NACER CON PATRIMONIO ANTES DE APRENDER A CAMINAR
RUBÉN DARÍO VERGARA SANTANA
Del subsidio que se gasta al patrimonio que se multiplica
Miércoles 11 de Febrero de 2026 1:30 pm
II/II Si en la primera parte sostuvimos que una
cuenta patrimonial al nacer es jurídicamente posible y financieramente viable,
ahora toca explicar cómo se fortalece. El depósito inicial es apenas el
arranque. El cambio verdadero ocurre cuando el ahorro crece con el tiempo, peso
a peso, como crecen las familias que se apoyan entre sí para salir adelante y convierten
pequeños esfuerzos cotidianos en estabilidad duradera. México no parte de cero. Las Afores existen
desde 1997 y durante casi treinta años han administrado cuentas individuales
bajo supervisión pública. Esa experiencia dejó una enseñanza sencilla. El
problema no es la técnica, es dejar el ahorro a la voluntad. Cuando no es
automático, simplemente no ocurre, porque la mayoría apenas cubre la renta, la
comida y lo urgente. La lección es clara. El ahorro no se predica, se diseña.
Por eso el patrimonio debe empezar desde la cuna y no hasta la vejez, cuando ya
es tarde para corregir desigualdades acumuladas. A diferencia de las Afores, donde el dinero
termina convertido en negocio de intermediarios que cobran comisiones, este
modelo elimina manos privadas y coloca el ahorro en algo seguro, los CETES, es
decir, deuda del propio Estado. Cada peso se administra de forma directa,
transparente y sin fugas, para que todo el rendimiento beneficie al menor. No
es un subsidio que se gasta, es ahorro que crece. En el fondo, es un acto de
justicia generacional y también una política pública responsable, porque
protege el capital y evita que el esfuerzo de las familias se diluya en
comisiones innecesarias. La cuenta debe abrirse sola al registrar el
nacimiento, ligada a la CURP y visible para la familia. También debe permitir
que otros sumen. Padres, abuelos, fundaciones o empleadores pueden hacer
aportaciones voluntarias con topes claros. Pequeñas cantidades periódicas que
casi no se sienten, pero que con los años se convierten en un capital real. El
interés compuesto hace en silencio lo que ningún discurso logra, multiplicando
el tiempo y
convirtiendo la constancia en oportunidades concretas. Para que el beneficio sea verdaderamente
social, la regla debe ser simple. La cuenta es universal al nacer, pero las
aportaciones grandes deben tener límites, para que no se conviertan en
privilegio de quien más puede. El apoyo adicional del Estado debe concentrarse
en los hijos de quienes menos tienen, con criterios públicos y verificables. No
se trata de regalar dinero, sino de crear oportunidades. Los apoyos
tradicionales atienden la urgencia; este construye autonomía. No compiten, se
complementan. Uno alivia el presente, el otro prepara el futuro. Las empresas también pueden participar. Un
aporte por cada hijo de trabajador no es gasto, es estabilidad laboral y
sentido de pertenencia. Ese dinero regresa en forma de compromiso,
productividad y arraigo comunitario. Cuando la niñez tiene certezas, la
economía local también se fortalece. Imaginemos a Sofía dieciocho años después. No
llega pidiendo favores ni recomendaciones. Llega con un capital propio para
estudiar, emprender o empezar sin deudas. Tal vez no sea una fortuna, pero sí
la diferencia entre arrancar desde cero o con una base. Y esa pequeña ventaja
cambia destinos completos, rompe inercias familiares y abre caminos que antes
parecían cerrados. Esa diferencia, invisible en el papel, puede ser decisiva en
la vida real. El obstáculo real que se advierte, no es
técnico ni financiero, es político. En México a veces se rechaza una buena idea
solo porque viene del adversario. La propuesta que se formula retoma, en parte,
una determinación del Ejecutivo estadounidense, el mismo que presiona a nuestro
país un día sí y otro también. Pero las matemáticas del ahorro no tienen
ideología, funcionan o no funcionan. Adoptar lo que sirve no es sumisión, es
inteligencia pública. Sembrar capital desde la cuna es sembrar igualdad. Y la
justicia social, al final, también se construye con números, con disciplina y
con decisiones valientes que miran más allá del siguiente sexenio.
