeados de discursos que cambian según convenga, de “datos” que se ajustan a la narrativa de cada quien, de noticias falsas que se comparten más rápido que cualquier rectificación. No hace falta un Gran Hermano cuando hay mil pequeños “hermanos” dispuestos a manipular la realidad desde un micrófono, una oficina o un perfil de redes sociales.

Otra herramienta clave del régimen de Orwell era la neolengua: empobrecer el lenguaje para limitar el pensamiento. Si no tienes palabras para nombrar la injusticia, terminas por normalizarla. ¿Cuántas veces no escuchamos frases como “así ha sido siempre”, “pobrecitos, pero así les tocó”, “yo mejor no me meto”? Son formas sofisticadas de decir: mejor no pensar demasiado, mejor no cuestionar, mejor no sentir.

También hay algo inquietante en la vigilancia. En 1984, las telepantallas lo veían todo. Hoy, no tenemos una pantalla obligatoria, pero sí cargamos en la bolsa un dispositivo que registra dónde estamos, qué buscamos, qué compramos, con quién hablamos. Y, aun así, con toda esta capacidad tecnológica, seguimos siendo incapaces de ver a quienes más lo necesitan: personas con discapacidad, personas con autismo, víctimas de violencia, familias enteras viviendo al borde del colapso emocional y económico.

Lo más peligroso del mundo de Orwell no era solo la opresión, sino la indiferencia interiorizada. El momento en que dejas de sorprenderte, dejas de indignarte, dejas de sentir. Algo de eso nos pasa hoy: nos acostumbramos a ver injusticias como parte del paisaje. Un niño discriminado, una persona con discapacidad ignorada, una familia rota por falta de apoyos, y seguimos con la vida como si nada.

Tal vez el verdadero antídoto contra un mundo orwelliano no sea la tecnología ni las leyes perfectas, sino algo mucho más humano: la capacidad de sentir el dolor ajeno y transformarlo en acción. Quien ha conocido el dolor de la enfermedad, de la exclusión, de la pobreza, de la violencia, tiene, paradójicamente, más herramientas para comprender y sostener a otros. El que ha estado roto, entiende mejor cómo se sostiene a alguien que se está quebrando.

Por eso, creo que el punto de inflexión no está solo en “unirnos como sociedad” como frase hecha, sino en una decisión íntima: dejar de ser espectadores. Pasar de la queja a la acción, de la crítica cómoda a la participación incómoda, de la indiferencia a la compatía: esa mezcla de comprensión profunda y compromiso real con transformar el entorno.

1984 nos advierte de un mundo donde el poder domina apagando la conciencia. Pero también nos deja una pista: mientras haya alguien que se cuestione, que recuerde, que sienta, que se niegue a aceptar la injusticia como normal, hay esperanza.

Quizá no podamos cambiar de golpe el sistema, pero sí podemos decidir qué tipo de personas queremos ser en medio de él: quienes miran hacia otro lado, o quienes, conociendo el dolor, se atreven a convertirlo en impulso para ayudar. si algo nos enseña la historia, la de Orwell y la nuestra, es que la peor distopía no es la que está escrita en un libro, sino la que aceptamos sin hacer nada.

 

*Director ejecutivo de Fundación Mexicana de Autismo TATO