Martha sabía reír
MARÍA EUGENIA GONZÁLEZ PEREYRA
Viernes 06 de Febrero de 2026 12:23 pm
Colima
30 de enero de 2026 Martha sabía reír de Maria Eugenia González Pereyra Lo de hoy no es un cuento, es una realidad
que te quiero contar aún con el corazón apachurrado; el lunes, una mujer
extraordinaria partió a lo eterno. Y, aunque sé que todos tarde que temprano
enfrentamos duelos y pérdidas que nos quiebran por dentro, también sé que desde
que nacemos la muerte es una certeza. Sin embargo, no deja de ser triste cuando
alguien se va. Cada despedida nos toma desprevenidos. Cada ausencia duele
diferente, porque cada persona que se va era única, irrepetible, como único
será vivir esta despedida y apreciar el legado que nos deja. Martha sabía reír; su vida fue un
testimonio ejemplar y silencioso; ella con ejemplo real, sin discursos,
imposiciones ni juicios nos mostró que sí se puede elegir el amor por encima de
la rabia, el reclamo o la queja y que, incluso cuando las tormentas te arrancan
el alma por pedacitos, se tiene la opción de elegir la serenidad. A temprana edad falleció mi prima, y Martha
cruzó ese dolor incomprensible que ningún padre debería vivir jamás. Pero ella
supo ser valiente, nunca dejó de ser amable ni cariñosa; pasados los días de
luto eligió su mayor bien y vivió un proceso de terapia. Buscó un grupo de
apoyo de padres que también tenían hijos en el cielo; sobrevivió, supo no
cobrarle a la vida. Siempre presente, siempre amorosa, guiando, acompañando,
aconsejando. Sin juzgar, ella siempre te sugería. Sonreía, su mirada te
hablaba, confiaba en que lo podíamos hacer bien. Ni en sus peores quebrantos
fue grosera ni se victimizó. Serena, dulce, muy amiga de mi mamá, una
segunda madre emocional para mí. Discreta, sin escándalos, sin quejas ni
reclamos. Perseverante, ordenada, de fe inquebrantable. Su sola presencia
mostraba que se podía elegir lo que más conviene: el amor y la aceptación. Sin
caer en el rencor, siempre buscaba superar y continuar. Su último año no fue fácil: una caída, una
cirugía que no la rindió. Dedicada, lúcida, ordenada, prudente y tiernamente se
recuperó con sus casi 90 años, pero su destino tenía fecha; 2 de febrero fue el
día de su último aliento. Su hijo, mi primo, solo podía ser el
exitoso y honorable hombre que es. Digno hijo de sus padres, sé que encontrará
consuelo. Hoy quiero invitarte a notar que puedes elegir no hundirte en las
pérdidas ni en los dolores. Te comparto el ejemplo de vida que tía Martha
sembró en mi corazón, con la esperanza de que tus tristezas no sean sufridas
sino dignificadas. Sí se puede amar y sonreír incluso en la adversidad. Su legado me es claro: la resiliencia no es
aguantar apretando los dientes, sino seguir regalando ternura cuando todo
invita a la amargura. Que la prudencia no es tragarse el dolor, sino no
envenenar a otros con el nuestro. Tendremos pérdidas, tendremos duelos, habrá
cosas que no nos gusten; lo importante es cómo elegimos reaccionar. Lo que toca
es cruzar las penas como mi tía lo hizo hasta su último suspiro: con amor,
resiliencia y dignidad. Gracias, tía Martha, por enseñarme que se
puede. Descansa en paz e innovemos algo ¡Ya!
innovemosalgoya@gmail.com
